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lunes, 1 de abril de 2013

Marosa Di Giorgio



Está en llamas el jardín natal (fragmentos)

1


Fui desde mi casa, a la casa de los abuelos, desde la chacra de mis padres a la chacra de los abuelos. Era una tarde gris, pero, suave, alegre. Como lo hacían las niñas de entonces, me disfracé para pasar desapercibida, me puse mi máscara de conejo, y así anduve entre los viejos peones y los nuevos peones, saltando crucé el prado y llegué a la antigua casa. Recorrí las habitaciones. Todos estaban felices. Era el cumpleaños de alguien. Por los cuatro lados habían puesto jarritas de almíbar y postales. En medio de la mesa, una exquisita ave, un muerto delicioso, rodeado de lucccillas. El abuelo que siempre estaba serio, esta vez se sonreía y se reía; y antes de que bajase la tarde, me dijo que fuera con él al jardín, y que iba a mostrarme algo. Ya allá arrojó al aire una moneda; yo la vi rebrillar, al caer se volvió un caramelo, del que, enseguida, salió una vara larga y florida como un gladiolo, a cuya sombra yo me erguí, y que creció aún más, después, y duró por varias semanas.
Yo soy de aquel tiempo,
los años dulces de la Magia.


3


Una
tarde en que llovía misteriosamente sobre las cosas, y andaban por el jardín los cangrejos con su piel patética, y los hongos venenosos echaban un humo gris, y habían venido las vecinas, al través de las plantas todo mojadas, de los tártagos de ásperos perfumes, a visitar a mi madre, y estaban, de pie, riéndose, cada una con una langosta en el hombro, verde, brillante, recién caída del cielo, un caracol de azúcar; pero, sin darse cuenta de nada, se reían, y mi madre les contestaba riendo. Las vecinas con sus altas coronas de piedras de agua, parecían unas reinas salidas de la laguna, de lo hondo del pastizal.
Y yo, sin rumbo, allí, avanzaba, retrocedía, iba hasta la casa, salía, mirando pasar la lluvia, las nubes, la historia del jardín.


9


Una noche desperté sentada en el lecho, helada, en esa casa donde me habían abandonado hacía tanto tiempo. Y él, ya estaba entrando, por tres ventanas, a la vez, su triple presencia; le vi el mantón como una cauda, un ala, un rostro desierto. Mi pequeña faz se congeló. Pensé en conjurarlo de algún modo, exorcisarlo; tal vez, algún efluvio de la infancia le detuviese, un grito, pensé en recuerdos, platos blancos, sábanas blancas, oréganos, violetas. Tal vez, pudiese fingir que era más grande y desafiarlo. Pero, él estaba allí, erguido, como tres caballos. Inmóvil, e impaciente; en sus tres lugares.


10


A veces, cuando el verano se volvía demasiado intenso —era todavía una niña, en la edad del huerto—, armábamos los lechos, fuera; entonces, todo parecía tan extraño. Mis familiares volaban un poco; pero, luego, se adormecían; yo quedaba escudriñando el cielo; por entre las estrellas, las antiguas naves seguían su lid. O me sobresaltaba el galope de un caballo a lo lejos, muy a lo lejos, el ladrido de los perros, en un lugar sin nombre, su eterno canto. Y estaban la hierba salvaje, el orégano, la violeta, la gallina blanca que pone un huevo negro, tal vez, desde allí —quizá— saldría un perrito, una criatura humana; un viejo pariente podría resucitar de allí.
Pero, más allá del hechizo familiar, todo se cumplía otra vez, la noche era infinita y azul y las naves partían. A la guerra de Troya.


11


El zapallo estaba allá, pesado, quieto. Parecía una luna antigua y perfumada. El mismo de cien años antes y el nacido ayer. Las luciérnagas, rompían a cada segundo el aire inmortal.
Salía humo de las dos casas. De la de él, con picos rojos; de la mía, con torres negras. Era la hora de los panes y de la lámpara. A veces, nos huíamos de nuestros padres —él y yo— y tomados de las manos íbamos al través del aire oscuro hacia el pie del huerto, a besarnos levemente, arriba de los labios.
El zapallo estaba allí, dormido a todo; pero, al vernos, daba un salto.

lunes, 14 de noviembre de 2011

MAROSA DI GIORGIO


                           
Lic. Washington Daniel Gorosito Pérez, autor del texto, nace  en Montevideo, Uruguay el 24 de junio de 1961. Radica en Irapuato, México desde 1991. En el año l999 obtiene la ciudadanía mexicana por naturalización. Estudios en Periodismo aplicado a los Medios de Comunicación Social con Postgrado en Enseñanza Universitaria .Diplomado en Desarrollo Humano Integral. Actualmente estudia la Licenciatura en Sociología. Catedrático Universitario, Periodista, Poeta, Ensayista e Investigador. Ha obtenido premios de periodismo, ensayo, cuento y poesía en México, Uruguay, Brasil, Argentina, Estados Unidos, Alemania y Francia. Ha integrado antologías poéticas en México, Argentina, Italia y Estados Unidos. Columnista de Análisis Internacional y Temas de Defensa en publicaciones de México, Uruguay y Ecuador.Miembro de la Unión Católica Internacional de la Prensa (UCIP), Poetas del Mundo y Red Mundial de Escritores en Español (REMES).
Ha publicado en Brasil, Ecuador, Suiza, Italia,  México, Argentina, Uruguay, Colombia, Estados Unidos, Chile, Cuba, España, Rusia, Israel y Paraguay. Integra 8 antologías internacionales y 2 nacionales (Poesía, haikus, poemínimos y microcuentos). E-mail: wd_gorosito@prodigy.net.mx /


                 MAROSA DI GIORGIO: “LA ROSA DE LOS VIENTOS”

La recuerdo en las  tardes- noches montevideanas, sentada en una mesa del mítico Sorocabana, centro de reunión de generaciones de intelectuales y bohemios  uruguayos a la que nos  uníamos como meros observadores un grupo de amigos estudiantes de periodismo de la UTU.
Originaria de Salto nacida en 1932 y fallecida en Montevideo el 17 de agosto del 2004, en un día típico del invierno uruguayo, gris, frío, con lloviznas intermitentes. Desde 1978 había “bajado” a la capital la que se convertiría en una de las mejores poetas uruguayas del siglo XX.
Poesía que vendría “cargada” en su genética. En un reportaje realizado por la Revista 3 en julio de 1997, Marosa comentaba: “Mamá y mis tías tenían, “la vocación”, escribían pero en su casa. La veta estaba, era claro en la manera en que leían y recitaban los poemas. Era una cosa común oírlas decir poemas”.
Marosa se casó con la creación literaria, específicamente con la poesía, más que nada. No se casó ni tuvo hijos, aunque en cada uno de sus poemas delineados originalmente a mano como escribía nos ha dejado una herencia invaluable. A tal grado que su escritura es muy difícil de clasificar o encasillar.
A mediados de la década de lo sesenta, su libro titulado Historial de las Violetas (1965) llamó la atención de la crítica, el influyente Ángel Rama desde las paginas del semanario Marcha la ubicó en un sector de excéntricos de la literatura uruguaya a los que llamó “raros”. Su posterior llegada a Montevideo donde alcanzará su cumbre creativa en la década de los 70 y en los 80 Marosa realizará un gran número de recitales en Uruguay y Argentina interpretando su poesía de donde saldrá un espectáculo denominado El lobo que posteriormente sería llevado al cine por Eduardo Casanova.
Obtendrá innumerables premios entre los que destacan el Fraternidad que otorga B´Nai B´Rith en 1982 y la beca Fulbright en 1987.
Con los años también llegaría el reconocimiento internacional a su obra, enriquecida de lo puramente poético a lo narrativo. Así apareció el libro de relatos, El camino de pedrerías en 1997 y la novela erótica Reina Amelia en 1999. Es que Marosa construyó un mundo pleno de destellos, iluminaciones, fantasmagorías, donde el erotismos se pasea con diversos ropajes.
Corría 1993 cuando fue invitada a Francia, era premiada en Colombia en el 2001 y su prestigio recorría el continente hasta llegar a México donde publicara el Tucán de Virginia y formara parte del libro Encuentro de Poetas, Oaxaca 2000.
En opinión del escritor rochense Elías Uriarte, “Si como afirmaba Goethe lo particular es lo propio del arte, aquello inimitable puesto que nos pertenece a nosotros mismos, es posible que haya pocas obras más particularizadas en nuestra literatura que la de Marosa Di Giorgio”.
Particularidad que según el crítico uruguayo Roberto Echavarren, doctorado en letras en la Universidad de Paris VIII afirma: “Universo de pronombres y jerarquías intercambiables, juego de amenaza onírico y chamánico en contraste con un contexto positivista y estéril de consignas y compromisos, cuando no de mero realismo inane, la poesía de Di Giorgio no solicita el consenso de ningún mandarinato cultural”.
Esa cara en la que sus labios pintados de un rojo carmesí, destacaban en el pálido rostro y que vestía habitualmente con ropas de subidos tonos es posible que siga viajando en los mágicos jardines de su niñez y se haya transformado en la rosa de los vientos de la poesía uruguaya.

                                             Entonces era el alba de la vida.
                                             Habitábamos un pueblo pequeñísimo;
                                             las casas estaban hechas de porcelana
                                             y enredaderas; no dormía nunca; me
                                             acostaba a las tres de la madrugada,
                                             rodeada de estrellas, y despertaba al
                                             minuto siguiente, con las voces de
                                             mamá y con las rosas. Y comenzaba,
                                             otra vez a rondar las casas de los
                                             vecinos.
                                             A lo lejos, parpadeaban las calandrias.
                                             No puedo decir en qué país nací. No
                                             Recuerdo ningún dato, no queda ningún
                                             documento.
                                             Pero, sé que el amor brillaba y no se
                                             podía  morir. 
                                           
                                             “Yendo por aquel campo, aparecían, de pronto, esas extrañas
cosas. Las llamaban por allí, virtudes o espíritus. Pero, en
verdad eran la producción de seres tristes, casi inmóviles,
que nunca se salían de su lugar.
Estancias al parecer, del otro mundo, y casi eternas,
porque el viento y la lluvia las lavaban y abrillantaban, cada
vez más. Era de ver aquellas nieves, aquellas cremas,
aquellos hongos purísimos… Esos rocíos, esos huevos,
esos espejos.
Escultura, o pintura, o escritura, nunca vista, pero, fácilmente
descifrable.
Al entreleerla, venía todo el ayer, y se hacía evidente
el porvenir.
Los poetas mayores están allá, donde yo digo.”

Marosa di Giorgio – De “Clavel y tenebrario” 1979



(de Clavel y tenebrario 1979).