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sábado, 28 de diciembre de 2013

Julio Cortázar

Axolotl

Hubo un tiempo en que yo pensaba mucho en los axolotl. Iba a verlos al acuario del Jardín des Plantes y me quedaba horas mirándolos, observando su inmovilidad, sus oscuros movimientos. Ahora soy un axolotl.

El azar me llevó hasta ellos una mañana de primavera en que París abría su cola de pavo real después de la lenta invernada. Bajé por el bulevar de Port Royal, tomé St. Marcel y L’Hôpital, vi los verdes entre tanto gris y me acordé de los leones. Era amigo de los leones y las panteras, pero nunca había entrado en el húmedo y oscuro edificio de los acuarios. Dejé mi bicicleta contra las rejas y fui a ver los tulipanes. Los leones estaban feos y tristes y mi pantera dormía. Opté por los acuarios, soslayé peces vulgares hasta dar inesperadamente con los axolotl. Me quedé una hora mirándolos, y salí incapaz de otra cosa.

En la biblioteca Saint-Geneviève consulté un diccionario y supe que los axolotl son formas larvales, provistas de branquias, de una especie de batracios del género amblistoma. Que eran mexicanos lo sabía ya por ellos mismos, por sus pequeños rostros rosados aztecas y el cartel en lo alto del acuario. Leí que se han encontrado ejemplares en África capaces de vivir en tierra durante los períodos de sequía, y que continúan su vida en el agua al llegar la estación de las lluvias. Encontré su nombre español, ajolote, la mención de que son comestibles y que su aceite se usaba (se diría que no se usa más) como el de hígado de bacalao.

No quise consultar obras especializadas, pero volví al día siguiente al Jardin des Plantes. Empecé a ir todas las mañanas, a veces de mañana y de tarde. El guardián de los acuarios sonreía perplejo al recibir el billete. Me apoyaba en la barra de hierro que bordea los acuarios y me ponía a mirarlos. No hay nada de extraño en esto porque desde un primer momento comprendí que estábamos vinculados, que algo infinitamente perdido y distante seguía sin embargo uniéndonos. Me había bastado detenerme aquella primera mañana ante el cristal donde unas burbujas corrían en el agua. Los axolotl se amontonaban en el mezquino y angosto (sólo yo puedo saber cuán angosto y mezquino) piso de piedra y musgo del acuario. Había nueve ejemplares y la mayoría apoyaba la cabeza contra el cristal, mirando con sus ojos de oro a los que se acercaban. Turbado, casi avergonzado, sentí como una impudicia asomarme a esas figuras silenciosas e inmóviles aglomeradas en el fondo del acuario. Aislé mentalmente una situada a la derecha y algo separada de las otras para estudiarla mejor. Vi un cuerpecito rosado y como translúcido (pensé en las estatuillas chinas de cristal lechoso), semejante a un pequeño lagarto de quince centímetros, terminado en una cola de pez de una delicadeza extraordinaria, la parte más sensible de nuestro cuerpo. Por el lomo le corría una aleta transparente que se fusionaba con la cola, pero lo que me obsesionó fueron las patas, de una finura sutilísima, acabadas en menudos dedos, en uñas minuciosamente humanas. Y entonces descubrí sus ojos, su cara, dos orificios como cabezas de alfiler, enteramente de un oro transparente carentes de toda vida pero mirando, dejándose penetrar por mi mirada que parecía pasar a través del punto áureo y perderse en un diáfano misterio interior. Un delgadísimo halo negro rodeaba el ojo y los inscribía en la carne rosa, en la piedra rosa de la cabeza vagamente triangular pero con lados curvos e irregulares, que le daban una total semejanza con una estatuilla corroída por el tiempo. La boca estaba disimulada por el plano triangular de la cara, sólo de perfil se adivinaba su tamaño considerable; de frente una fina hendedura rasgaba apenas la piedra sin vida. A ambos lados de la cabeza, donde hubieran debido estar las orejas, le crecían tres ramitas rojas como de coral, una excrescencia vegetal, las branquias supongo. Y era lo único vivo en él, cada diez o quince segundos las ramitas se enderezaban rígidamente y volvían a bajarse. A veces una pata se movía apenas, yo veía los diminutos dedos posándose con suavidad en el musgo. Es que no nos gusta movernos mucho, y el acuario es tan mezquino; apenas avanzamos un poco nos damos con la cola o la cabeza de otro de nosotros; surgen dificultades, peleas, fatiga. El tiempo se siente menos si nos estamos quietos.

Fue su quietud la que me hizo inclinarme fascinado la primera vez que vi a los axolotl. Oscuramente me pareció comprender su voluntad secreta, abolir el espacio y el tiempo con una inmovilidad indiferente. Después supe mejor, la contracción de las branquias, el tanteo de las finas patas en las piedras, la repentina natación (algunos de ellos nadan con la simple ondulación del cuerpo) me probó que eran capaz de evadirse de ese sopor mineral en el que pasaban horas enteras. Sus ojos sobre todo me obsesionaban. Al lado de ellos en los restantes acuarios, diversos peces me mostraban la simple estupidez de sus hermosos ojos semejantes a los nuestros. Los ojos de los axolotl me decían de la presencia de una vida diferente, de otra manera de mirar. Pegando mi cara al vidrio (a veces el guardián tosía inquieto) buscaba ver mejor los diminutos puntos áureos, esa entrada al mundo infinitamente lento y remoto de las criaturas rosadas. Era inútil golpear con el dedo en el cristal, delante de sus caras no se advertía la menor reacción. Los ojos de oro seguían ardiendo con su dulce, terrible luz; seguían mirándome desde una profundidad insondable que me daba vértigo.

Y sin embargo estaban cerca. Lo supe antes de esto, antes de ser un axolotl. Lo supe el día en que me acerqué a ellos por primera vez. Los rasgos antropomórficos de un mono revelan, al revés de lo que cree la mayoría, la distancia que va de ellos a nosotros. La absoluta falta de semejanza de los axolotl con el ser humano me probó que mi reconocimiento era válido, que no me apoyaba en analogías fáciles. Sólo las manecitas... Pero una lagartija tiene también manos así, y en nada se nos parece. Yo creo que era la cabeza de los axolotl, esa forma triangular rosada con los ojitos de oro. Eso miraba y sabía. Eso reclamaba. No eran animales.

Parecía fácil, casi obvio, caer en la mitología. Empecé viendo en los axolotl una metamorfosis que no conseguía anular una misteriosa humanidad. Los imaginé conscientes, esclavos de su cuerpo, infinitamente condenados a un silencio abisal, a una reflexión desesperada. Su mirada ciega, el diminuto disco de oro inexpresivo y sin embargo terriblemente lúcido, me penetraba como un mensaje: «Sálvanos, sálvanos». Me sorprendía musitando palabras de consuelo, transmitiendo pueriles esperanzas. Ellos seguían mirándome inmóviles; de pronto las ramillas rosadas de las branquias se enderezaban. En ese instante yo sentía como un dolor sordo; tal vez me veían, captaban mi esfuerzo por penetrar en lo impenetrable de sus vidas. No eran seres humanos, pero en ningún animal había encontrado una relación tan profunda conmigo. Los axolotl eran como testigos de algo, y a veces como horribles jueces. Me sentía innoble frente a ellos, había una pureza tan espantosa en esos ojos transparentes. Eran larvas, pero larva quiere decir máscara y también fantasma. Detrás de esas caras aztecas inexpresivas y sin embargo de una crueldad implacable, ¿qué imagen esperaba su hora?

Les temía. Creo que de no haber sentido la proximidad de otros visitantes y del guardián, no me hubiese atrevido a quedarme solo con ellos. «Usted se los come con los ojos», me decía riendo el guardián, que debía suponerme un poco desequilibrado. No se daba cuenta de que eran ellos los que me devoraban lentamente por los ojos en un canibalismo de oro. Lejos del acuario no hacía mas que pensar en ellos, era como si me influyeran a distancia. Llegué a ir todos los días, y de noche los imaginaba inmóviles en la oscuridad, adelantando lentamente una mano que de pronto encontraba la de otro. Acaso sus ojos veían en plena noche, y el día continuaba para ellos indefinidamente. Los ojos de los axolotl no tienen párpados.

Ahora sé que no hubo nada de extraño, que eso tenía que ocurrir. Cada mañana al inclinarme sobre el acuario el reconocimiento era mayor. Sufrían, cada fibra de mi cuerpo alcanzaba ese sufrimiento amordazado, esa tortura rígida en el fondo del agua. Espiaban algo, un remoto señorío aniquilado, un tiempo de libertad en que el mundo había sido de los axolotl. No era posible que una expresión tan terrible que alcanzaba a vencer la inexpresividad forzada de sus rostros de piedra, no portara un mensaje de dolor, la prueba de esa condena eterna, de ese infierno líquido que padecían. Inútilmente quería probarme que mi propia sensibilidad proyectaba en los axolotl una conciencia inexistente. Ellos y yo sabíamos. Por eso no hubo nada de extraño en lo que ocurrió. Mi cara estaba pegada al vidrio del acuario, mis ojos trataban una vez mas de penetrar el misterio de esos ojos de oro sin iris y sin pupila. Veía de muy cerca la cara de una axolotl inmóvil junto al vidrio. Sin transición, sin sorpresa, vi mi cara contra el vidrio, en vez del axolotl vi mi cara contra el vidrio, la vi fuera del acuario, la vi del otro lado del vidrio. Entonces mi cara se apartó y yo comprendí.

Sólo una cosa era extraña: seguir pensando como antes, saber. Darme cuenta de eso fue en el primer momento como el horror del enterrado vivo que despierta a su destino. Afuera mi cara volvía a acercarse al vidrio, veía mi boca de labios apretados por el esfuerzo de comprender a los axolotl. Yo era un axolotl y sabía ahora instantáneamente que ninguna comprensión era posible. Él estaba fuera del acuario, su pensamiento era un pensamiento fuera del acuario. Conociéndolo, siendo él mismo, yo era un axolotl y estaba en mi mundo. El horror venía -lo supe en el mismo momento- de creerme prisionero en un cuerpo de axolotl, transmigrado a él con mi pensamiento de hombre, enterrado vivo en un axolotl, condenado a moverme lúcidamente entre criaturas insensibles. Pero aquello cesó cuando una pata vino a rozarme la cara, cuando moviéndome apenas a un lado vi a un axolotl junto a mí que me miraba, y supe que también él sabía, sin comunicación posible pero tan claramente. O yo estaba también en él, o todos nosotros pensábamos como un hombre, incapaces de expresión, limitados al resplandor dorado de nuestros ojos que miraban la cara del hombre pegada al acuario.


Él volvió muchas veces, pero viene menos ahora. Pasa semanas sin asomarse. Ayer lo vi, me miró largo rato y se fue bruscamente. Me pareció que no se interesaba tanto por nosotros, que obedecía a una costumbre. Como lo único que hago es pensar, pude pensar mucho en él. Se me ocurre que al principio continuamos comunicados, que él se sentía más que nunca unido al misterio que lo obsesionaba. Pero los puentes están cortados entre él y yo porque lo que era su obsesión es ahora un axolotl, ajeno a su vida de hombre. Creo que al principio yo era capaz de volver en cierto modo a él -ah, sólo en cierto modo-, y mantener alerta su deseo de conocernos mejor. Ahora soy definitivamente un axolotl, y si pienso como un hombre es sólo porque todo axolotl piensa como un hombre dentro de su imagen de piedra rosa. Me parece que de todo esto alcancé a comunicarle algo en los primeros días, cuando yo era todavía él. Y en esta soledad final, a la que él ya no vuelve, me consuela pensar que acaso va a escribir sobre nosotros, creyendo imaginar un cuento va a escribir todo esto sobre los axolotl.

domingo, 13 de mayo de 2012

Julio Cortázar





Julio Cortázar

Desvestir A Lala

La  Noche  De  Lala (1)

                                                    
                                                Bajo un mismo techo
                                                    durmieron las cortesanas,
                                                    la luna y el trébol
                                                                                   Basho

Nunca sabré cómo vino a parar aquí un breve capítulo
desechado del Libro de Manuel, ni por qué lo deseché en
su día. Olvidado entre cuadernos y hojas sueltas entre
pameos y dibujos, lo releí por pura amistad con su autor,
un tal Andrés, y no había terminado de leerlo
cuando supo que su lugar estaba aquí y que no sólo por
error lo había guardado entre estos papeles.


    Anoche fui a dormir con Lala, a repetir la fiesta que poco a poco hemos ido perfeccionando y perfilando y puliendo, liviano juego en nuestra
doble vida tan sin juegos.
    Lala es una chica que trabaja en lo alto de la rue Blanche, muy cerca del circo a giorno de los cabarets de strip-tease y los tráficos más o menos previsibles. Nos conocimos en un café de esquina, un golpe de lluvia me sacó del itinerario que me llevaba a casa de un amigo, ella tomaba un jugo de frutas en el mostrador y tenía una pollera calculada para imaginar lo que seguía; me acuerdo que pedí un ron, que miré con una sorpresa deliberadamente falsa su jugo de frutas, y que ella me sonrió sin apuro, sin chantaje, dejándome venir. Fuimos a acostamos a un hotel de la roe Chaptal, increíblemente limpio y suave y silencioso, la camarera nos dio una pieza en el segundo
piso y cuando entramos le pregunté a Lala si ya conocía esa pieza, pregunta idiota, y ella me contestó que claro, que a veces le tocaba pero que era una pieza rara, con no sé qué. Sentí en seguida que el no sé qué estaba en que de la puerta se pasaba a un angosto pasillo con espejos a los lados, algo así como un mango de hacha ceremonial
desembocando en una cámara perfectamente circular donde la gran cama era como una entalladura del hacha. Todo se daba en curvas, la vasta ventana velada por cortinas azules que contorneaban la hoja del hacha como alguna vez la sangre azul de Carlos I (Remember!) (2), y salvo la cama en- talladura el resto había sido escamoteado por las cortinas que se adelantaban al lavabo y al bidé, al armario inútil. Las luces
eran tersas y bajas, se respiraba un aire diferente, se estaba bien. El no sé qué de Lala
podía ser en mi caso un poco de miedo, esa atmósfera entre rococó y Sheridan Le-Fanu, o ese absurdo de que los espejos tradicionalmente dispuestos en tomo a la cama se alinearan en el mango del hacha cretense. Bien mirado eso tenía algo de refinamiento secreto, la propuesta de buscarse desnudos en el pasillo, jugar con los reflejos desde todos los ángulos, para al fin llegar a la cama con todas las incitaciones ya elegidas y
deseadas, sin esa multiplicación artificial que acaso sustituye lo que a tantos les cuesta
encontrar por su cuenta.
    Gracias a todo eso sentimos que hubiéramos podido quedamos mucho más de la hora usual en la cámara redonda, y entonces Lala habló con madame Roland y yo le doblé la propina esa misma noche; desde entonces siempre tuvimos esa pieza, porque éramos capaces de volvemos al café o vagar por las calles mientras estaba ocupada y esperar a que madame Roland cambiara las sábanas y se ocupara del lavabo, tan de acuerdo en que esa pieza era nuestra pieza y que ahí podíamos jugar y hablar y hacer el amor como en ninguna otra parte de Montmartre.
    Por principio no conviene decirle a "una profesional que se la respeta y se la estima, e incluso entonces no es el vocabulario sino la conducta la que debe darlo a entender; nunca le dije a Lala cuánto me gustaba su manera de tratarme y cómo podíamos trascender –palabra que escribo con precisa conciencia- el hecho de encontramos cada tanto, yo un mero tiempo de sus muchos tiempos vespertinos o nocturnos, para beber juntos en el bar donde la llovizna nos había presentado y parlamentar luego con madame Roland para que nos diera la cámara circular. De Lala me gustaba, aparte de su cara y su cuerpo que tanto me recordaban a Anouk Aimée, la capacidad extraprofesional de sospechar mi especial locura, de plegarse sin las indagaciones, las minas y contraminas de mis amigas del lado diurno de la sociedad, dicho sea sin ofenderlas, y todo eso al margen de la tarifa que siempre indicó y cobró sin sacar ventaja de mi felino reposo junto a ella; casi indeciblemente todo se había decidido desde el comienzo, y el hecho de darle dinero cada vez que nos encontrábamos no era demasiado diferente que lIevarle flores a Francine o un juguete a Ludmilla; nunca sentí la diferencia entre ponerle en la mano los billetes o que ella me diera una flor que le había regalado la gorda del puesto de la me Pigalle, entre besarla por un derecho adquirido o que ella me recibiera en la calle o en el café con una risa que valía más que todo dinero, que me devolvía al territorio de la cámara circular, a la cena de medianoche cuando era posible, a la liviandad del hasta pronto y del que te vaya bien sin compromisos, sin pactos ni contratos. Ya sé que estoy dibujando una falsa felicidad preadamita, prematrimonial, precristiana, pre lo que te dé la gana; ya sé que era precario, convencional y falsamente anárquico. Pero en París, en eso que es la ciudad, vos en Arequipa o en Sidney o en Lisboa o en Bahía Blanca, en la ciudad hay que inventarse islas o es el bulldozer a plazo fijo, eso o la alineación conyugal que pocos perfeccionan y en todo caso yo no, por culpa mía sin duda pero en el capítulo de las culpas mejor no entrar porque entonces ni la Espasa. Claro que hablarle de islas a un tipo como Patricio, por ejemplo, hubiera sido lo mismo que ofrecerle una lechuga a un puma, la noción de que las prostitutas son una lacra social les hace ver todo rojo empezando por la lechuga, daltonismo de los prejuicios, y no es que estén equivocados porque algún día, speriamo bene, no habrá más putas; pero lo que Patricio no se toma el trabajo de pensar es que no bastará con la revolución para que entre otras cosas deje de haber putas, sino que las dialécticas sociales deberán volverse revolucionarias en una medida que ningún revolucionario que conozco hasta hoy ha tenido la osadía de postular, el triste coto de caza del erotismo heredado y malversado y compartimentado tendrá que darse vuelta como un guante y en ese guante dado vuelta, con su nueva piel por fuera, entrará un día la mano del hombre realmente nuevo y será otra mano que la de nuestro tiempo porque el guante de la derecha se vuelve el guante de la izquierda apenas se lo da vuelta, tengo entendido.
    De cosas así me gustaba hablarle sin exagerar a Lala, que había leído todas las novelas de Cristiane Rochefort y era viva como una ranita para los saltos mentales, sin contar que la iglesia no había podido con ella, cosa rara en el gremio, y que tampoco tenía un niño en el campo, de manera que Lala era una de las mujeres más libres que había encontrado en mi vida puesto que su macró no se mostraba demasiado exigente y hasta estaba enamorado de ella (versión de Lala). Valores falsos, desde luego, pero no más falsos que los diurnos que manejaban gentes como Patricio o Francine o Susana; y yo era entonces una especie de lanzadera que iba y venía de unos a otros sin ánimo de gravitar o de influimos recíprocamente porque hubiera sido perder el tiempo, simplemente encontraba una isla en Lala y la isla era circular y se entraba en ella pasando por un mango de hacha minoica con espejos, ceremonia de esas noches en que llegábamos después de beber en el café de la llovizna y comentar las noticias, todo un poco excepcional en la isla a ochenta francos, y esto lo digo porque también es hermoso aunque Patricio, aunque Francine, lo digo porque la verdadera Anouk Aimée también recibía en ese entonces sus ochenta francos multiplicados por diez mil para tirarles una isla por la cara, en pantalla alargada y tecnicolor, a los que iban a los cines para estar un rato con ella; y una vez que lo pensé en detalle, me gustó acordarme de que
Anouk Aimée se había llamado Lola en una película en la que hacía de puta, y ahora había Lala para mí y a Lala le encantaba la comparación y saltaba como una ranita de frase en frase, habíamos decidido ver juntos la película apenas la pasaran por ahí o en la cinemateca, yeso de ir a la cinemateca por primera vez era otra de las cosas que le daban una risa incontenible a Lala.
    (Ahora por qué cuento yo todo esto es algo que no entiendo demasiado, pero que seguramente tiene que ver con cuestiones de vocabulario axiológico, como tal vez hubiera dicho Lonstein. Desvestir a Lala, por ejemplo, que era como desvestir el lenguaje diurno, la terminología al uso de nueve a seis, los usos verbales como los usos de la corbata. y otras cosas, sin duda, pero lo dejamos así, capítulo inconcluso hasta vaya a saber cuándo, si hay un cuándo).

1-  De la serie “Salvo el crepúsculo” en la Antología poética del mismo nombre, de Julio Cortazar
2- Veinte años después, de Alejandro Dumas.