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sábado, 6 de julio de 2013

JUAN GELMAN






Oración de un desocupado

Padre,
desde los cielos bájate, he olvidado
las oraciones que me enseñó la abuela,
pobrecita, ella reposa ahora,
no tiene que lavar, limpiar, no tiene
que preocuparse andando el día por la ropa,
no tiene que velar la noche, pena y pena,
rezar, pedirte cosas, rezongarte dulcemente.
Desde los cielos bájate, si estás, bájate entonces,
que me muero de hambre en esta esquina,
que no sé de qué sirve haber nacido,
que me miro las manos rechazadas,
que no hay trabajo, no hay,
bájate un poco, contempla
esto que soy, este zapato roto,
esta angustia, este estómago vacío,
esta ciudad sin pan para mis dientes, la fiebre
cavándome la carne,
este dormir así,
bajo la lluvia, castigado por el frío, perseguido
te digo que no entiendo, Padre, bájate,
tócame el alma, mírame
el corazón,
yo no robé, no asesiné, fui niño
y en cambio me golpean y golpean,
te digo que no entiendo, Padre, bájate,
si estás, que busco
resignación en mí y no tengo y voy
a agarrarme la rabia y a afilarla
para pegar y voy
a gritar a sangre en cuello
de "Violín y otras cuestiones"



El juego en que andamos

Si me dieran a elegir, yo elegiría
esta salud de saber que estamos muy enfermos,
esta dicha de andar tan infelices.
Si me dieran a elegir, yo elegiría
esta inocencia de no ser un inocente,
esta pureza en que ando por impuro.
Si me dieran a elegir, yo elegiría
este amor con que odio,
esta esperanza que come panes desesperados.
Aquí pasa, señores,
que me juego la muerte.
de "El juego en que andamos"



Mi Buenos Aires querido

Sentado al borde de una silla desfondada,
mareado, enfermo, casi vivo,
escribo versos previamente llorados
por la ciudad donde nací.
Hay que atraparlos, también aquí
nacieron hijos dulces míos
que entre tanto castigo te endulzan bellamente.
Hay que aprender a resistir.
Ni a irse ni a quedarse,
a resistir,
aunque es seguro
que habrá más penas y olvido.



Opiniones

Un hombre deseaba violentamente a una mujer,
a unas cuantas personas no les parecía bien,
un hombre deseaba locamente volar,
a unas cuantas personas les parecía mal,
un hombre deseaba ardientemente la Revolución
y contra la opinión de la gendarmería
trepó sobre muros secos de lo debido,
abrió el pecho y sacándose
los alrededores de su corazón,
agitaba violentamente a una mujer,
volaba locamente por el techo del mundo
y los pueblos ardían, las banderas.

de "Gotán"

jueves, 26 de julio de 2012

Juan Gelman


Poesía reunida


13/07/12 LIBROS
Juan Gelman reunido

Puestas en la balanza del tiempo, las más de mil cuatrocientas páginas de laPoesía reunida del célebre poeta argentino arrojan un diagnóstico reservado sobre sus potencialidades como legado literario. / 

Por Alejandro Rubio.
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Leyendo los dos volúmenes que compilan una obra iniciada en 1956, vienen a la memoria dos frases pronunciadas por poetas que nada tienen que ver con Juan Gelman: los hermanos Lamborghini. “El enemigo es González Tuñón”, dijo Osvaldo; y “para ser poeta no hace falta ser boludo” (Leónidas dixit). Pero habría que refrenar las ganas de decir que el tuñonismo y el boludismo arruinaron la posibilidad de que una experiencia vital única en un poeta argentino cuajara en una obra a su altura. Habría que seguir, más bien, la línea histórica de una estructura de sentimiento que rigió la poesía de Gelman y de muchos de sus coetáneos: el optimismo histórico, sus modos, sus manías y su público. Se impone también una periodización marcada por la historia política del país: primero, desde Violín y otras cuestiones (56) hasta Hechos y relaciones (80), la etapa sesentista; luego, el período de crisis, que incluye Si dulcemente (80), Citas y comentarios (82)Interrupciones I y II (88), Carta a mi madre (89) y Salarios del impío (93), período que sienta el prestigio vigente de Gelman; por último, la clausura del ciclo del optimismo histórico, que abarca desde Incompletamente (97) hasta El emperrado corazón amora(10).
Raúl González Tuñón escribió el prólogo al primer libro de Gelman. Allí, el vanguardista de los años 20, el orador encendido de la república española, el comunista archivado por el partido, señala que Gelman, a diferencia de los jóvenes “viejos” –los que se guían por las formas, tanto literarias como sociales–, es un joven “joven”: apasionado, fraterno, chapucero y atolondrado (estas características juveniles no importarían si Gelman no las reivindicara en su vejez). El joven Gelman confía en el futuro, confía en que los ripios y las perogrulladas de los poemas presentes se borrarán en favor de la buena intención en un futuro revolucionario. Persiste en esta fe a lo largo de varios libros, alargando sus poemas, sus versos y sus palabras. Ni la mujer que se parecía a la palabra nunca, ni los obligatorios himnos al Che, ni los trabajadores infantiles: nada le es perdonado al lector actual. A juzgar por su éxito inmediato, muchos lectores de poesía estuvieron de acuerdo con él. Por lo que sabemos, se trató de una época de cándida seriedad, de fogosa ligereza, al menos en los juicios estéticos. Nada perdura, después de tantos años, de tanta buena voluntad; ha quedado solamente una pila de poemas innecesarios.

Si hay un movimiento formal en la obra de Gelman, es el que va de los versos enfáticamente coloquiales y las metáforas e imágenes a lo Tuñón, a la reproducción de una matriz simbólica tomada del Siglo de Oro español.

Pero sucede el golpe del 76, Gelman se exilia, su hijo es secuestrado y asesinado, su nieta se pierde con la identidad cambiada: nunca un corazón tan confiado en el futuro sufrió un revés más grande. Nuestro poeta es una persona honesta que no quiere negar la realidad; se impone revisar los presupuestos (reminiscencias tangueras, coloquialismo, ternurismo, pauperismo evangélico, consignismo político, transparencia comunicativa) de una poesía que, de no ser cambiada, mal podría representar el sentimiento de su generación, la que se acunó con las canciones del optimismo histórico que tan malherido parece bajo los mandobles militares. Ahora es Julio Cortázar, el francoargentino surrealista-existencialista-castrista, en el prólogo a Si dulcemente, el que señala que la oscuridad del nuevo Gelman no debe ser adjudicada, contra lo que se pensaba en los sesenta, a la parálisis política, sino a una nueva situación que requiere nuevos medios de expresión. Gelman no abandona del todo sus viejos vicios (sus insoportables diminutivos, sus pésimos neologismos, su fantaseo bobo) ni se redime de su innata minusvalía (su sordera al significante), pero, otra vez, es representativo. Ha triunfado, y con un sobretono recalcitrante: el poema final del libro, titulado “Esperan”, con su ritornello: “vamos a empezar la lucha otra vez”. Se inicia un periodo que muchos críticos bautizarían “de frenética búsqueda formal”: desde la apropiación de poemas hebreos y árabes de la Edad Media hasta la escritura en sefardí, pasando por el intertexto con la poesía mística española, Gelman multiplica su paleta. Esta época de su obra es la que fascinó a lectores de poesía tan exigentes como Fogwill y Nicolás Rosa; aunque lo cierto es que aquí la búsqueda formal parece más bien parasitismo y no hay un solo hallazgo verbal en tanto texto.
Es que si hay un movimiento formal en la obra de Gelman, es el que va de los versos enfáticamente coloquiales y las metáforas e imágenes a lo Tuñón, presentes en los primeros libros, mezcla de cotidianeidad y exotismo, a la reproducción de una matriz simbólica tomada del Siglo de Oro español. Así, “olvido”, “memoria”, “luz”, “sombra”, “piedra”, “agua”, se harán representantes de polos emocionales opuestos en la tensión del poema. Este método, como el anterior, llama la atención por su doble huida de las cuestiones atingentes al realismo y a la vanguardia (la real, no la que alucinaron los ultraístas porteños) y de los problemas complementarios de la comunicación y el ciframiento. Ni lo uno ni lo otro, parece decir Gelman, ni realismo ni vanguardia, pero sí algo de los dos: si el lector se siente herido por la materialidad crasa de la palabra “cuchara”, tendrá la revancha de que poco después la palabra “eternidad” campee por sus fueros, y esto sin que en buena lógica poética haya ninguna conexión entre ellas, solo una yuxtaposición exterior que las pone juntas pero las mantiene aisladas.

Casi totalmente despojado de su resistente voluntarismo, apenas algo cursi a veces, en sus recientes libros va puliendo un yo lírico que se define por la vejez, la memoria, la elegía circunspecta, la reflexión sobre el propio hacer y el amor otoñal.

Con Gelman radicado en México y recibiendo un premio internacional tras otro, la última etapa de su obra, la menos ambiciosa, es sin duda la mejor. Casi totalmente despojado de su resistente voluntarismo, apenas algo cursi a veces, en sus recientes libros va puliendo un yo lírico que se define por la vejez, la memoria, la elegía circunspecta, la reflexión sobre el propio hacer y el amor otoñal. Desgraciadamente, ciertos tonos de viejo vinagre en sus comentarios sobre el presente poético e histórico arruinan lo que podría ser un registro homogéneo, gris y opaco a la manera de Horacio Armani, justamente lo contrario de brillante, pero no por eso menos digerible.
Impresiona, de todos modos, lo distante que está, técnicamente, la poesía de Gelman de la que se ha desarrollado a la sombra, precisamente, de sus enemigos virtuales, los Lamborghini. Se presentan todas las diferencias: temperamentales, generacionales y estéticas. Si la obra del primero va a germinar en continuadores de valía, habrá que esperar que la poesía argentina actual, a su vez, cumpla su ciclo y sea leída como fechada en una circunstancia caduca. 
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Juan Gelman
Poesía reunida I y II
Seix Barral. 660 y 720 páginas

lunes, 9 de mayo de 2011

JUAN GELMAN - El Libro De La Semana



Las ruinas de la tarde


ÁNGEL L. PRIETO DE PAULA - BABELIA - 07-05-2011

El dolor no ha dado cuartel a la poesía de Juan Gelman (Buenos Aires, 1930) desde 1976, cuando los milicos de la dictadura argentina arrancaron de su casa a su hija, a su hijo y a la mujer de este, embarazada de siete meses. Los dos últimos nunca reaparecieron, aunque la terca búsqueda de Gelman,huérfano de hijo, por las cuatro esquinas del mundo consiguió muchos años después localizar e identificar los restos de Marcelo (20 años), que había sido ejecutado y arrojado a un canal en un tambor de grasa relleno de cemento; no así los de su mujer María Claudia (19 años), a quien mantuvieron con vida hasta que alumbró a su criatura. Al cabo de casi un cuarto de siglo, el incansable empeño del abuelo dio con su nieta "Andreíta o Macarena". Esta tribulación hubiera sido un punto de inflexión en cualquier vida; también en la de Gelman, pese al ancho mapa de cicatrices civiles y personales anteriores a 1976. Tras sus grandes libros recientes (País que fue será, 2004; Mundar, 2008), entrega ahora el poeta El emperrado corazón amora,título entre jeroglífico y trabalenguas bajo el que se reúnen 139 composiciones dispuestas con concierto pero sin orden secuencial ni argumentario explícito. La frase del título, que figuraba ya en Cólera buey (1965, 1971), pone el índice en el corazón, que ha conducido a este poeta, cuya patria es el éxodo, por los caminos del compromiso político y de la emoción humana: un corazón emperrado, mordido por ese dolor-perro empecinado y pertinaz y fidelísimo que no se aparta de su dueño: "Se la pasaba tirando piedras / al dolor, pero él no se va así, / ni sabe cómo irse". Y, en fin, ese corazón amora:un neologismo gelmaniano que significa amar, pero asimismo construir el amor, propender al otro como un sujeto itinerante que solo puede saciarse en los demás.
La poética de El emperrado corazón amora no reduce las pasiones y los sentimientos al núcleo principal de su congoja, según había hecho, por ejemplo,Valer la pena (2002), que tendía puentes entre el hijo perdido y la nieta encontrada; sino que aparece como la suma de toda una existencia que, aun desde antes de nacer, reproduce a escala individual la historia tormentosa de su siglo. Su padre, judío ucranio, preparó la salida de Rusia de su familia tras la Revolución de 1917, luego de haber intentado en vano entrar él: su esposa y su hijo menor se ahogaron al volcar en el río el bote en que escapaban, y milagrosamente se salvó su otro hijo, Boris, que sería tan importante en la vocación del escritor. El padre se casó de nuevo, esta vez con la hija de un rabino, con la que continuó su diáspora, judíos errantes todos, hasta dar con sus huesos y los de los suyos en Argentina. Allí nació el poeta: "En un momento tan delicado como un alumbramiento quise acompañar a mi madre". Y aun cuando las composiciones de este libro no den pistas escolares para establecer una correspondencia argumental inequívoca, la misma música que generan palabras chocando con palabras, cantos rodados afinándose en el cauce del tiempo, remite a aquel niño de cinco años que un día se extasió mientras escuchaba a su hermano Boris recitar en ruso versos de Pushkin para él incomprensibles, pero misteriosos y llenos de armonía: "El hermano que amaba a Pushkin / tenía música en la boca. / Quería trabajar el mundo para / que su esplendor fuera constante, / se fue a la guerra y su repetición. / La máquina del organismo humano / tiene vuelos secretos".
Quizá no sea un exceso vincular este libro del octogenario Gelman al de su bautismo lírico, Violín y otras cuestiones (1956), tras una existencia marcada por muertes de los próximos, expulsiones (lo echaron del PC por haberse ido), condenas a muerte (estuvo simultáneamente en el punto de mira de la Triple A y de los montoneros, después de abandonar la organización), exilio interminable. Aquel viejo libro, que se publicó con prólogo de Raúl González Tuñón y constituyó la primera expresión del grupo El Pan Duro, aunaba temáticamente la música del violín y esas "otras cuestiones" menos gratas, y estéticamente la fiebre vanguardista y un socialrealismo no figurativo. Aquella unión de contrarios ha persistido en la obra del argentino, que ha eliminado hasta donde es posible, en cambio, el trascendentalismo retórico y el empaque mesiánico respecto de la imagen del poeta, de índole, diríamos, nerudiana. En El emperrado corazón amora se mantiene, sí, el descoyuntamiento vallejiano, seña de su escritura al menos desde Gotán (1962) y, más decididamente, desde Cólera buey, e igual sucede con las asociaciones alógicas y las formaciones neologísticas de verbos inconjugables ("miedan") o sustantivos caprichosos ("entreshijo", "íbulos"). Por doquier asoma la necesidad de indagar allí donde rehúsa penetrar la razón discursiva, satisfecha de haberse conocido: "Los profesores del intelecto / no vigilan la incapacidad / de la razón, mientras / la desintegración de los discursos / desabriga a pájaros implícitos / que mata el vuelo de la locura".
Radical y sensitivo, desvertebrado e intenso, adelgazado de anécdota, El emperrado corazón amora ofrece la estampa singular de alguien solitario y solidario que ha efectuado una invitación heroica a la fundación de una vida más digna. Los mecanismos que activan los engranajes para conseguirlo son el amor, la memoria, el compromiso civil y el testimonio de la escritura: "Si un acto contra la muerte fuera / escribir en las ruinas de la tarde, / qué delicia disfrazada de espíritu". Ello a pesar de que, como la vastedad de su experiencia enseña, algunas muertes no se acaban nunca: "la muerte no se quiere morir, / tan pálida entre hojas amarillas".


Poemas de 'El emperrado corazón amora'

            Alientos
El hermano que amaba a Pushkin
tenía música en la boca.
Quería trabajar el mundo para
que su esplendor fuera constante,
se fue a la guerra y su repetición.
La máquina del organismo humano
tiene vuelos secretos.
¿Un trago de astros quita
las penas, su mugido de abismo?
En todo lo que no fue
palpita lo que será y no olvida
su escritura en las tierras bajas
de la parte oscura del día.
¿Adónde fuiste, hermano?
En un caballo galopás
contra la eternidad, te vieron
en un retrato de mi sangre.
Mil
En la soledad de ella
me acompaña en días sin rostro cono-
cido,
esperan su visita siempre.
Caminar por el borde
de su constelación es instrumento
de un amor que no supo.
El tiempo no resuelve nada, madre,
ahí estamos, vos allí, yo
huyo en silencio
de lo que no te pude dar cuando
las lágrimas lavaban tus mejillas.
Las batas del verano ciñeron
tus olvidos de vos, otras tierras.
Qué hermosa eras en tu desolación,
te parecías a
la palabra que no alcanzo a decir,
la línea negra de la pureza
que nadie sabe cruzar.
                                    

viernes, 4 de febrero de 2011

Juan Gelman . "El pibe Juan"



El único argentino de la familia soy yo. Mis padres y mis dos hermanos eran ucranianos. Emigraron en 1928. Mi padre era un socialrrevolucionario que había participado en la revolución de 1905. Yo no lo supe sino mucho después, en 1957, cuando encontré en Moscú a dos tías y a una prima que aún vivían en la casa de madera donde mi padre se había refugiado, y de la que debió escapar porque la policía del zar le pisaba los talones. Después anduvo por otras regiones de Rusia, vaya a saber por dónde, hasta que decidió ir a Buenos Aires. Llegó por primera vez en 1912, escapando del servicio militar.
Con un pasaporte falso partió hacia Génova. Ahí supo que zarparían dos barcos: uno hacia Nueva York y otro a Buenos Aires. El de Buenos Aires salió primero y en él se fue. Vivió en la capital argentina hasta que regresó a su tierra de origen, en los inicios de la revolución rusa, Volvió esperanzado porque eran momentos de cierto pluralismo. Como todo mundo sabe, los espacios se fueron cerrando.
Lo que lo desilusionó fue, sobre todo, la expulsión de Trotsky del Partido Comunista y su destierro en Alma Ata, en la frontera de Manchuria. Aunque él no era trotskista en absoluto, admiraba a Trotsky y pensaba que con su salida de escena se terminaban las últimas posibilidades de un debate democrático en la Unión Soviética. Entonces se fueron todos con pasaportes falsos, inaugurando así la tradición de pasaportes falsos en la familia. Mi hermana tenía tres años.
Él era obrero ferroviario, carpintero. En 1928 volvió a Buenos Aires con mi madre y mis dos hermanos mayores. Ahí siguió de carpintero y luego de pequeño comerciante. Ella había sido estudiante de medicina en Odesa. Era hija de un rabino metido en su shtetl, un pequeño pueblo judío donde fungía como juez de paz. Era una especie de santo que se alimentaba de té y pan. Muchos años después, en la poesía norteamericana de los años 20, encontré la referencia del té y el pan en la boca del poeta judío.
Mi infancia está muy lejos, en el barrio de Villa Crespo, en Buenos Aires. Nací ahí porque en un momento tan delicado como un alumbramiento quise acompañar a mi madre. Corresponde a un caballero estar con una mujer querida en una zona difícil como el parto... Mi infancia también está llena de cosas que no viví. Por ejemplo de historias extraordinarias y terribles que mi madre me contaba, como el día aquel en que los cosacos quemaron todo durante un pogrom y mi abuela entró en la casa en llamas para salvar a sus hijos. Perdió uno. Cada vez que había peligro, mi abuelo sacaba una arquilla con un pergamino de mil setecientos y corno en el Génesis leía: "El rabino tal engendró al rabino tal que engendró a tal.." El era el último de la lista. Cuando existía una amenaza, la lectura del pergamino les otorgaba cierto sentido de continuidad y supervivencia.
Mi padre era uno de esos obreros de la Rusia revolucionaria que sabía de todo: economía, historia, ciencias políticas. Lo que ahora se llamaría un tipo culto. Mi madre... amaba la música, nos hacía estudiar piano.
Nunca nos encerraron en un gueto, ni cultural ni nada. Esos años de mi vida coincidieron con la segunda guerra. Hice, por ejemplo, mi bar-mitzvah, porque hacerlo se llenaba de sentido en medio de la matanza de judíos en Europa. Pero no recibí ninguna educación religiosa. Lo que más recuerdo de mis trece años fue que me regalaron las obras completas de Sholem Aleijem. Mis padres, que no nadaban en la abundancia, ahorraban centavitos y una vez al año nos llevaban al Teatro Colón. Ahí escuché a Brailovsky, cantantes de primera línea, óperas con espléndidos elencos. Al mismo tiempo llevaba una intensa vida de barrio, un barrio pobre y agresivo.
Me enamoré de una vecinita ... Me encantaban sus rodillas sucias. Me salían versitos de amor, rimados.
Me enamoré de Ana, que tenía once. Al principio yo le mandaba versos de Almafuerte. como si fueran míos. Se reía mucho...entonces traté de intentar mejor fortuna.
De niño recuerdo todo lo que se hizo en favor de los republicanos durante la guerra española, las pintadas en el barrio y nosotros, los pibes, juntando el papel plateado de los chocolates porque se creía que con eso se fundía el plomo para las balas de los republicanos; pero también el problema de la guerra mundial que en mi casa se vivía con intensidad y todo lo que ocurrió después: el golpe de Estado del 43, el advenimiento del peronismo y el golpe del 55. Es decir que había todo un clima, un contexto de efervescencia social muy grande en todos esos años que sin duda impregnó nuestra actitud practicante.
No recuerdo cuál fue el primer poema que escribí, pero si cuál fue el primero que publiqué. Vivíamos en Canning y Vera, y desde muy chico, desde los ocho años o tal vez antes, leía mucha poesía. La poesía era como una hipnosis; me atraían los sonidos por un lado, y por el otro el misterio de algunas palabras incomprensibles... Boris leía mucho. Fui saqueándole a mansalva la biblioteca. Tenía, él también, algunos libros en ruso.
Tenía once (años). Yo leía esa revista (se refiere a Rojo y Negro) cada vez que me caía en las manos porque tenía unos cuentos de aventuras buenísimos. En cada número traía una sección de filatelia Y otra de espontáneos. Muchas veces traté de sobornarlos mandándoles cincuenta, sesenta estampillas pero me rechazaban el poema. Hasta que una vez, por fin, me publicaron. Era, por supuesto, un poema de amor imposible... decía, más o menos: "Al amor, sueño eterno y poderoso,/ el destino furioso lo cambié".
Tenía entonces un sueño extraordinario, que se repitió durante más de dos años. Yo era paje de una corte e improvisaba versos maravillosos que, por supuesto, olvidaba al despertar. Al acostarme, dejaba lápices y papeles junto a la cabecera de la cama, pero jamás pude acordarme de un solo verso.
A los doce años leí Humillados y ofendidos (de Dostoievski) y caí dos días con fiebre. En mi casa había un patio y, al fondo, una escalera de chapa que llegaba a la pieza donde dormía mi hermano. Un domingo fui a su cuarto, tomé el libro, y me lo devoré de cabo a rabo. (Leía) sobre todo a los clásicos españoles: Garcilaso, Quevedo, Góngora, Lope de Vega... pero el primer poema que escuché fue un poema de Pushkin, en ruso. Se lo oí a mi hermano, que recordaba todavía algunos versos de Pushkin. En ese momento descubrí la poesía "dicha".
Recuerdo que mi padre me regaló, cuando cumplí 12 años, la obra completa de Sholem Aleijem... Empecé robándole versos a Almafuerte.
Mi padre era un lector voraz. Mi madre, por su herencia rabínica, tenía un modo de entender la vida donde la pobreza existe, sí, es un hecho, pero ahí no se acaba el espíritu humano. Crecí con una vida repartida: la de] colegio donde me rozaba con gente de otras clases y la vida del barrio en el que, de paso, hice el escalafón completo: billar, mujeres, organillos, fútbol, milonga y esas cosas.
Yo fui milonguero desde los 15 años. En aquel mundo de entonces el baile me interesaba mucho. Borges dice que el tango es una manera de caminar. Yo no lo voy a corregir, pero me parece que es una manera de conversar. Frente a una muchacha que no conocés es la mejor manera de iniciar una buena conversación. Luego la conversación pasará a otras regiones distintas, al baile, las inevitables preguntas sobre el otro. Por eso creo que la milonga es una forma de conversar, un diálogo bailable.
Llegó un día en que me declaré a mí mismo poeta. Abandoné entonces la Facultad de Química. Además estaba enamorado y dejé todo. Me puse a trabajar de camionero, Transportaba muebles, fui vendedor de partes automotrices y, a través de las facturas, descubrí el paso del lápiz a la tinta y de la tinta a la máquina de escribir. Pienso que el paso a la computadora ya no lo podré dar.
(...) me acerqué al núcleo de una revista que salía en los años 50 que se llamaba Muchachos. También habla narradores como Damato y Cronda y el poeta David Álvarez Morgade.
Uno se pasa años escribiendo sin pensar que va a publicar, simplemente escribiendo porque tenés necesidad de hacerlo. Había un grupo de muchachos, no todos poetas, que me alentaron para publicar. Con otros poetas, Héctor Negro, Julio C. Silvain, Di Taranto, estábamos todos en la misma. Editábamos EÍ Pan Duro, para autopublicarnos. El sistema era la venta previa de bonos; cada bono valía un libro y con ese dinero imprimíamos. Se decidía entre todos cuáles eran los libros que iban a aparecer, el orden y todo lo demás. Lo extraordinario cm que no había competitividad entre nosotros y en votación se decidió que Violín y otras cuestiones fuera el primero en salir, luego apareció el de Héctor Negro. También empezamos a realizar lecturas públicas de poesía. Fue después del golpe del 55, en el teatro La Máscara. Ahí conocí a Raúl González Tuñón, una vuelta que lo habían invitado. También hacíamos lecturas en clubes de barrio, en bibliotecas públicas, en distintos sitios.
Seguro que escribo poesía de puro holgazán, porque la ventaja de los versos es la brevedad. El poema es corto, las líneas son más cortas. Sin embargo una vez intenté hacer una novela, y llegué hasta la página treinta... Creo que se iba a llamar El diario del poeta o algo así. Era una especie de farsa. Y también hice un libro de cuentos, allá por el año 1967 o 1968. Pero éste era ante todo un ejercicio personal relacionado con toda mi búsqueda poética e idiomática de ese momento. No sabría decir si eran exactamente cuentos. Digamos que eran textos, que en parte se perdieron.
Aparecido en la revista La maga