Mostrando entradas con la etiqueta JAVIER LEIBIUSKI. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta JAVIER LEIBIUSKI. Mostrar todas las entradas

sábado, 6 de julio de 2013

JAVIER LEIBIUSKI


S/T

Es un hombre simple. Como tú y yo. Vive en el tercer piso de un edificio en alguna parte de París. Una mañana baja a la calle para ir a trabajar. Es temprano, el sol brilla pero sabe que no durará mucho tiempo; después de todo está en París. Justo frente a la salida de su edificio percibe una cáscara de banana tirada en el piso. Algo indignado por la falta de respeto que tienen algunos, se acerca del deshecho, lo levanta y lo arroja a la basura. Se da vuelta para seguir caminando cuando de pronto ve una colilla de cigarrillo sobre la acera. Suspira, sabiendo que no podrá irse a trabajar tranquilo si deja la colilla allí donde está. Entonces la toma y la mete en el cesto. Una mirada rápida a sus alrededores le basta para darse cuenta que la acera está muy sucia. Chicles, envolturas de caramelos, papeles de todo tipo, restos de comida y otros objetos más difíciles de identificar, están dispersos por doquier. Los transeúntes los ignoran por completo, pisándolos y siguiendo de largo felices hacia donde sea que se dirigen. Pero él no es así. No puede permanecer indiferente a esta polución acerística. Regresa a su departamento para bajar con una escoba y una pala. Barre la acera intentando no dejar ni una sola miga de pan detrás. Las personas lo esquivan, a veces dejando algún comentario parisino al pasar, pero a él eso no le molesta. El altruismo es más importante. El segmento de acera que se encuentra delante de su edificio está mucho más limpio ahora. Pero el hombre aun sigue sin estar satisfecho. Sube nuevamente a su casa y regresa con un alargue eléctrico y una aspiradora. Conecta el aparato y como cada vez que lo hace, lamenta no tener suficiente dinero para comprarse uno de esos de la marca Dyson. Los transeúntes se muestran menos tolerantes ahora, ya que en sus hojas de ruta mentales no habían planificado saltar por encima de un cable. Algunos resultan levemente heridos, pero por suerte nadie deja manchas de sangre sobre el suelo. La acera está limpia. Pero a causa del paso de miles de zapatos diarios, su color original – un magnífico gris – se ha vuelto casi negro. Una nueva visita a su casa para dejar la aspiradora y tomar un balde, unos trapos y algunos productos de limpieza. Se cambia también de ropa, ya que ahora comienza la ardua tarea de arrodillarse y frotar minuciosamente el piso. Le grita a la gente, impidiéndoles que caminen por los lugares que ya limpió. Las personas descienden a la calle para esquivar aquel fragmento de acera, creando así algunos disturbios en la vía cercana al edificio.
Al finalizar la tarea nuestro hombre decide exigir que aquellos que quieren pasar por el lugar sin bajar a la calle se quiten los zapatos. La gente obedece. El suelo está tan brillante que nadie se atreve a oponerse. Incluso la policía, enviada para poner un poco de orden, constata que efectivamente la acerca está mucho más linda de esta manera y que el quitarse los zapatos es al fin un sacrificio muy pequeño que justifica la recompensa.
El hombre pierde su trabajo pero obtiene un permiso municipal para mantener la limpieza de aquellos quince metros de acera. La gente asegura nunca haber sentido tanto placer al caminar por un lugar.