Narvaja Editor trabaja en la actualidad en la reedición de sus libros: “Los Oficios del hombre” y “El libro de los elogios”
LAS CUATRO ESTACIONES
(Alabanza al paisaje de Córdoba).
Alción Editora. Córdoba, 1987
El otoño
El vuelo del ave cierra la tarde. Es la hora en la cual San Francisco, el de Asís, el anticipador de la Ecología , sale en la noche y asciende a cada árbol para darle su aliento tibio a la rama solitaria, al gajo mudo, a cada palito triste y una vez abajo, en el pastizal o en el ribazo, de entre sí barba hermosa nace una voz que dice: “-Oh! Mis pequeñas matas tan perfumadas como el heliotropo; mi grillo musical; mi lombriz ciega, alcancía de la lluvia y pulmón de la tierra, dormid, queridos míos, dormid hasta la fiesta que viene! y esta abeja, con su motor a toda vela, cruza el aire llevando fiel el último polen a su celda hexagonal, a su fragua de amor y de vida. Gracias Dulcinea, por darnos tu miel y tu ejemplo.
No me lamento por las hojas que caen, por tanta música quieta. Sé que esa hoja es el único oro que sirve. Sé también que ella guarda en su seno el humus del cual surgirá victorioso el árbol de mañana. Por eso escribo contento todo esto. Hoy, aquí, en Córdoba.
El carpintero
La madera es tiempo detenido, callado. Cuando el diente canino del serrucho la muerde, desparrama por el aire su sangre de perfumes, el ambiente se vuelve primavera, todo el bosque se siente herido y llora una agonía apenas audible.
El hombre siembra la planta y, con ella crece. Los árboles que hoy duermen echados como blandos minerales bajo el techo del cielo de los aserraderos, ya eran árboles que acompañaban los juegos de nuestros abuelos. La madera robó al tiempo su dulce vocación de calendario.
Diminutos seres de músculos acerados con una estrella de luz le van cortando sus anclas de la tierra y el gigante cae, cae y queda su cuello sangrante como el cuello de un toro herido. Las hormigas piensan que son nuevas cataratas el llorar sin pausa de la savia que se despeña. El buey o el río llevarán estos cadáveres de aromas y susurros por disímiles caminos.
EL San José de todos los tiempos, recibe el tablón como a otro hijo. Lo toca, como si a esa carne de serrín antiguo la conociera desde siempre. La mira, es el pan diario de su trabajo.
En el brasero, recortes pequeños de fibras jugosas alimentan el fuego y éste calienta el tarro de cola que como un ojo rojo ilumina el ambiente. La carpintería se llena de un humo suave y un sonido crepitante invade el sitio, entonces presentimos lo que en un rincón conversaran nuestros fundadores de las barbas hermosas, allá en el Medioevo. Leonardo, juega con una fruta y un compás. Sonríe.
El carpintero es un dios enérgico, trabaja con una arcilla vegetal, donde la geografía ha depositado sus galaxias infinitas, porque hay un mundo secreto dentro de la savia suspendida, que nunca nos será dable conocer. De ese misterio sólo es dueño el grueso lápiz, túnel dormido en blando carbón.
Y el mueble aparece de pronto de esas sus manos inquietas de filósofo y místico, como nacen del poeta esos versos interiores que lo sorprenden en las noches jubilosas, llenándole el alma de una música profunda por saberse vasija de tantos sueños, de los que un día se levantó para ser eterno.
Francisco Colombo