La queja
El vuelo de algún pájaro
dejó caer una semilla madre.
Crecí sobre la piedra visitada
por la lluvia que entonces bendecía.
El arroyo alentó mi ascenso iluso,
prometedora el agua inalcanzable.
Cuando cesó la lluvia
en mi país de arenas,
procuré sustentarme en la corriente.
Sequías renovadas
desnudaron miserias en su lecho.
En la piedra más alta
instalé mi vivienda.
El arroyo murmura su disculpa;
lame a veces la piedra,
pero no puede consolar mi sed.
¿Cómo dar fin a este suplicio
de ser para morir
con el agua a mi lado?
* * *
XXII
Como el desnudo Adán de la Sixtina ,
me siento ya flotante y desprendido;
miro en antiguas nubes confundido
al hombre que ayer fue, mientras declina
el sol, por sombra oblicua ensombrecido.
La tarde cae. En el ocaso erguida
se apaga la otra luz que llamé vida,
el fuego que se amansa en el olvido.
Como el Adán desnudo miro el rayo
de aquel Rostro de luz que en mi desmayo
imagino llegar, aunque no viene.
Y ya en la noche del temblor oscura,
creo escuchar al ángel que murmura:
“El dedo que te suelta te sostiene”
Federico Peltzer
(de El silencio y la sed)