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viernes, 24 de febrero de 2012

Eugenia Cabral




 CARTA DE LA TUMBA EN SOMBRA A LA MUERTE BAJO EL SOL

Correte un poquito, ahí, más a la izquierda, bien, ahora no me da el sol de frente. Ya no estoy acostumbrado a la luz del sol. Y necesito escribir urgente esta carta, tengo que ver bien. Hace tanto que estoy aquí, en el fondo de esta fosa. Vos, en cambio, moriste en plena calle. Ya sé, no hagás chistes fáciles.
Te digo, en mi época también hubo de los que morían como vos, a pleno sol, pero eran muchos menos. Entonces (por los años setentas, digo) nosotros, los militantes, hacíamos la proyección y calculábamos: si esto sucede así en estas condiciones actuales, de agravarse tales condiciones –y eso, seguro, sucederá, porque el capitalismo se dirige fatalmente hacia nuevas crisis- los hechos como este irán en aumento hasta alcanzar cifras infernales. Pero a menudo para no dar tanta explicación –cuando voceábamos en medio de una asamblea obrero/ estudiantil, por ejemplo- hablábamos de los desastres futuros del capitalismo como si ya hubieran estado ocurriendo en la Argentina. ¡Qué exagerados! Eso era lo primero que les oías juzgar a los pavotes de clase media. Y no te escuchaban más.
¿Hambrunas como las de 2000 y 2001? “¡Dejen de hablar huevadas, aquí sobra la comida!... ¿Qué los bancos se van a quedar con el dinero de los ahorristas? ¡Por favor, en qué planeta!... ¿Desocupación?... ¡¡Acá no trabaja el que no quiere!!... ¿Depredación de recursos naturales? ¡¿Qué decís?! ¡La Argentina tiene una geografía privilegiada!... ¿Qué van a cerrar las industrias? Y ¿adónde van a encontrar mejores obreros que los nuestros?... ¡Basta de decir estupideces, che! ¿No andarás drogándote con los hippies, no? Porque ustedes los marxistas no son gente disciplinada, normal. Nos quieren asustar con todo eso para captarnos para sus propósitos, pero comigo no van a poder. ¡Vayan a laburar, vayan a estudiar y déjense de politiquería!... Y si viene un golpe militar, vendrá a poner orden, porque esta democracia ¡es un quilombo!”
Algunos tuvieron siquiera la honestidad de reconocernos una parte de razón, después. Otros ni siquiera han preguntado dónde estamos. No importa, si fuera por ellos ninguna lucha sería legítima. Pero aquí estamos, vos, Cristian, vos, Mariano, vos, Víctor, vos, Graciela, vos, Carlos, vos, Teresa, y vos, y vos, y la otra, y los otros, y nosotros, todos, los de los setentas, los de los ochentas, los noventas, los dos mil, los dos mil diez… Nuestros huesos en la sombra de la muerte, pero nuestros nombres flameando en las banderas. Nuestros crímenes con adjetivos políticos, junto a los crímenes con gerundios sociales: “defendiendo la tierra de los desalojos a campesinos”, “desangrándome en una cárcel hacinada de presos comunes”, “luchando contra la tercerización laboral”, “asesinándome mi pareja como a una vaca”, “protestando contra la minería a cielo abierto”, “enfermando de cáncer por causa de fumigaciones tóxicas”, “asfixiándome en un recital de rock”, “chocando en trenes descompuestos mientras iba a trabajar”, “drogándome en el burdel donde me esclavizan para prostituirme”…
Aquellos pavotes hubieran dicho que delirábamos, directamente. Pero aquí estamos, dando testimonio con nuestras sombras en la sombra y con nuestras banderas bajo el sol. Aquí, bajo la tierra, amigando con los gusanitos, que nos quieren a su manera (hubo uno que pretendió darme explicaciones antes de empezar con su tarea, pobrecito, ¿qué culpa tendrías vos?, le dije.) Allá, sobre las calles, afrontando lo que pronosticábamos ante pacientes que no querían (o no podían) reconocer la enfermedad.  Arriba y debajo de la tierra argentina, los muertos de antes y los actuales, los muertos y los vivos, en secuencias intermitentes como unos Pedros Páramos invocados por Juan Rulfo. Este es nuestro Comala, nuestro pueblo fantástico. Y desde abajo tenemos que hacer fuerza para que marchen los de arriba. Los que quedan de antes y los que vinieron después.
En marcha, no se detengan. Ahora hay que actuar más rápido que nunca. Nosotros los vamos a empujar un poquito, hasta a los gusanitos los vamos a hacer trabajar. Vamos, Hugo, dale, vos eras obrero… Empujá, Julio, ¿no eras albañil, vos?… ¿Y… Susana? ¡Yo me acuerdo cuando pateabas la pelota, no te hagás la fina!... ¡Agustín, con esas manos! Empujá, che… Y vos, Claudio, junto con Jorge y Miguel Ángel, ¡militen, vamos!... Haroldo, Paco, Rodolfo, ¿qué esperan? Empujen, denle…
¡Esta carta enviada de una sombra hacia una luz tiene que despacharse urgente! Vamos, no aflojen, compañeros. No, al menos, hasta que nos maten a pleno día, para que sean testigos las banderas. ■

viernes, 16 de diciembre de 2011

Eugenia Cabral


                              


Christian y el viento

-¡Chriiiiistiaaann!...
La voz de la madre se alargaba con el viento seco, como si la corriente de aire le formara una quena invisible a esa voz, para que corriera a través del campo, buscándolo.
-¡Chriiiiist!...
La voz se cortaba dentro de la mente del Christian. Ya va, pensaba, ya va, estoy pensando.
Hace días que piensa en que el monte se va despoblando de animales, de árboles, y eso que siempre fueron escasos por la sequedad, a pesar de la cercanía a la selva, pero fue hace mucho, en tiempos de los abuelos. Al final, van a despojarlo de gente también, de voces como la de su madre, que lo llama. Y ¿adónde podrá irse la gente? ¿A las orillas de la ciudad, como sapos a la vera del río? ¿A dormir entre los viejos durmientes de quebracho de los ferrocarriles, quebrachos sacados de la selva que antes lindaba con el monte quemado?
El viento sopla cada vez más seco debido a la tala de vegetación cercana que lo humedecía. Y el calor tiene manos de tenaza, porque no hay humedad que lo ablande. En la escuela le enseñaron que no se deben talar demasiados árboles, ya por la ecología, ya por la cultura. Y eso que el maestro les contaba a los changos historias lindas pero que sucedían allá en la Europa central, de donde habían venido sus propios abuelos. Los cuentos nombraban árboles que aquí no existen (como las hayas, los abedules, los saúcos) y los había escrito un señor llamado Hans Christian Andersen. Christian, como él, el Christian.
Uno de los cuentos hablaba de un hada que vivía en un saúco y se comunicaba con los niños para decirles que, en realidad, ella era el espíritu del Recuerdo. Y claro, pensó el Christian, al final, de nuestros árboles sólo va a quedar el recuerdo. Pero ¿dónde van a guardarse los recuerdos? ¿En los jarros pintados, igual que en ese cuento? Porque quebrachos frondosos ya no hay más. Y la soja no tiene recuerdos, sólo futuro, futuro económico.
Y ¿qué me importa, pensó, que la soja tenga futuro, si yo no voy a tenerlo? Si les entregamos las tierras, también van a sacar los minerales, que no se pueden volver a sembrar. Así que la soja va a quedar sepultada bajo el aceite impermeabilizante de la soja y las minas, que sólo pueden parir una vez sus minerales, van a ser como vientres de hembra vacíos.
-¡Chriiiiistiaaaann!...
Ya voy, mama, ya voy, pensó. Y se echó a andar mirando alucinaciones de desiertos en lugar de monte. Y siguió caminando rumbo de su hogar, guiado por el grito largo de su madre en medio del viento seco, sin percibir que su madre en realidad estaba a su lado, abrazándolo, tratando de parar con su pecho los borbotones de sangre que fluían del pecho del Christian por las heridas de bala.
Los dueños del futuro, de la tierra, de los minerales, lo habían baleado al Christian Ferreyra por negarse a entregar su futuro, su tierra, sus minerales. Y ahora entendía porqué ese viejo señor que contaba cuentos, el otro Christian, escondía los recuerdos de la tierra en las teteras, en los barriles, y sólo los revelaba a los niños y a los enamorados: para que los ricos no pudieran encontrarlos. No fuese que los balearan, también.

                                                                 Eugenia Cabral
                                                                   Diciembre, 2011