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sábado, 19 de octubre de 2013

Celmiro Korito


Sin hacer cuentas

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Nunca rompí ninguna ventana,
tal vez algunas reglas.
Tampoco alimente venganzas,
ni robé joyas ajenas.
Nunca quemé una casa
tampoco un granero.
Cortés no lacere corazones,
dejando  jaulas abiertas
y libres las emociones.
Siempre con esa inocencia,
de saberme culpable.
Florezco en el abandono
erguido entre los escombros
de espejos trizados
un aullido de furia desciende
salpicando las corolas
florecidas en las charcas del otoño
me rasco un ojo lejano
y como un girasol
miro caer el sol
así sé que otros sufren
más que yo

En este momento existo, simplemente
La segunda vida  la sueño,
del lado verdadero

///

él camina
con la hierba hasta las rodillas
siente en la nuca
casas puntiagudas
nerviosas revierten
las torres del mismo hombre
que con mecánica mirada
hace sentir su soledad
sobre la nieve, el puente y, la copla
su lengua una calle silenciosa
sabe a café bajo los árboles
de un bosque desconocido
que expone un cuerpo de novia
de amor humedecido
ciertos ramales entrelazados
paren dos huevos similares
en nidos vacíos
y a media asta
un dedo lejos del corazón
eriza la piel
de una madeja descabellada



lunes, 1 de abril de 2013

Celmiro Korito







Como al pasar

Ese espacio, ese vergel. Debajo de las hojas intrincadas del patio, nace el agua en mi frente.
El despiadado hacer de la zapa levanta la tierra, que cede desde mis manos. Hay almácigos esperando las mieses y pequeños sarmientos que este verano darán flores. Éstas, enhebrarán el colorido ritmo del jardín. La huerta es un cuento aparte.  Macetas de barro cocido, engalanan la  ventana de la cocina. Contienen orégano, perejil, albahaca y cilantro. Unos tomates cherry se unen a otros con forma de dátiles. Y las pequeñas lechugas conviven con la rúcula y la salvia.

Noches más tarde, comparto con la luna, el eterno aroma de los azahares. Es marzo y los naranjos están en flor. Sin más el laurel se mantiene retraído
Me deleita escucharme pensar, mientras voy hacia lo que se fuga. Un ave levita entre rieles de humo y queda capturada en mi silencio.
Todo eso para que no todo caiga dentro de ese ramillete de segundos que dura la idea.
La  idea que destruye la tendencia a creer que mañana lloverá y podré omitir el riego

En las manos, el espejo de una nueva foto, en la que no me reconozco. Ese alguien ha vivido mucho y es otro,  e ignora que su vida repta por un sol sin ganas.
La piel en la que vivo, agoniza día a día, hasta diría, casi con soltura y su juventud en hálitos escapa.  Cada beso recibido lo mantiene y se esfuma en calendarios que bordan cada arruga.

Esta mañana, los girasoles se miran en un sol ciego y hacen camino conmigo.  Considero no ser más que un árbol en medio del campo que exige unas gotas para elevarse. La vida, es un oficio difícil, cuando ciertas manchas blancas comen la memoria. En tanto devoro sueños, sólo una lágrima me hace falta para sentir el río.
Aún así, estoy cerca y tan lejos y nada más que una noche necesito para irme.

Hoy he ido a la ciudad. Una vereda de pájaros  pedalean mis pies. Circulan chicas con blusas de otra tarde y concibo sus pieles mías. Inmerso en el erótico nudo, en las vidrieras, ni siquiera soy reflejo.
Paseo la mirada por figuras obesas de barro y canto, mientras enhebro camino por una aguja que vaga en el orificio de la nada.

Creo la pregunta, convertida en pájaro, en hombre, camuflado tras sus plumas. Ruego al menos, que el adiós sea oliendo orgasmos disipados entre hilachas de espuma.

viernes, 15 de marzo de 2013

Celmiro Korito




26 

La amé desesperadamente durante un ocaso. Palabras de nieve, descansé en su cuerpo.
Cubriéndola tenuemente pura en su blancura. Hasta que un rayo de sol penetró la nube y rompió el encanto. Y lo breve pareció extenso, en el anverso y reverso de su persona.
Nunca supe si fui héroe o villano.
Tampoco, si ella es, la que viene o va con las olas.


28

Dónde, está el hombre, con el alma, con el sueño, aún irrealizable de ser libre.
Reposa testa abajo en la posición de Cristo, sostenido por un aire picante, para sentirse erguido.
Por prosperar en la vida, muere cada día, relegado detrás de una vidriera.
Mientras mira  con fascinación de periscopio, lo que grandes letras dicen.
Y en las noches, sin vitalidad, sueña el amor, como un arco de luna, que dispara estrellas difuntas.


29

Soy un tímido asesino, que elude la muerte, porque el amor dura, la caída de un pañuelo.
Ahora, me afecta un dios más pequeño. El mundo cambia y me limito a sacudir la cabeza.
Pienso, existen demasiadas palabras editadas en el mundo, que suelen, dejar por una puerta abierta, escapar sus sombras.
Odio que me digan: Es tarde, te vamos a acompañar a casa. No saben que ahora, se vive más tiempo.

sábado, 25 de febrero de 2012

Celmiro Korito



Inciertas sonrisas

Quizás, sin saberlo, estuvieron buscándose. Mas el destino ya viene impreso.
Subió al tren rumbo a La Plata. Recorre varios vagones casi vacíos y eligió un asiento enfrentado donde da la sombra. Se deja caer en él, desganado por la monotonía de hacerlo cada dos semanas. Deja el ancho portafolio en el asiento de enfrente. Es corredor de camisas de mujer y de hombre. Invierno o verano manga corta o larga, lisas o estampadas. De aburrido recorre las caras de los pocos pasajeros. Alguien, en la segunda pasada, le sonríe. Hurga en su memoria, acaso es alguna empleada que lo conoce. Pero su mente está ocupada en dónde, comerá al mediodía su asadito. Toma la lista de precios y la estudia mientras anota una ruta de tiendas y  clientes que visitará esa mañana.
En la estación siguiente solo  quedan dos mujeres, una anciana y la joven a la que no se le borra la sonrisa cuando lo mira.
Un tanto molesto se anima a mantenerle la mirada y a recorrer su figura. El cabello oscuro lo tiene recogido en un estético rodete. Luce una perla en cada lóbulo, sonrisa conquistadora y sus labios rojos, una invitación al beso. No deja de sonreírle detrás de sus lentes de carey.
Se detiene en su blusa de encaje blanco. Sabe que es una blusa confeccionada en alguna isla española donde ese encaje es común. Luce una pollera con cuadritos y unas piernas largas cruzadas enfundadas en unas medias de seda negra. Calcula que debe de llevarle algunos años. Ella transforma su sonrisa abierta en lasciva…segura de comérselo con la vista desde un balcón tranquilo.
Tiene tanto por hacer en La Plata, que no piensa en un levante. Se distrae, mirando la gente que baja en Sarandí y al volverse ella está sentada frente a él. La sonrisa es más cálida. Ella le pregunta hasta donde viaja, él dice: La Plata. Yo bajo en Berazategui…
Su desenvoltura casi le da rabia, pero le sigue la corriente. Estoy en horas de trabajo, pero a las cuatro me desocupo y si tenés ganas de ir a tomar algo te paso a buscar.
Su sonrisa se amplió y le entrega un papel con su dirección. Vivo a tres cuadras de la estación. Mira que te espero. Descendió sonriéndome. Mi día, fue bastante productivo.
Al regresar, ciertas dudas lo envolvieron, pero al llegar a Berazategui se bajó del tren. Encontrar la casa fue fácil y el timbre sonó melodioso.
Eran las cinco de la tarde cuando ella salió muy bien vestida y perfumada, como si siempre a la misma hora yo soliese ir a buscarla. Una cuadra más adelante, me dio un beso en la mejilla y me dijo: Llamame Hilda…
Yo soy Pedro…
Rumbo a Constitución ella lo escuchaba sin borrar su sonrisa y él le hacía un bosquejo de su vida, real y ficticia.
Al llegar fueron a una pizzería, y pidieron una Banchero especial con dos Coca Colas y de postre dos Zuppas Inglesas bien borrachas.
Pasearon del brazo, mientras le dijo que quisiera estar con ella en un lugar más privado, ella no contestaba, solo sonreía… Lo tomó como una aceptación y ni bien pasaron frente a un hotel por horas se metieron, como un acto pactado de antemano…

El ascensor los dejó en el tercer piso y ambos nerviosos pero entraron en ese ambiente de luces rosadas y azules con un perfume a flores que a él le hizo recordar un sepelio, con música suave y melosa de la época.
Ella se sentó en la cama, cabizbaja, como una una momia. Él quiso darle tiempo, se dio una ducha y salió con una toalla alrededor de la cintura.
Ella continuaba en la misma posición, como esperando el disparo de salida…
Se sentó junto a ella y la acarició y besó en la nuca y en los lóbulos. Hilda comenzó a lagrimear en un silencio patético … Pedro le dijo que si no quería hacer nada estaba bien y se estiré en la cama, invitándola a acostarse a su lado. Con una timidez inmadura lo hizo cuidando que no quedara alguna arruga en su vestido floreado. Estaba acostado diez centímetros de  una mujer hermosa y con aroma a sándalo,  inmóvil, ajena, distante. 
Por el hueco donde se abona, introdujeron una botella pequeña de vino espumante con unas papas fritas. Se levantó y llenó dos pequeñas copas…Le ofreció una y ella, apoyándose en un codo, bebió unos sorbos. El color le volvió al rostro y el amago de un sonido salió de su boca. Por primera vez ella habló de corrido, como si le hubiese llevado a hacer un viaje de años.
-De sopetón dijo: Tengo 25 años y soy virge. Quedó anonadado.
Está bien, no hacemos nada, no te preocupes, no quiero la responsabilidad de ser el primero, le dijo. ¡No!! No!! Te elegí a vos, para perder mi virginidad y quiero que lo hagas!
Comenzó a desnudarse, cadenciosamente se fue despojando una a una las  prendas mirándolo como extasiada. Luego, se acopló de costado a su cuerpo con los ojos cerrados.
Convertido ahora él, en una momia, sentía su piel y su corazón latir a cien, como el de él. Su mente era un algarabía de sensaciones y pensamientos intercalados, que llevaban su sexo de una angustia de clamor a deber.
Ella,  al verlo tan impasible, volvió a pedir por favor: ¡Hacelo! ¿Estás segura? ¡Síiii, por favor!

Comenzó a besarle lentamente el cuerpo y sus gestos eran de placer. Demoró en penetrarla... No  parecía un acto sexual más.  Era una ceremonia primitiva y milenaria sobre una base ritual de piedra blanca, donde el acto era una bendición a la especie humana.
El tiempo se desprendió del cielorraso espejado, mientras se miraban como extraños en una estación espacial.
Se ducharon y salieron sin decir casi palabra…Como tocados por una varita mágica que los sacara del trance. Él se sentía culpable del  delito que lo llevara a cumplir. Cuando quiso llevarla a su casa,  ella le dijo que no hacía falta, que solo la acompañara hasta el tren.

Dos semanas más tarde, como habían acordado, bajó en Berazategui. Las cuadras hasta su casa las caminó con ansias de volver a verla. Apretó el timbre en la casa de Hilda.
Un señor entrado en años y en camiseta preguntó: ¿Qué desea?  Busco a Hilda. Le contestó que no estaba y que no estaría por mucho tiempo, que la llevaron al Borda, del que se escapó hacía unas semanas, y cerró la puerta dando un portazo de loco... ■