El rincón de los libros nuevos o injustamente olvidados
Por Cristina Pailos
| J.M. Coetzee |
Esperando a los bárbaros.
J.M. Coetzee, escritor sudafricano,
Premio Nobel año 2003.
Editorial Random House Mondadori
Cuando se publicó esta novela en la década del 80, la mayor parte de la critica tendía a relacionarla con el régimen del apartheid instaurado por el Partido Nacional en Sudáfrica. Todo el mundo conocía la posición asumida por este escritor nacido en Ciudad del Cabo como escritor de ficciones, ensayista, crítico, traductor y de firmes convicciones respecto del régimen racista instaurado en su país desde 1948. Dicho enfoque critico no era infundado, pero también se advertía una reflexión más abarcadora.
Con el paso del tiempo y al distanciarnos de aquella aberrante realidad de una Sudáfrica blanca y negra, lo volvemos a leer, y hallamos un verdadero ensayo novelado sobre el colonialismo y los recursos a los que apela el poder para destruir todo aquello que puede significar una amenaza para su justificación y consolidación. Primero hay que aislar, matar, y después devastar. Para expandir el Imperio, primero hay que quebrar un pueblo inferiorizándolo y discriminándolo. Terror versus identidad.
En el lenguaje simbólico y metafórico de Coetzee está quizás la clave para trascender el espacio y el tiempo y alcanzar la universalidad. La novela se desarrolla en el pequeño y casi olvidado puesto fronterizo de un Imperio sin nombre, en un espacio y un tiempo desconocido. Hay dos mundos enfrentados: por un lado, la naturaleza destructiva del Imperio “civilizado” siempre alerta en la dominación o exterminio de las tribus “incivilizadas o bárbaras” que viven fuera del Imperio o bien, frente a aquellos dentro del Imperio que mantienen alguna relación con los de afuera, simplemente porque no entienden por qué hay que considerarlos enemigos o bien porque su análisis es confuso y errático: un día los miran con indiferencia; otro día, es la mirada lejana a los diferentes.
El torturador o el burócrata nos ubican con su accionar de que lado está la barbarie y el concepto fundacional de apropiación.
En esta relectura después de muchos años, me sentí en el ambiente de Kafka, en Orwell de 1984, en Beckett y hasta en Dostoievski y se me agolpaban imágenes de pueblos originarios de nuestro continente, de vietnamitas, de palestinos, de afghanos y creo que de muchos más y de los grandes Imperios de todos los tiempos, pero la novela está escrita casi enteramente en presente. El narrador es el insignificante burócrata del lugar que ejerce funciones administrativas y hasta judiciales, además de supervisar ese fuerte de frontera en lo más recóndito de los dominios del Imperio. Allí está cómodamente instalado porque es impune para hacer cuanto se le antoja y está tan olvidado que nadie le pide rendición de cuentas. Tiene tiempo, entre otras cosas, para reflexionar sobre su tenue sentido de culpa ante alguna sentencia carente de equidad para luego autojustificarse en nombre de la ley y del orden.
Ese lugar de frontera es solitario, es un límite olvidado en un Imperio occidental y civilizado antes de que la electricidad y nuevos modos de combustión entraran en escena. La vida gira en torno al aprovisionamiento de comestibles antes de la llegada del invierno. Los caballos son el medio de trasporte preferido y los rifles, las armas más comunes.
En la fortaleza vive un pequeño número de gente, que comercia y presta servicios a los soldados estacionados allí. Viven en buenas relaciones con las tribus nómades de los alrededores que llegan ocasionalmente para comerciar sus pieles, baratijas, enseres, y algún alimento de no muy buena calidad.
Pero llega el Coronel Joll , un oficial del Ejército, con el objetivo de reunir información respecto de las bandas locales de Bárbaros (incivilizados) que de tanto en tanto, según se le ha informado, realizan incursiones en ese puesto de frontera y constituyen una amenaza a la seguridad y la paz de los habitantes del Imperio. El mandatario local nunca consideró que los Bárbaros constituyeran una amenaza o que tuvieran interés en enredarse en una batalla contra la fortaleza fronteriza del Imperio, pero se resigna pensando que pronto el Coronel terminará su trabajo, regresará a la Capital y la vida tranquila seguirá tan normal como siempre.
Sólo la expedición para traer prisioneros bárbaros le parece dudosa y los cautivos del Coronel Joll le parecen sólo unos pobres y harapientos nómades más que un ejército de bárbaros dispuestos a dar batalla al poderoso Imperio. El funcionario se esfuerza en comprender la forma bárbara en que el Coronel interroga a los prisioneros para su tarea de inteligencia. El método consiste en la tortura más despiadada. Los cautivos “confiesan” y le proporcionan al Coronel la ubicación exacta para poder hallar a las tribus y también, detalles de sus planes. No podemos saber si las respuestas a los interrogatorios fueron verdades comunicadas por propia voluntad o forzadas por la tortura. La única clave a dichos interrogantes es que dicho ataque bárbaro nunca se produce. Como resultado de la tortura, un prisionero muere y una mujer joven queda parcialmente ciega. Por razones que ni él se puede explicar en ese momento, el funcionario local protege a la jovencita. La amanceba y le encuentra un trabajo de cocinera para soldados y burócratas. Mas adelante explicará: …”Porque no fui, como me gustaba pensar, el indulgente amante del placer, reverso del frío y rígido coronel. Yo fui la mentira que el Imperio se cuenta a sí mismo cuando las cosas marchan bien, y él la verdad que el Imperio dice cuando soplan vientos adversos. Las dos caras del gobierno imperial, ni más ni menos.
El funcionario deseaba con fuerza que el Coronel se fuera lo más pronto posible para volver a lo que el consideraba la normalidad: expediciones arqueológicas de carácter amateur y no autorizadas al desierto, reflexiones superficiales sobre su ejercicio de la autoridad y ocasionales encuentros sexuales con jovencitas. Parece que su pereza es tal que ni siquiera se toma el trabajo de reflexionar sobre su imagen poco agraciada y la decrepitud de una vejez en ciernes. Tampoco se cuestiona el carácter arbitrario de su autoridad. Se acepta.
Con la naturalidad de quien siempre se sintió impune, comienza a discrepar con los conceptos del Coronel visitante respecto de los Bárbaros y su lealtad al Imperio se empieza a cuestionar. No le creen. No creen que haya salido de expedición para devolver a la joven a su pueblo (ni él tampoco entiende por qué lo hizo). Piensan que conspira junto a los Bárbaros y que es traidor. El funcionario se indigna frente a esa extraña lógica de los militares y termina de la peor manera: encarcelado, hambriento, torturado, golpeado. Se transforma en el hazmerreir, el antihéroe humillado y degradado por sus subalternos que aunque a veces indiferentes siempre le habían sido leales.
Pasan los meses y la gente del fuerte espera impaciente que el ejército regrese victorioso de la batalla contra los Bárbaros. La gente no puede ver con claridad la alienación de la sociedad “civilizada”, la paranoia colonial y sus destructivos temores.
La puesta en escena de amedrentamiento llega a su fin y el ejército se marcha con el botín : mujeres, ovejas, alfombras, cachivaches. Quedan nuevos temores entre la gente ya que ahora aprendieron a temer a los bárbaros. Intentan volver a la vida de siempre pero hay heridas, hay marcas. Las reflexiones del Comisionado resultan interesantes porque representan un humanismo desgarrado entre su deformación acomodaticia y su convicción ética.
Cierro “Esperando a los Bárbaros” con la convicción de de haber leído una páginas estremecedoras sobre el poder colonial, neocolonial o imperial escritas con auténtica maestría estilística. Una verdadera parábola de la sociedad deshumanizada y paranoica de la cual no salen indemnes ni siquiera los que de alguna manera creen gozar de una vida privilegiada.
Cristina Pailos
