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sábado, 24 de marzo de 2012

claudia tejeda




 

claudia tejeda

Al Flaco Spinetta

que murió sin morir


Hombre repetido en los acordes
fulgor que se da a luz
y sigue naciendo.
No habrá quién recoja
las cenizas
de esos ojos de papel.
Hay tantas venas
que abriste hacia el futuro
dedos confines
que empuñaron la guitarra
como vientre.
Astronauta con los pies en la tierra
te devuelve el sol
las plegarias sin sombra
de los niños dormidos
que hoy te sueñan
para siempre
en tu eternidad de pentagramas
y diamantes.

Publicado por claudia tejeda en como racimo de abejas

editado con permiso de la autora, Claudia Tejeda 

viernes, 24 de febrero de 2012

CLAUDIA TEJEDA


 

Tampoco esta tarde (cuento breve)

El viento anda buscando a mi abuela.
Le ha traído un cardumen amarillo de hojas de otoño como un cachorro que juega con su dueño, mueve la cola y lo desparrama travieso sobre el patio de tierra.
Pero la escoba está quieta contra el tejido de alambre del gallinero vacío, es una actitud blanda de desocupación y olvido.
No se resignan los pájaros hurgando una miga fósil a la salida de la cocina, donde ella sacudía su mantel solidario.
No se han marchitado sus plantas, disciplinadas a las manos, continúan en sus macetas, en verde vigilia sin reclamo.
Quisiera trasponer la casa abandonada, hurtar el pedacito de jabón Federal reseco que quedó sobre la pileta de piedra como una reliquia de sus manos. O espiar en el ojo del horno de barro, sus panes que no nacieron.
Mueve otra vez su cola de viento, levanta espirales de polvo, lúdicos remolinos.
La abuela no saldrá a perseguirlo.
Tampoco esta tarde.

Claudia Tejeda

lunes, 22 de agosto de 2011

CLAUDIA TEJEDA


     
La mujer del fondo
 
 He caminado hasta la casa o la casa ha caminado hasta mí, con su aroma navideño de agua de azahar, con el sonido de los tenedores batiendo sin descanso una mayonesa casera sensible al mal de ojo.
 He vuelto por el pasillo hasta el fondo, donde la inquilina vieja rabiosa tejía malos humores a dos agujas, en una bufanda negra interminable, con la que se ahorcó de soledad un día de reyes.
 Mi madre insistía en llamarla niña como un título de honor a su soltería, aunque para mí, no era más que una anciana histérica y amarga como las naranjas de su árbol, que yo a própósito cortaba para provocar una lluvia de flores sobre su patiecito recién barrido.
 La antipatía era mutua.
 Ella parecía una estatua rolliza perfumada de Mary Stuart, moviendo apenas sus dedos en repetidas estocadas de punto santa clara. A veces se la escuchaba llorar. Sus lágrimas atravesaban el portoncito de alambre, formaban un arroyo por el pasillo y morían en el desagüe. Entonces su actitud enyesada cobraba cierta humanidad.
 Para aquella navidad mi madre la invitó a compartir nuestra humilde mesa, pero Catalina de hielo levantó sus cejas y rechazó la propuesta sin excusas.
  Creo que se encerraba bajo candado y doble vuelta de llave, que clausuraba la ventana, que huía de las estrellas, que no soportaba la plenitud de la luna.
 El reloj dio las doce de la Nochebuena y si bien no éramos muy felices, las copas en el aire quebraban los espantos del ambiente, la tristeza de mi madre, mi padre apurado por escaparse al bar a beberse la noche a sorbos de vino barato.
 Sabía que el niño Dios no me traería la bicicleta, sólo por evitarle otros pesares a mi madre, que tenía cierto pánico insano a que se me partiera algún hueso, pero en su reemplazo, recibí un regalo blanco de orejas largas y ojos rojos. No dudé en llamar Catalina a mi coneja y ésta era realmente adorable.
 A la vieja del fondo no le pareció tierno mi gesto ni nada, le daba escozor ese bicho anti-higiénico como le decía. "Si la veo comiéndose mis helechos te la devuelvo en escabeche".
 Y se comió sus helechos, nomás, a los dos días apareció malherida y agonizante, víctima de un escobazo. Odié a la vecina asesina de mascotas y recé para que se mudara pronto a otra casa, en lo posible a su panteón. " viepejapa depe mierper dapa, mopo ripi tepe" repetía una y otra vez como una letanía de efecto residual.
 Llegó el treinta y uno de diciembre y el pollo sudaba aromas a tomillo y romero en el horno de barro. Estábamos desmodaldo los panes dulces cuando apareció la mujer del fondo con una muñeca negra entre sus manos.
 Era para mí.
 La muñeca era fea, de trapo, de brazos y piernas largas, con trenzas de lana y delantalcito de mucama, pero al abrazarla tenía una calidez de vellón que la fiorella de plástico no trasmitía.
 Si en ese gesto Catalina buscaba redimirse, lo había conseguido.
 La bauticé "Morocha" con el fondo de sidra tibia de una copa que había quedado sobre la mesa.
 Morocha se dejaba operar las rodillas y mal suturar con hilos de colores, dormía conmigo y me tapaba los oídos cuando mis padres se apuñalaban con palabras filosas. Ocurrió mientras tomaba el té con Morocha, teníamos los pulmones repletos de olor a uva chinche que estallaba del parral disciplinado y que daba sombra al pasillo compartido por el que cruzó mi padre de a zancadas, cuando oyó el grito. La encontró colgada de su propio tejido.
 Yo sólo recuerdo el pendular de sus pies hinchados, la bufanda negra y extensa, la alfombra de naranjas amargas rotas contra el suelo.
 Cuando a Morocha se le escapó una lágrima supe que mi inocencia se había acabado.
 Aquel seis de enero sólo pedí que se revirtiera mi conjuro jeringozo, pero era tarde, Catalina yacía debajo de las flores.
 
  de " Como racimo de abejas"
 

lunes, 25 de julio de 2011

CLAUDIA TEJEDA

"Mujer desnuda peinàndose" de Picasso (1906)




ELLA SE PEINA

Va de la raíz a la punta desenredándose la memoria.
El tiempo le ha crecido en la melena.
El peine agita los nudos y abre laberintos ondulados, mellas agridulces, rastros de tijera, íntimos calendarios.
Se acaricia el cabello y se pregunta si algún tramo guarda el recuerdo de los dedos de su madre, el vértice de alguna caricia o la palma de su padre coronando su cabeza de nena definitiva.
Qué queda del mechón en su nuca donde él trazaba resortes con el dedo índice.
La vida que le cae hasta los hombros la va dejando calva de nombres y vivencias y sin embargo, se arremolina en los olvidos pendientes que ha cortado y recortado sin disimulo.
Ella se peina intuitivamente, no necesita espejo para mirarse el alma.
Y se recoge las canas en un rodete tieso y disciplinado aunque ampare una nostalgia antojadiza y despeinada.

martes, 28 de junio de 2011

CLAUDIA TEJEDA


     
 La mujer del fondo
 
 He caminado hasta la casa o la casa ha caminado hasta mí, con su aroma navideño de agua de azahar, con el sonido de los tenedores batiendo sin descanso una mayonesa casera sensible al mal de ojo.
 He vuelto por el pasillo hasta el fondo, donde la inquilina vieja rabiosa tejía malos humores a dos agujas, en una bufanda negra interminable, con la que se ahorcó de soledad un día de reyes.
 Mi madre insistía en llamarla niña como un título de honor a su soltería, aunque para mí, no era más que una anciana histérica y amarga como las naranjas de su árbol, que yo a própósito cortaba para provocar una lluvia de flores sobre su patiecito recién barrido.
 La antipatía era mutua.
 Ella parecía una estatua rolliza perfumada de Mary Stuart, moviendo apenas sus dedos en repetidas estocadas de punto santa clara. A veces se la escuchaba llorar. Sus lágrimas atravesaban el portoncito de alambre, formaban un arroyo por el pasillo y morían en el desagüe. Entonces su actitud enyesada cobraba cierta humanidad.
 Para aquella navidad mi madre la invitó a compartir nuestra humilde mesa, pero Catalina de hielo levantó sus cejas y rechazó la propuesta sin excusas.
  Creo que se encerraba bajo candado y doble vuelta de llave, que clausuraba la ventana, que huía de las estrellas, que no soportaba la plenitud de la luna.
 El reloj dio las doce de la Nochebuena y si bien no éramos muy felices, las copas en el aire quebraban los espantos del ambiente, la tristeza de mi madre, mi padre apurado por escaparse al bar a beberse la noche a sorbos de vino barato.
 Sabía que el niño Dios no me traería la bicicleta, sólo por evitarle otros pesares a mi madre, que tenía cierto pánico insano a que se me partiera algún hueso, pero en su reemplazo, recibí un regalo blanco de orejas largas y ojos rojos. No dudé en llamar Catalina a mi coneja y ésta era realmente adorable.
 A la vieja del fondo no le pareció tierno mi gesto ni nada, le daba escozor ese bicho anti-higiénico como le decía. "Si la veo comiéndose mis helechos te la devuelvo en escabeche".
 Y se comió sus helechos, nomás, a los dos días apareció malherida y agonizante, víctima de un escobazo. Odié a la vecina asesina de mascotas y recé para que se mudara pronto a otra casa, en lo posible a su panteón. " viepejapa depe mierper dapa, mopo ripi tepe" repetía una y otra vez como una letanía de efecto residual.
 Llegó el treinta y uno de diciembre y el pollo sudaba aromas a tomillo y romero en el horno de barro. Estábamos desmodaldo los panes dulces cuando apareció la mujer del fondo con una muñeca negra entre sus manos.
 Era para mí.
 La muñeca era fea, de trapo, de brazos y piernas largas, con trenzas de lana y delantalcito de mucama, pero al abrazarla tenía una calidez de vellón que la fiorella de plástico no trasmitía.
 Si en ese gesto Catalina buscaba redimirse, lo había conseguido.
 La bauticé "Morocha" con el fondo de sidra tibia de una copa que había quedado sobre la mesa.
 Morocha se dejaba operar las rodillas y mal suturar con hilos de colores, dormía conmigo y me tapaba los oídos cuando mis padres se apuñalaban con palabras filosas. Ocurrió mientras tomaba el té con Morocha, teníamos los pulmones repletos de olor a uva chinche que estallaba del parral disciplinado y que daba sombra al pasillo compartido por el que cruzó mi padre de a zancadas, cuando oyó el grito. La encontró colgada de su propio tejido.
 Yo sólo recuerdo el pendular de sus pies hinchados, la bufanda negra y extensa, la alfombra de naranjas amargas rotas contra el suelo.
 Cuando a Morocha se le escapó una lágrima supe que mi inocencia se había acabado.
 Aquel seis de enero sólo pedí que se revirtiera mi conjuro jeringozo, pero era tarde, Catalina yacía debajo de las flores. 
 
  de " Como racimo de abejas"