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domingo, 9 de enero de 2011

CHARLES BUKOWSKI


Cartas de Buck
 

A Douglas Blazek, 22 de marzo de 1966.

Los envenenadores de perros son legión, actúan furtivamente, y rara vez los atrapan. como si no tuviéramos suficiente muerte, ellos juegan sucio con lo poco que hay. ¿y me querían mandar a la GUERRA para salvar a tipos como esos? los envenenadores de perros por lo general son antiguos vecinos del barrio, respetables, religiosos, propietarios, y a menudo sin hijos o con hijos que han crecido y no quieren verlos más. los envenenadores de perros
suelen andar entre los 55 y los 70. la mayoría de ellos amaba a los animales de chicos, pero la sociedad Americana y lo que ella extrae del cuerpo, la mente y el alma puede producir monstruos muy especiales. casi todos están preocupados por la propiedad y los "derechos de la propiedad" como ellos los llaman. y como no tienen otra cosa que abrazar, su mundo se reduce a eso. no hace mucho hubo un doctor por acá que aporreó un cachorro hasta matarlo con el mango de su pistola. ni siquiera era un perro adulto. y lo hizo abiertamente, en su jardín, con los chicos y la gente mirando. (yo no estaba ahí). su excusa fue que el cachorro no tenía derechos en su propiedad. siendo médico y alimentado con la adoración de la gente hacia los médicos y con sus $$$, resultaba más atrevido y estúpido que sus hermanos mataperros. el caso fue a los tribunales, pero no sé cómo terminó. no lo publicaron o me
perdí esa edición. probablemente fue absuelto o lo multaron con $15. la propiedad, la propiedad. yo tuve un lindo perro una vez (mitad lobo, mitad collie, pero amable, amable). un día lo estaba paseando y él se paró a mear sobre una planta que estaba enfrente de una inmobiliaria en Beverly Boulevard. yo lo había entrenado para que lo hiciera en los baldíos, pero él meó en la planta. y salió el tipo de la inmobiliaria gritandome: "¡HEY, SACA ESE PERRO DE AHI! ¡HEY, HEY, HEY! ¡EL PIS ES VENENO, MEO MI PLANTA!" podías oírlo gritar desde Bensenville, Illinois. yo lo miré, miré su cara ¡ácida y sus ojos y su cuerpo colgando ahí. "no controlo el pis de mi perro", le dije con tranquilidad. "¡Bueno, que mee en otro lado, sácalo!" no me moví. el perro o yo, cualquiera de los dos podría haberlo matado. "tu arbolito de mierda no se va a morir", le dije. "y si se muere, te lo pago". "¡¡Saca ese perro de
acá!!" nos quedamos parados hasta que se fue otra vez adentro a contar sus pedacitos de ganancia. a veces pienso que esos tipos casi saben que están muertos, que son feos, que están gastados, y no quieren ver a nada ni a nadie feliz y despreocupado; ni siquiera pueden ver a nadie infeliz, del modo en que nosotros somos infelices. hay que hacerlo a su manera. un auto atropelló a mi perro después de mi última separación. le había dejado el perro a ella. los animalitos domésticos casi nunca mueren de viejos.
¡cómo odio este puto mundo y sus modos y sus valores! Blaz, te vas a recuperar del perro (los perros) muerto, pero no de aquello que lo mata: la bandera Americana. el dinero. la propiedad. los habitantes muertos de ciudades de horror, locura y miedo. cristo, cristo.
Charles Bukowski

miércoles, 22 de diciembre de 2010

ANDRÉS ALDAO – A pluma y papel



Te decía en mi anterior que al recibir tu esquela, escrita a mano y con ese color de tinta tan particular, fue para mí como caminar tomados de la mano por los antiguos lugares que fueron nuestros, revivir la atmósfera tan inolvidable que el paso del tiempo disipa, oscurece, borra. El milagro de tus cartas reside en que me reintegra al terruño, borra la soledad y la lejanía, y me devuelve sensaciones perdidas, dolorosamente extraviadas en los días del exilio. Son impresiones que restañan las heridas, a pesar de la nostalgia que no cesa, clavada como un espolón en la memoria, en el tiempo pasado, en las calles y lugares donde retozó mi infancia y transcurrió el resto de mi vida, donde dejé amigos. Y a vos, urbe encantada, gris, apaisada y romboide... Es, como decía, el milagro de las cartas a pluma y papel. Y esas estampillas, pequeñas postales de mi ayer, de un país que fue mío y del que me han borrado.


¿Quién puede comprender la soledad del exilio? ¿Quién puede comprender que un exiliado es un  difunto en su país cuna? ¿Quién puede…?
El exiliado pierde el pulso de la realidad, desconoce los nuevos nombres de la vidriera cultural, teatral, literaria, el cine, publicaciones, libros...
Los que lograron volver pierden las escamas del exilio, tratan de reinstalarse, volver a vivir... Los que no pudieron retornar luchan por perdurar, por resistir y sobrevivir. No hay beneficencia, no se otorgan mercedes. El exiliado es una garrapata en el vacío, un fastidio, un “cargo de conciencia” pasajero para los otros, un lastre que se ignora y subestima, una competencia latente e implícita, el molesto forastero que pone en peligro la felicidad impecable del veterano. Mejor no saber: que se adapte y se resigne, y que dé las gracias por quedar con vida, como me han disparado a la cara algunos insignificantes...

Al exiliado que no tiene un cordel con el pasado lo arreglan con simpatía, hermosos discursos de una vez y para siempre. Sin posibilidad y aptitud para competir. Está fuera de la liza. Gracias por los servicios prestados; dejó hijos y nietos, se murieron algunos queridos compañeros, familiares y amigos en su única patria. No tiene otra. Pero el exiliado vive el duelo arrinconado y en cruel soledad, el alma lisiada por el aislamiento. Sabe lo que ocurre allá lejos y se muerde la impotencia; padece la afasia, nadie lo escucha, cada uno en lo suyo. Pero quedó vivo, ¿no?
El exilio no se compadece... Y morirá en el destierro; lo acompañarán los compases del 2 x 4. Y él nunca se enterará.

Tus cartas, entonces, son como agua para el sediento, el pasadizo entre la soledad y el gentío que me acompaña en mis sueños y no me deja solo.
Felices Fiestas, y mientras no me abandones en el silencio y la distancia… te llevaré en la memoria… A vos y a la multitud.

Andrés Aldao – Diciembre de 2010 ­-