jueves, 21 de febrero de 2013

Andrés Aldao

Avigdor cavila: ser o no ser


Juligan’s a la vista (segunda parte)


5

Fue una noche sin suerte: en lugar de la Geraldine tuve une rara pesadilla con un banda de paisanos de Stalin que venían a a demostrarme su simpatía con anillos de hierro y patadas. Quería huir  pero mis piernas parecían dos postes de cemento que me inmovilizaban. Desperté agitado y tembloroso, hasta que distinguí entre las persianas semicerradas la claridad del amanecer. Al rato dejé la cama, me duché, me afeité y una vez vestido me fui a encontrar con Shlomi el periodista. Llegué temprano, pedí un cortado grande y una de esas medialunas gigantes tan típicas del bar. Justo al meter entre los labios el primer Kent de la mañana fui atrapado por la mirada de unos ojos verdes cobra, endosados en el rostro enigmático de una muchacha rusa, cuarentona pero aún apetecible... Ella bajó la vista.

Al rato apareció el redactor. Nos  saludamos sin entusiasmo. El tipo pidió un café mientras encendía una pipa maloliente. Me miró con una sonrisa tan sincera como las promesas de una gitana leyendo el futuro.
–¿Así que te dedicás a las investigaciones? No sabía que hubieses trabajado en la policía. De casualidad leí el aviso que pusiste en nuestro pasquín y entonces te llamé — dijo.
–No publiqué en tu pasquín y nunca dije que había trabajado en la poli, ni que estoy buscando datos sobre el Georgiano. ¿Quién te sopló la novedad?
Se sonrió con una mueca estúpida y puso los codos sobre la mesa:
–Los periodistas no estamos obligados a revelar nuestras fuentes, Avigdor.
–Si me citaste para refregarme la ética de la prensa amarilla te pago el café y me voy a trabajar… –dije con calma pero con ganas de darle un mamporro.
–No te sulfures, no sabía que eras tan quisquilloso. Vamos al grano: te voy a contar algunas anécdotas pero nadie debe saber que yo te di la información. Es muy delicada: me puede costar caro. Escuchá bien y luego olvidate de mí. El asunto del aprete a cambio de “protección” comenzó en Rejovot hace un par de años. Itzik el Georgiano y otros paisanos, seguidores de las series de la mafia en la TV, resolvieron probar el sistema. ¿Vos te acordás del negocio de joyería que había en la galería de Hertzel, al lado de la ferretería de los mellizos? Lo fue a ver el Georgiano y le dijo que iba a pasar a cobrar una suma mensual para protegerle el boliche. Gluzman lo sacó carpiendo… Ese viernes a la noche lse incendiaron el local, pérdida total. Los juligan’s dejaron adrede un recipiente con restos de querosen en el basurero que había en la galería: el seguro no le pagó... adujeron que el siniestro fue intencional.
–Me acuerdo del incendio pero desconocía el resto de la historia. ¿Y que pasó con Gluzman?
–Jaim Gluzman se dirigió a la policía e hizo la denuncia. Ésta comenzó a investigar pero la gente del Georgiano lo amenazó a él y a la familia, llamadas telefónicas a altas horas de la noche. Un día pararon a la hija adolescente de Gluzman y le dijeron que iban a matar al padre. Retiró la denuncia... El hombre estaba desesperado: en el banco le cerraron la cuenta y Gluzman se enfermó del corazón, tuvo un infarto y murió. La policía no continuó investigando.
–¿Así quedaron las cosas?
–El Georgiano prosiguió ampliando la red de la “protección”. Otro comerciante, apañado por un funcionario del Likud, denunció la extorsión a la policía y Itzik fue detenido, estuvo un día en la seccional de Rejovot, y al día siguiente el juez lo liberó por falta de pruebas. Desde entonces, misteriosamente, los georgianos gozan de total impunidad. Hace dos meses el depósito del salón de fiestas de los hermanos Ianai, en la zona industrialde Rejovot, sufrió un incendio con pérdida total: nuevamente la mano del Georgiano.
–¿Quién está protegiendo a los “protectores”, Shlomi? La impunidad le cuesta mucho a esta gente: aquí. sin dudas, están metidos algunos de la poli, de la municipalidad de Rejovot, políticos de la zona… ¡Dame nombres! 
–Los desconozco, Avigdor: es muy peligroso y debo cuidarme. Te di todos los piolines del asunto, ahora te dejo la pelota a vos. Por favor, no mencionés mi nombre y espero no haber cometido un error al encontrarme con vos aquí en el bar. Ahora me voy, te pago mi café. Y escuchá un consejo: abrite, para qué necesitás problemas. Se trata de Itzik y sus paisanos; los apañan, ¡Cuidate!

6

Eran las nueve de la mañana, la ciudad parecía flotar entre la humedad de la planicie y la acometida de los rayos solares. A pesar de las vacaciones Hertzl st. parecía una romería oriental, el olor de la shuarma y los falafel (comidas al paso) fueron embadurnando la atmósfera mezclado con los escapes de los autos y camiones. Judíos etiopes, rusos, yemenitas, ashquenazis veteranos y marroquíes se cruzaban dándole un toque pintoresco a la ciudad. Con los celulares amarillos, rojos y plateados planchados en las orejas, hablando solos o haciendo morisquetas, parecían sonámbulos o retardados,. 

Me encaminé hacia el mercado municipal. Al llegar a la esquina de la zapatería, frente al banco Leumí, vi que en el negocio de Meltz había una franja amarilla rodeando el local y un poli de uniforme parado como una estatua con gorra. Entré al mercado, compré salamines y algunas aceitunas negras, pancitos frescos y regresé a mi casa. Decidí visitar mi oficina, tomar un café con gotas de vodka y fumar en paz un Kent largo: sería como preparar mi estado de ánimo para digerir las últimas noticias, el asesinato de Meltz, el informe secreto de Shlomi y cavilar acerca de mi suerte perra. Mi primer caso se desvaneció a las pocas horas. Muerto el cliente, ¿quién pagaría mi trabajo y los viáticos? ¿Y la picadora de carne que les iba a regalar a los viejitos…? Soy un tipo sin suerte. Más bien de mala suerte.

Abrí la puerta de la oficina y hallé un papel escrito con gruesos trazos sobre el piso. En mi aposento privado la mosca acróbata no apareció; además  yo carecía de ánimo para contemplar piruetas circenses. Abrí las persianas  y una cálida brisa me transportó a un fogón. En la contestadora no había mensajes y me puse a leer el aviso: LARGÁ POR LAS BUENAS: PENSÁ EN EL ACCIDENTE de TU AMIGO MELTZ. No tenía firma pero el estilo era muy similar al tipo que telefoneó el día anterior. Doblé la nota y la guardé en la cajita fuerte del escritorio.
Pensé hablarle a Dany el poli, pero quería recapacitar, ser más cauto y menos impetuoso. Era claro que las actividades de los georgianos apuntaban bastante más alto que el vandalismo de un grupo de matones. Era mucho vento y se necesitaba un aparato de extorsión bastante refinado: el trabajo en el terreno, complicidad de la policía y jueces venales, silencios comprados con sobornos, amenazas y violencia. 
Me caí del catre y recordé las ideas cándidas de Shlomi: influencia de las series americanas sobre un grupo de matones, etc. La cosa comienza al revés, deduje, reclutar a los matones fue el paso previo de los gruzinos (nacidos de Georgia) antes de pasar a los hechos.

Resolví visitar algunos negocios de la ciudad, recurrir a antiguos conocidos del ambiente y instruirme en el tema. Pero debía andar con pies de plomo. Y de pronto surgió la pregunta: ¿a título de qué, para quién iba a invertir mi tiempo con el riesgo, incluso, de acabar en una cloaca con una bala de adorno en la cabeza?

Tenía la sensación de que estaba metido hasta el cuello por la simple conexión que hizo el viejo Meltz a cambio de una picadora: ¡maldito sea el día que pisó mi oficina! pensé con bronca homicida.

7

Por favor no mencionés mi nombre y espero no haber cometido un error al encontrarme con vos en el bar, me había dicho con voz patética Shlomi. Esa frase volvió a mí, era falluta y estúpida. Decidí hacer una recorrida entre los negocios de Rejovot a ver si podía pescar datos. Con tretas baratas descubrí treinta comerciantes que pagaban protección a los georgianos. Un par de dueños. cuando se negaron a la  contribución voluntaria, a los dos días  aparecieron inspectores de la municipalidad haciéndoles multas onerosas. Pero no tuvieron necesidad de pagar: el Georgiano pasó por casualidad cuando les aplicaban las multas y les propuso interceder ante la oficina de cobros del municipio... Otros dos nuevos clientes engrosaron así en la larga lista de víctimas del chantaje. Esto me dio la pauta de que el asunto era escabroso, que estaban engarzadas unas cuantas cabezas de altos personajes de la poli, la justicia y la política. Era decididamente reflexivo de que yo soy un estúpido quijote pero quería probar mi suerte. O mi infortunio. Regresé a la agencia.

Estaba sentado en la oficina cuando sonó el teléfono. Escuché la voz de Dave, uno de los dueños de un negocio de ropa: quería hablar con conmigo  en persona. Fui a verlo pero no estaba... La empleada me ofreció tres camisas por cien shqalim (la moneda del país) y una sonrisa helada de fin de temporada.
Regresé al centro y entré al negocio de ropa baratieri del colorado Berenstein, de él se trataba, en la vereda de Salomon el tendero. El lugar estaba vacío…
–¿Cómo anda todo, Gingi (pelirrojo)? –pregunté.
– No se vende un carajo, solo basura–respondió de mal humor.
–¿Ya te visitó el Georgiano este mes? —le dije  de pronto.
–¿Eeeeehhh ¿cómo te enteraste, Avigdor?
–Para hablarme de eso me llamaste, ¿no? Estuve aquí hará una hora charlando con tu vendedora, ese pedazo de hielo de ojos marrones, boca de ave y pechuga de elefante que me quiso vender tus camisas.
No tuve que insistir: ya tenía la respuesta. El Gingi era un excelente tipo, me había hecho muchos favores y le reproché  no haberme contado sobre la extorsión.
–Son tipos muy jodidos y peligrosos. Si no pagás te sale más caro: fijate lo que pasó con Gluzman... Y a los persas los jodieron muchísimo. No fue sólo el incendio: se quedaron sin mercadería y entonces perdieron un montón de fiestas. Estoy cansado, quiero irme de esta ciudad de mierda.
–Así que bajás los brazos y te mandás mudar de Rejovot. Te hacía más duro, Berenstein.
–¡Pero qué querés que haga! son criminales que cumplen órdenes y me pueden matar.
–Andá a la poli, colorado –tiré la caña con carnada a ver qué podía pescar.
–Sos un cándido, Avigdor, no sé por qué te metiste a investigador. Sos vivo pero no tenés maldad: ¿quién creés que está detrás de este asunto? ¿un verdulero del mercado?
–Contratá a alguien que meta las narices y arme quilombo...
–Vos sos el indicado... te conozco y puedo confiar en tus agallas: ¿podés encargarte de este asunto? Decime cuánto querés y voy a pagarte: quiero acabar con esos georgianos mafiosos y los que están atrás... aunque  tenga que irme de esta ciudad.
Lo miré un rato... dudaba, sabía que era riesgoso meterse con esos mafiosos.
–Acepto, Gingi –dije–. En cuanto al pago, adelantame quinientos y después vemos. Pero tenés que tener mucho cuidado: nadie debe saber que me contrataste.

8

Cerca del mediodía fui a lai oficina; subí las escaleras con la sensación de los que ascienden al patíbulo. Contemplé la placa de bronce insignificante y opaca, abrí la puerta. Me estaba esperando una visita: la mosca acróbata que se estaba ejercitando en flamantes piruetas. La perseguí con el diario doblado como un garrote, pero fue inútil.
Levanté el tubo y marqué el número de Shlomi en el diario: No trabaja más aqu”, gritó una voz malhumorada. Lo llamé a la casa y un disco me informó que ese número estába desconectado. Me preocupé... Me couniqué con la suegra y me enteró que Shlomi se había mudado a un duplex en un nuevo edificio a la vuelta del cine Jen de la ciudad. Decidí hacerle una visita. Me metí en el Renault  pero no arrancaba y alguien me dio batería. Estacioné atrás del cine. debajo del único árbol. y fui a verlo… Apreté el timbre y escuché su voz por el intercomunicador: “Shlomi,  tengo que hablar con vos ahora mismo”. Entré: duplex en el quinto piso, una fantasía levantina.
Tuve un pálpito. Subí con el ascensor ultrasónico (el estomago se enredó en el esófgo), al abrirse la puerta él me estaba esperando con un rutilante piyama de iraqui, chinelas de cuero cuyo precio debía ser más alto que mis tamangos Mega (marca de zapatos estándar que compran las ratas como yo). Entré a la casa y ninguna de las chafalonías orientales desparramas por paredes y estantes lograron deslumbrarme. Me presentó a la mujer, que fue a preparar café, y nos sentamos en el luminoso salón cuya superficia podía albergar dos veces por lo menos mi departamentito de ambiente y medio. Shlomi permanecía inquieto a pesar de su cara sonriente. Supuse que se trataba de una máscara maravillosa: yo seguía impávido dentro de mi cordialidad epidérmica.
–Qué te trae por aquí, Avigdor, ¿ocurrió algo desde esta mañana? –inquirió tenso.
Entró la mujer al salón, una marroquí bastante agraciada, boca suave, ojos pardos algo saltones, una frente alta, el cabello teñido de un rubio Marilyn, y una piel blancaleche (y los siete enanitos) sobre un cuerpo algo excedido aunque sensual y sugestivo. Dejó el café sobre una mesita ratona con tapa de cristal y se esfumó detrás de una puerta que, seguramente, era el cuarto íntimo de la televisión.
Comencé a sorber el café aguado con gestos pausados mientras observaba al argelino.
–Shlomi, ¿cómo te enteraste del asunto de la extorsión?…
–Por algo soy periodista, ¿no te parece? –sugirió turbado.
–A mí lo que me interesa saber es quién te pidió que vengas a contarme la historia de los matones georgianos.
–Sabía que te interesabas por el tema y como amigo decidí contártelo, Avigdor.
–Me estás macaneando: nadie sabía que el viejo Meltz vino a mi oficina a contratar mis servicios, excepto el viejo y yo. Por lo visto alguien sí estaba enterado y por eso lo mataron con un disparo entre los dos ojos de pájaro. Vos me citaste porque te mandaron avisarme que me dejase de joder. Y al viejo lo mataron porque no era tan inocente y de seguro le debían mucha pasta negra. Por algo revolvieron y encontraron parte de lo que buscaban, pero yo también encontré y ahora está a buen resguardo. En caso de que me ocurra un accidente alguien va a enviar lo que encontré al procurador del estado. Adiós, Shlomi. El café estaba un poco aguado pero la taza de porcelana es preciosa. Hasta pronto –. Me despedí teniendo la sensación de que acababa de ver a una rata con apariencia humana.

9

Eran las dos de la tarde, aún  no había almorzado, hacía un calor de los mil demonios y no tenía ganas de ir a lastrar las albóndigas con puré en el boliche del iraqui. El cachivache arrancó como en sus mejores tiempos y me dirigí al quiosco de la shuarma al lado del banco Discount; acompañé la pita con dos latas de cerveza Macabi, y con el Kent enganchado de los labios subí al auto y volví a la oficina. Fue una tarde de calma chicha. Puse en el tape un CD de Troilo con Floreal Ruiz y luego al cantante israelí Arik Ainstein. Un silencio inusual me daba paz, los párpados pesaban, mis ojos se cerraban... como en el tango.

El disparo, y los vidrios de la mampara hechos moco lograron sacudir la modorra (estoy comiendo con mucha grasa últimamente, supuse) y me encontré acurrucado detrás del escritorio. No hubo más disparos: salí al pasillo pues la puerta estaba algo entornada pero no vi ni escuché nada más. Me habían disparado desde la puerta y la mampara tenía una perforación un poco más arriba de donde podría haber estado mi cucuzza. Eché un vistazo hacia la calle y alcancé a ver un Ford fiesta que salía como flecha: anoté las cuatro últimas cifras, 25–89.
Cerré la oficina, pasé por la ferretería y encargué un vidrio opaco y decidí investigar. Me tomé franco hasta el día  siguiente: decidí ir a tomar mate, escuchar algunos CD y luego vería: demasiadas emociones para un solo día de laburo sin remuneración.

10

Terminé de ver una película policial con James Cagney. Eran las once de la noche, bajé en el ascensor  y me encaminé a la agencia, doscientos metros de mi casa. Subí hasta el tercer piso, me acerqué a la placa de bronce, la saludé con un guiño de simpatía, puse la oreja sobre la puerta: no escuché ruido alguno ni divisé reflejos de luz. Di vuelta la llave de la Pladelet (cerradura de seguridad recomendada por mi hijo Silvio Almog cuando tenía 10 años) y abrí la puerta de una patada: nada ni nadie. Entré alumbrándome con la linterna, saqué la libreta de tapas negras: en la la primera página, con letra de molde, el nombre de uno de los poderosos de la ciudad, la fecha del préstamo (diez mil dólares) y tres devoluciones de mil el año anterior, luego todo en blanco. Figuraban otros ilustres ciudadanos de Rejovot, ninguno al día pero sin atrasos escandalosos como el del tipo. Había polis, gente de negocios, algunos nombres desconocidos, por lo general al día, y me llamó la atención que no había nombres de georgianos. Comprendí que el viejo Meltz era un prestamista y usurero, que el crimen no tenía tanta relación con los juliganim como con la usura. Supuse que Meltz tendría documentos firmados por los deudores y eso es lo que buscó el tipo que apretó el gatillo en la gruta del muerto. Ahora tenía dos vías para investigar: protección y usura. Esas eran, de hecho, dos caras de una misma moneda…

Estaba demasiado estufado como para ponerme a atar cabos o cavilar. Regresé a mi casa. La nueva vecina del cuarto piso estaba frente a la puerta del ascensor. Nos saludamos y ella me echó una mirada como para darme esperanzas. Entré; el vaso de vodka y el jugo de pomelo me esperaban, le agregué cubitos y dejé todo como estaba, la pileta desordenada llena de platos sin lavar, ropa desparramada, vivienda de hombre solitario...

El agua de la ducha me reanimó, comí una tajada de sandía y empiné otro vodka, esta vez con limón, luego me senté en el sillón hamaca que la ex me dejó de lástima y me puse a revisar otra vez  la libreta. No estaba en vena, pero se me ocurrieron ideas que podrían llevarme por buen camino. Decidí irme a la cama con la ilusión de soñar, esa noche sí, con el rostro angelical de líneas angulosas de la Geraldine. Fueron insoportables horas de calor. La brisa de la madrugada se había transformado en el aperitivo del jamsín (el viento del desierto)...

11

Bajé del camastro  y luego de vestirme fui a desayunar a Pinatí. La rubia culona que me trajo el desayuno me regaló una sonrisa que merecía una propina clemente . Abrí el diario, derecho en la página de deportes, leí los títulos y salí hacia la oficina. La mañana apuntaba templadita. En el camino me crucé con Dany el poli... Nos dimos la mano mientras él me preguntó: ¿Le hiciste vos la boleta al viejo Meltz?”. Se sonrió mientras yo le respondí ¿Por qué no te vas al carajo...?

Cuando entré a mi bulín dejé el pasquín sobre el escritorio. Fue en ese entonces vi en un ándulo del diario una noticia que se me había pasado:

ÚLTIMO MOMENTO: A la medianoche fueron detenidos el intendente y algunos altos funcionarios de la municipalidad de Rejovot sospechados de pertenecer a un grupo de mafiosos dedicados a la extorsión y el chantaje. Se cree que el grupo tiene en su quehacer  delictivo algunos crímenes cometidos en sus tentativas de extorsión contra personas que se negaron a pagar la protección...

* * *

Avígdor Almog cerró el diario; su mente lo transportó a la libreta de tapas negras, a los nombres que aparecían allí entre los cuales estaba la plana mayor de funcionarios de la ciudad. Un caso más de corrupción, chantajes y sobornos para gozar de prebendas, y dedujo que la historia de los juliganes había sido aclarada pero los mafiosos  estaban en libertad y seguirían circulando por las calles de Rejovot, impunes y perpetrando nuevos y graves delitos.
¿Cómo puedo yo, un cazador solitario, enfrentarme al delito organizado? pensó rezongando mientras la copa de vodka resbalaba silenciosa en su garguero...   

13 comentarios:

  1. Tengo que imprimirlo!!! Está para leer y digerir despacio, muy bueno!

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  2. Sos un tipo fantástico Pibito , antes hacía como página Gris ( che decime quien sos)
    Ahora me acostumbré a la máquina y leo y releo!!
    Si me pidieran una síntesis diría ; Pasión!!
    Abrazo,

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    1. Página Gris es un colaborador de la revista... adivina adivinadora!!!

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  3. eXTENSO TEXTO Y TAMBIEN LE ESQUIVO A LEER DE LA COMPU PERO LO HICE, AL MENOS HASTA LA MITAD Y LUEGO LO IMPRIMI, DEBE SER ASI CUANDO LA NARRATIVA VALE LA PENA, CUANDO SE TRATA DE ALGUIEN COMO VOS QUE NO PIERDE LA MUÑECA PARA LA ESCRITURA, QUE SIEMPRE TENES ALGO PARA APORTAR. fELICITACIONES aNDRÉS!

    lILY cHAVEZ

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    1. Me hacés poner colorado, Lily. Gracias por tus palabras

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  4. Ah, los sueños...Parece que a nuestro héroe la KGB no lo deja soñar con Geraldin, su refugio en el sórdido submundo mafioso.Por suerte para nosotros, ha desviado su energía para luchar contra los georgianos, digo con suerte, porque de lo contrario nos hubiéramos quedado sin aventuras.
    Gracias Andrés

    Olga Ajma

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  5. Te convertiste en un detective buscador de historias que van armando este nuevo y logrado libro de aventuras con ese lenguaje de Caballito expuesto en las calles tan conocidas por mi de Rejovot...No necesito imprimir para leerte pero me gustaría se publicase como A. A. el anterior, vale la pena.
    Un abrazo
    Celmiro

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  6. Ale Aspis, Avígdor Almog, encarnaciones del héroe mítico que lucha contra el mal enfrentando todo tipo de adversidades, ya sea en Caballito o Rejevot. Esta ves es a través del cuento policial negro,
    donde se pone en juego la percepción, la inteligencia y experiencia de vida del detective privado: A.A.
    Gracias A.A.

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  7. muy buen relato de aventura policial, donde me hubiera gustado ser geraldine, te hubiera sido facil encontrarme

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  8. Es cierto, Almog es un Aspis trasplantado con iguales orígenes de barrio y costumbres. La historia es interesante, los hechos se suceden sin tregua para el lector, esperaré nuevas aventuras y desventuras de este personaje que bien define el colorado Bergenstein, "sos vivo pero te falta maldad", un abrazo, Carlos Arturo Trinelli

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  9. Los héroes son siempre aparentemente ingenuos, pero la historia real, nos dice lo contrario.
    Olga Ajma

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  10. Estimado CAT,
    Continuo mi comentario anterior. A los héroes "les falta maldad", porque son inocentes, no ingenuos. Quizás son los que ven la realidad con más crudeza. Ingenuos son los que creen que se las saben todas.

    Olga Ajma

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