domingo, 17 de marzo de 2013



CINE: Repensar la juventud

Un joven veinteañero abre la nevera a altas horas de la noche para consumir los restos de su tarta de cumpleaños. Juega con los números de cera que sirvieron de velas: son un 2 y un 4 que, en el jugueteo, acaban formando un 24 y un 42, dos edades que podrían marcar parejos estados de perplejidad ante el futuro e insatisfacción por un presente donde se empiezan a incumplir los sueños y promesas de la primera juventud. Es una de las escenas que componen Amanecidos, debut compartido por los cineastas Yonay Boix y Pol Aregall, y en ella parece esconderse una de las posibles claves para orientarse en la naturaleza fragmentaria del conjunto: una mirada atomizada a un final de la juventud que se percibe como antesala o ensayo general del desencanto adulto.
Bajo su forma de tupido tapiz de micro-ficciones, Amanecidos se plantea el problema de cómo capturar esa zona de tránsito sin recurrir a los erosionados golpes de efecto que suelen condicionar tantas representaciones cinematográficas de la juventud: aquí no asoman ni el sensacionalismo, ni la sensiblería. Tampoco el moralismo, ni la exaltación narcisista. La película huye de apriorismos y, en su apuesta por la síntesis y su gusto por el detalle elocuente, podría considerarse el reverso de Puzzled Love (2010), la estimulante película colectiva de la ESCAC que deconstruía para volver a reconstruir los modos de la comedia romántica.
No todas las piezas que componen Amanecidos brillan a la misma altura: lo intrascendente se alterna con el golpe certero y, en algunos casos, como en el episodio de los pies de cerdo, el tono acaba forzando la verosimilitud. También se detecta cierto desequilibrio en un elenco a ratos propenso a la disonancia amateur. Con su recital de tentativas y sus puntuales pasos en falso, la película despeja, no obstante, todo interrogante sobre el talento y la ambición de Boix y Aregall. Acompaña a la película el cortometraje 101 de Lluís Miñarro: un retrato en miniatura del cineasta centenario Manoel de Oliveira realizado durante el rodaje de El extraño caso de Angélica (2010): parece una pieza discreta, pero no lo es. En ella se condensa la esencia del cineasta: su humanismo, su mirada elegiaca sobre un mundo perdido y sus intuiciones sobre el potencial del cine para la reflexión y el sueño.
AMANECIDOS
Dirección: Yonay Boix y Pol Aregall. Intérpretes: Brais Abad, Javier Pereira, David Arnans, Maggie Civantos, María Cuesta, Laura Díaz, Cecilia de la Torre. Género: drama. España, 2011. Duración: 68 minutos.

CINE: UN FIN DE SEMANA, TODA UNA VIDA





Weekend | Andrew Haigh, 2011

En las dos últimas décadas, el cine ha conocido un gran aumento de películas de temática gay, casi siempre realizadas al amparo de pequeñas productoras independientes, ya que los grandes estudios consideran que se trata de un género poco rentable y casi marginal, hecho para minorías. Cuando en 2005, Ang Lee recaudó más de 178 millones de dólares en todo el mundo con Brokeback Mountain, acaparando premios como el Óscar al mejor director, quedó demostrado que se pueden hacer muy buenas obras de este tipo y que no deben ser necesariamente un veneno para la taquilla. Muy buenos títulos de carácter indie de los 90 ya habían comenzado a darle una cierta normalización al tema de la homosexualidad en la pantalla:Beautiful Thing (1996), Get Real (1998) o Primer verano (2000) son algunos de los ejemplos más destacables de una corriente cinematográfica que ha ido creciendo en cantidad de títulos estrenados al año. También es cierto que la mayoría de estos productos suelen caer en la repetición de esquemas y pocos son los que logran sorprendernos a estas alturas o destacar en las carteleras. Weekend (2011) es una excepción.
El británico Andrew Haigh ya había rodado otra cinta de corte similar en 2009, Greek Pete, pero ha sido con la película que hoy nos ocupa con la que ha cosechado una gran cantidad de premios en diferentes festivales, posicionándolo como un nombre a tener en cuenta en el futuro. Más que una obra orientada al público homosexual, Weekend es un magnífico drama romántico donde dos personas muy diferentes se conocen y enamoran durante el corto espacio de un fin de semana. Russell (Tom Cullen) es el típico gay que está en el armario para su familia y el entorno laboral, mientras que su secreto es compartido con escasos amigos. No está acostumbrado a demostrar sentimientos en público hacia otra persona del mismo sexo, siempre pensando en el qué dirán. La otra cara de la moneda es el extrovertido Glen (Chris New), un joven artista que no tiene ningún reparo en vivir su sexualidad con la mayor normalidad del mundo, pero que está más centrado en su inminente viaje a Estados Unidos, donde seguirá sus estudios y comenzará una nueva vida lejos de Inglaterra. La atracción que surge entre estos dos perfectos desconocidos durante una noche de borrachera en un bar de ambiente, dará pie a una inesperada e intensa historia de amor. Historia de amor que nace con fecha de caducidad escrita en el margen de dos días que tienen para que Glen abandone el país. Y por su fugacidad, un romance que pasará por todos los estados posibles de una pareja (enamoramiento, sexo, risas, confidencias, enfados, reconciliaciones, resignación, tristeza y añoranza), una de esas historias que a pesar de su brevedad, terminan siendo idealizadas y serán recordadas como las más intensas y verdaderas. El cine ha sido generoso a la hora de ofrecernos propuestas de este tipo, donde los protagonistas se embarcaban en relaciones amorosas, si bien no imposibles, sí muy difíciles de llevar a buen puerto, debido a las más variopintas circunstancias. Desde aquella obra maestra de 1945, Breve encuentro de David Lean, donde dos personas casadas se enamoraban en la estación de tren, hasta Los puentes de Madison (1995) de Clint Eastwood, donde una frustrada ama de casa, encarnada por Meryl Streep, tenía que decidir entre continuar con su rutinaria vida familiar junto a un marido que no le presta suficiente atención y unos hijos egoístas, o dejarlo todo por seguir a ese fotógrafo del National Geographic al que da vida el propio Eastwood. Pero si una película me viene a la mente tras ver Weekend, esa es Antes del amanecer (1994). En aquella cinta de Richard Linklater, un joven estadounidense y una guapa francesa se conocían en un tren rumbo a Viena y emprendían la apasionante aventura de compartir una única noche de amor en la capital austríaca. Una noche donde, al igual que en Weekend, estas dos personas mantenían largas conversaciones, confesándose como nunca antes lo habían hecho, hasta el punto de que llegábamos a la certeza de que estábamos ante dos almas gemelas que parecían destinadas a encontrarse. Pero con el amanecer les esperaba la despedida, ya que cada uno debía tomar su camino, dejando el interrogante de lo que podría haber llegado a ser y no sería.
La realización de Haigh es muy sobria, con un estilo realista y sencillo, una mezcla entre el cine social de Ken Loach y el independiente americano. Se apuesta por la naturalidad de unos diálogos y situaciones totalmente creíbles, bastante alejados de la frivolidad de otros filmes similares. La gran baza de la película reside, sin duda, en el excelente trabajo de sus dos protagonistas, que no sólo logran una química impecable en la pantalla, sino que se entregan con generosidad en las escenas de amor. Escenas que están rodadas con realismo y buen gusto, muy similares a las que protagonizaran Eusebio Poncela y Antonio Banderas en la mítica La Ley del deseo (1986) de Pedro Almodóvar. Nada en sus interpretaciones huele a impostado, se desnudan física e interiormente, lo que beneficia enormemente al fuerte calado emocional de esta obra. El espectador logra conectar inmediatamente con estos dos personajes (perfectamente descritos), haciéndose partícipe de sus constantes cambios de estado de ánimo, sus ilusiones y sus miedos. Y el director nos lleva inexorablemente hasta uno de los finales más conmovedores que el género romántico nos ha ofrecido en las últimas temporadas. Y lo hace sin caer en el sentimentalismo fácil, con una tristeza que sólo las personas que han conocido el amor verdadero y luego lo han perdido, sabrán reconocer en su justa medida. Un señor peliculón que debería romper definitivamente las encorsetadas etiquetas sobre este tipo de cine para abrir mentalidades. Weekend es una pequeña gran historia de amor, independientemente del sexo de sus protagonistas.

José Antonio Martín.
crítico de cine & redactor de Sesión doble.

Reino Unido. 2011. Título original: Weekend. Director: Andrew Haigh. Guión: Andrew Haigh. Productora: Glendale Picture Company. Presupuesto: 120.000 libras esterlinas. Recaudación: 1.030.231 dólares. Localización: Nottingham (Inglaterra). Fotografía: Urszula Pontikos. Música: James Edward Barker. Montaje: Andrew Haigh. Intérpretes: Tom Cullen, Chris New.

Andrés Aldao



Un cadáver en el baldío

La encontraron tirada en un baldío de Kiriat Moshe. Yacía de espaldas, la cabeza machucada con un avío pesado e  inmersa en un charco de sangre pegajosa. Después que la policía de Rehovot hiciera todas las diligencias, fotografiara a la muchacha, buscaran entre sus ropas y revisaran las adyacencias en busca de algo relacionado con el crimen (las cabezas no se machucan solas), la seccional dio aviso a la brigada criminal de la jefatura central. La muerta era Lilaj Atari —informó la policía—, copera de un boliche de Tel Aviv, mujer de la noche vinculada al ambiente de la droga y la trata.

1.
Me despertó el móvil a las tres de la madrugada. Dormía con placer aunque no recuerdo si estaba soñando... ¡Quién será el guacho que me llama a esta hora, maldito sea!!!  Busqué el móvil tanteando la mesita...

—Holaaa
—¿Avigdor? Soy Esty de Kiriat Moshe, la hermana de Lilaj...
—Uff, muy linda hora amiga. ¿Qué te ha pasado?
—¡Una desgracia! Encontraron a mi hermanita en un baldío del barrio cerca de mi casa... Por favor, quiero que vengas, ¿Te acordás dónde vivo, verdad?
—¿De qué me estás hablando, pero si tu hermana aún es una nena?...
—Es mi hermana más chica pero no es una nena. Mi mamá no podía controlarla... y pasó lo que pasó, pero vení por favor y te explico, Avigdor, vení a mi casa.

Tardé un rato en despabilarme. Me había quedado leyendo hasta tarde y tenía un poco de resaca. Puse la cabeza debajo de la canilla; el agua fría me hizo tiritar. Me preparé un cafe bien cargado. Recordaba a las dos hermanas yemenitas del barrio lindante a Rehovot. Las conocí en una fiesta hacía varios años. Me atrajeron por la simpatía y los rasgos agraciados de sus caras. De vez en cuando encontraba a una de ellas o a las dos por el centro de la ciudad y tomábamos una cerveza en Pinatí.

Me puse un abrigo y enfilé con el auto hacia Kiriat Moshé. Hacía años que no visitaba este suburbio de la que fue la ciudad de los cítricos. Tomé la ruta a Yavne y llegué en unos pocos minutos. El Kent en ayunas me hizo toser como a un tísico: lo tiré por la ventanilla puteando al tabaco...
Estacioné frente a la casita ubicada a dos cuadras de la ruta. Un botón de civil estaba parado a la entrada. Lo saludé y entré a la casa. Esty me recibió con un abrazo y los ojos enrojecidos. Me contó en pocas palabras lo que sabía.
—Mi hermana se descarriló en el último año, comenzó a salir varias veces a la semana y volvía después de la medianoche. La acompañaba un tipo mayor cuya cara me desagradaba. Estoy segura que ella volvía drogada: ya no la podíamos manejar. Dormía hasta el mediodía, apenas probaba la comida y tenía los ojos con un brillo pálido, siempre seria e irritable. No era la Lilaj de siempre... y ahora esto.
—No sé lo que pueda hacer, Esty, el trámite está en manos de la policía y por ahora no puedo meterme. ¿Qué dijeron los polis?
Ella me miró compungida y con los ojos extenuados. Mencionaron que este crimen es obra de un delincuente de la noche de Tel Aviv.
—¿Y vos qué pensás?
—Yo no sé nada, Avigdor. La vida de Lilaj era un enigma... Había un muchacho de aquí que quería salir con ella, pero a Lilaj no le gustaba.
Le pregunté si sabía quién era: sí, es un tipo separado y medio pollerudo...

2.
Después de hablar con Esty volví a mi casa y me tiré sobre el sofá; dormí un par de horas y al rato , despierto, con un café negro tomado de apuro  y un Kent en la mano me fui a tantear a mi insigne amigo policía Danny Sharabani.
Era media mañana y Rejovot ya bullía de caminantes que hacían camino al andar. Entré a la seccional y pregunté por Danny. Me vino a ver y salimos a tomar un café a Pinatí. Le dije que la familia de la muchacha asesinada me había llamado: conozco a las dos hermanas desde hace mucho tiempo —le expliqué.— Me pidieron ayuda: les aclaré que el asunto está en manos de ustedes y que solo puedo preguntar. Decime, Danny ¿hay alguna pista? Parece que le causé gracia, me miró como a un mono del zoo.
—La mina ésta no era ninguna ingenua —dijo—. Vivía la noche en los antros de Tel Aviv y es casi seguro de que algún rufián le rompió la cabeza por deudas de droga, Nuestra investigación va para ese lado Podés decirle a la familia que esa chica no era una santita y listo. Le agradecí, le pedí que me llamara cuando tuviera alguna novedad y me fui a mi oficina.

Subí los tres pisos de dos en dos y me acomodé en la silla giratoria. Cerré los ojos y estuve meditando un rato. Por la manera en que la mataron no me pareció que algún matón de Tel Aviv lo hubiera hecho. Los tipos del hampa usarían un bufoso o una sevillana: una piedra o un fierro en la cabeza es algo inusual para esa gente.

Esty la yemenita me llamó cerca del mediodía. No le dije lo que insinuó Danny y pregunté si estaba en su casa. Me dijo que sí, que no había ido a trabajar. El día era gris y ventoso, la lluvia estaba al caer, me puse un piloto fuera de moda —odio los paraguas—. Le di arranque al Renault. El motor tosió como yo cuando prendo un faso...Se largó Un chaparrón pero los parabrisas permanecieron inmóviles: me había olvidado de instalarlos.

Antes de entrar a la casa recorrí la calle donde vive la familia de Lilaj. Fui caminando a paso tardo observando las veredas, los recovecos, la zanja del borde. Advertí en el perímetro de tierra de uno de los árboles una piedra grande que desentonaba. La observé con atención y me pareció ver algunos cabellos adheridos a pesar de mi miopía. Los separé y puse los pelos y la piedra dentro de dos bolsitas que llevaba en el portafolio.

Le pregunté a Esty si conocía a la persona del barrio que quería salir con la hermana. Me dio algunas vagas señas y de paso me dijo que quería que me encargara de la investigación sin relación con la policía de Rejovot. Y que cuánto le iba a cobrar...
Me sentí incómodo: era gente conocida y la Lilaj era amiga. No te preocupes, ya veremos —le contesté

3-
Había dormido poco y regresé a la oficina; no me aguardaba nadie, ni siquiera moscas o pulgas. Volví a casa y me tumbé sobre el camastro. Me pareció un lecho de plumas y rosas; no tardé en borrarme de la realidad. Dormí un par de horas, tomé un vaso grande de café; una ducha rápida y caliente me repuso el vigor y me fui a la agencia de investigaciones avigdor almog. Iba a esperar hasta la noche para acercarme a la vivienda del tipo que quería arrastrarle el ala a Lilaj. No se me ocurrió una idea mejor...
Necesitaba comparar los pelos encontrados con otros que hallé en la vincha que solía usar la yemenita. Se los podía dar a Danny pero me iba a apretar con  preguntas y no quería darle una respuesta clara. Sin embargo decidí contarle mis sospechas y entregarle la piedra y los cabellos.

4.
Viajé a la seccional de policía, encontré a Danny en su oficina y le pregunté cómo iban las investigaciones en los pabs de Tel Aviv.
—La muchacha hacía más de diez días que no aparecía por los tugurios de la calle Allenby (calle comercial de día e institutos de masajes y pabs  de noche.
—Escuchame Danny, yo pienso que hay que investigar en el mismo barrio: la hermana me dijo que alguien del vecindario la cortejaba  e iban  a boliches de la zona y me dio los datos del personaje: es un mecánico de autos que vive cerca de mi casa, de nombre Asher Gutman.  
—Estuve merodeando cerca de la casa del tipo –le dije a Danny-, es un vecino de Kiriat Moshé, y encontré algo que quiero que veas.
Le entregué las dos bolsas; Danny, puestos los guantes de látex, examinó la piedra y me dijo que le parecía ver algunas señales oscuras que podían ser de sangre, y que iba a mandar todas las muestras al laboratorio de la policía. Me agradeció la gauchada y yo le pedí que me avisara cuando tuviese los resultados. Sonrió con sorna y dijo: ¿seguís jugando al detective...? No le di pelota y me fui.

Averigué dónde trabajaba el mecánico... Había un taller con entrada sobre la ruta, a media cuadra de Sheshet a Iamim (los Seis Días), la entrada al barrio Kiriat Moshé.  Me acerqué al lugar. Además del taller mecánico había otros dos galponcitos, un chapista y un taller de electricidad. Pregunté por Asher y me lo señalaron.
Le dije quien era yo, le pregunté dónde estuvo la noche del crimen. Con Esty, respondió sin vacilar. La respuesta me sorprendió... ¿Cómo es eso? —le dije.
—Conozco a Esty desde hace bastante tiempo: soy amigo de la familia.
—¿No le echaste el ojo a la hermanita?  Negó con la cabeza. Le pregunté si sabía algo de la chica asesinada. No aportó nada nuevo a la pesquisa.

5.
Al día siguiente llegaron en una ambulancia los restos envueltos en un lienzo. En varios vehículos viajamos al cementerio de Rehovot. Entre otros estaba el mecánico. Reunidos alrededor de la tumba escuchamos el largo rezo de un religioso del cementerio. Esty y elmecánico estaban parados en distintos lugares pero pude ver miradas entrecruzadas entre ellos. Me llamó la atención.

La policía interrogó al mecánico, lo retuvo un día entero y finalmente lo dejaron libre. Se mantuvo firme en su declaración; Estuve esa noche en casa de Esty y me fui antes de la medianoche...sí,la vi a Lilaj...llegó antes de irme...sí, estaba viva...solo nos saludamos y volvió a salir...no, no volví a verlas...no, no se llevaban bien las hermanas...cuando subí al coche vi a Lilaj  caminando hacia las sombras del barrio...sí,me pareció raro.

Resistió el interrogatorio, las presiones y los trucos de la policía, todo el tiempo repitió la misma versión: lo interrogaron de improviso, le cambiaron las palabras y él los corrigió...yo no dije eso...nunca dije eso...ustedes me quieren confundir... Al final le indicaron que se fuera. no dejes la ciudad,le recordaron.
Danny me contó todos los detalles y se quedó sin sospechosos. Permaneció empantanado con un crimen que parecía de fácil de solución y ahora estaba en cero.

6.
Tuve una corazonada... Fui a la casa de Esty, conversamos sobre lo ocurrido, la atmósfera era densa y triste; le pregunté, sin vueltas dónde estuvo ella esa noche...
Esty me miró algo inquieta: ¿por qué me hacés esa pregunta? dijo.  Por curiosidad, repliqué. Tal vez metía la pata pero entendí que la pregunta la desconcertó. Se quedó muda y al rato se echó a lagrimear. La lágrima se hizo llanto, el llanto histeria...

—No quise hacerle nada!  Le recriminé su conducta y entonces quiso pegarme con una piedra, nos agarramos, no sé cómo la piedra estaba en mi mano y le di un golpe en la cabeza, cayó al suelo, se dio vuelta pero no se pudo levantar... estaba quieta, acerqué mi oído a su boca... no respiraba, no supe qué hacer, la dejé tirada y volví a mi casa... eso es todo lo que pasó Avigdor.
— Tenemos que ir a la policía: y contales a ellos lo mismo que me contaste a mí...—. Sollozó y yo no pude consolarla.

La policía se iba a encargar; Otro episodio resuelto por mí sin que pueda ver un solo mango. Detective privado ¡que labura gratarola! No sé si reír , llorar o ir al puerto a trabajar de estibador,  o al mercado Central como changador... Seguro que para el churrasquito a la placha no me va a faltar
Salí de la estación de policía a la madrugada. Enfilé con el coche hacia mi casa, Reflejos rojizos en el horizonte anunciaban la aurora del nuevo día: el crimen que llamaron pasional quedó atrás envuelto en las últimas sombras de la noche. Era una réplica yemenita y femenina de la historia de Caín y Abel... Esty y Lilaj...  El fratricidio... 









Carlos Arturo Trinelli





                                                    ÚLTIMO DÍA
     Cuando me fui parecía dormida y estaba muerta. Yo la maté.
     La noche antes me había acostado al lado de ella como en los últimos veinticinco años y todavía dormía hasta que el frío inevitable de la muerte me despertó.
     El día anterior había sido el último. Lo intuí cuando me fui al trabajo y lo supe al regresar a casa. En el instante en que abrí la puerta y la vi, sentada en el sillón frente al televisor. Me dijo:-Hola, con la voz ronca y sin mirarme.. Yo sí lo hice. Estaba envuelta en una voluta de humo y el resplandor acerado de la televisión le iluminaba la resaca colgada de los ojos, los pelos revueltos y achatados en la nuca por la marca de la almohada. Se cubría con un batón floreado parecido al cotín del sillón y todo semejaba una sola pieza. Una mujer con un sillón. Un sillón con una mujer.
-Andá a comprarte algo si querés comer, dijo su ronquera. Yo me agregué, por poco al unísono,-y traeme un vino.
     Porque le hacía caso no podía quejarme del sino de las cosas. Fui y vine. La novela concluía y enseguida las noticias.
-Abrime el vino y traémelo.
     Lo hice.
-Alcanzame el vaso, dijo y señaló el piso con  un dedo amarillo de nicotina.
     Cociné en silencio un revuelto de huevo con arvejas. Le pregunté si quería comer y me respondió lo de siempre. Me lo serví y extendí el diario.
     Un programa cómico acompañaba su risa cascada. Lavé el plato, la sartén y el vaso. Saqué la basura y regresé al diario. Ella apagó el televisor y arrastró los pies para el baño. Luego recortó su figura en el quicio de la puerta y ordenó:-Traeme un té a la cama.
     Puse la pava, preparé la taza y machaqué las píldoras. Dos cucharas colmadas de azúcar, el saquito y se lo llevé. Ahora miraba una película sentada en la cama. Deposité la taza en la mesa de noche, ella le agregó coñac, bebió un sorbo largo y ruidoso. Enseguida tomó su píldora. Yo retiré los ceniceros colmados de colillas y pulvericé desodorante en el living y en el baño. Cuando fui al dormitorio roncaba con respiración pesada. Apagué la TV, retiré la taza vacía y el cenicero.
     Cuando me acosté recordé que, en la mañana de ése último día cuando me fui parecía muerta y estaba dormida. 

                                                                                           

Gerardo Pennini





LAS AMISTADES DE BARTOLO

En las tardes inacabables de verano, aunque lloviera, Bartolo y el almirante Zarandarena se juntaban en el almacén de Musa. Como si dijéramos el agua y el aceite. Mario Nicolás Zarandarena había sido retirado de la armada por ciertos comentarios inconvenientes cuando se negó a sacar un viejo acorazado al mar y apuntar los cañones a la capital, en una de aquellas revoluciones, que ya pocos recuerdan. Don Nicolás había dicho “Para qué gastar pólvora en chimangos, si el mar es de los ingleses y van a seguir pirateando mientras no los pongamos en caja, nuestros compatriotas no son el enemigo”. Lo único que pusieron en caja fueron su gorra y sus galones y así volvió un día a la estancia “Las Gallaretas” que en realidad pertenecía a su mujer, una McTress Alburafeño. La señora venía de escoceses ovejeros llegados en la época de Rosas, o sea que mucha simpatía tampoco tenía por los ingleses, y de españoles nuevos, con cierto tufillo a moros de Andalucía. Cómo se hicieron amigos el almirante y el muchacho criado a palo y mate cocido, era un secreto para el pueblo, pero cuando el hacendado llegaba en su vetusto De Dion Bouton pedorrero y asmático, estacionaba frente a lo de Musa y al ratito nomás aparecía Bartolo, recién bañado y peinado al azúcar (el fijador de los pobres, cuando había) y ambos se sentaban en la galería. Don Nicolás pedía su whisky y una naranjada para Bartolo, que jamás tomó alcohol. Y mientras éste trituraba galletitas como botones, por lo redondas y por lo duras, el hombre lo deslumbraba con historias del mar y de los barcos, de ballenas, témpanos y algunos cañonazos para impresionar. Cosa aparte aquellas galletitas de los boliches, chiquitas y saladas, las servían para estimular la sed pero como duraban meses y meses en la lata, casi nunca se las podía comer.
Volviendo a la charla, Bartolo de cuando en cuando interrumpía con cara como quien anuncia un incendio, comentaba alguna desmesura del almirante o simplemente pedía aclaraciones, todo lo cual divertía a don Nicolás. El colmo de la felicidad para Bartolo era cuando el hombre lo llevaba en el auto, joya en su época porque arrancaba a botón eléctrico, y lo dejaba en la salida del pueblo ante de encarar el camino a la estancia.
Así pasaban el tiempo mientras Zarandarena se hacía viejo y Bartolo más grande. Un niño, pero más grande.
Don Nicolás y doña Dolores tuvieron todos los hijos que Dios quiso mandarles, pero sobrevivieron solo dos. El varón como correspondía tuvo que elegir entre el Colegio Militar y el Seminario. Aceptó éste último, pero apenas llegó a la mayoría de edad, anunció que no pensaba volver al campo, se recibió de abogado y se radicó en una aldea muy nueva a orillas del mar. En secreto doña Dolores se carteaba con el muchacho, y no entendió muy bien cuando éste le contó que había elegido ese lugar cautivado y deslumbrado por una mujer que reunía artistas en su casa – aunque no estuvieran los padres- fumaba y ¡manejaba un auto!.
Pero la que nos llevará a esta historia será Etelvina, hija única de María del Sagrado Corazón Zarandarena McTress. María por supuesto era la hija de don Nicolás, muy desgraciada la pobrecita, porque se casó, quedó embarazada y a poco de parir ella y su marido se mataron en un accidente camino a la estancia. La pequeña Etelvina se salvó de milagro, y a partir de ese día para sus abuelos fue el aire que respiraban.
Etelvina se crió libremente en la estancia, todos vivían pendientes de ella, y aún así no era caprichosa ni pendenciera. Parecía un chico, eso sí, cetrina, siempre sucia de tierra y pasto, montaba y trepaba los árboles como un varón.
Ni qué decir que en cuanto tuvo edad para acompañar al abuelo al pueblo, se hizo parte de las tardecitas en lo de Musa…un whisky y dos naranjadas y charlas interminables. Bartolo se sintió transportado al cielo con la compañía de Etelvina, no dejaba de sonreírle ni de traerle regalos, frutas de las quintas, tomates frescos de la huerta de Desiderio o algún cachorrito gimoteante.
Cosa rara, al mismo tiempo parecía ser el único que, junto con don Nicolás, podía imponer respeto a la mocosa. Cuando Bartolo hablaba, la chica lo miraba con tanta seriedad que don Nicolás tenía que reprimir una carcajada. Algunas veces, doña Dolores le mandaba los chismes a Bartolo de alguna travesura mayor, con la recomendación de pegarle una reprimenda.
Claro que la reprimenda se reducía a menear la cabeza: “Eso no se hace niña” o “Eso no está bien Etelvina, no hay que hacer rabiar a la abuela”. La muchachita quedaba cariacontecida el resto de la tarde.
El gran momento llegó cuando Etelvina tuvo que partir al internado en la capital, allí en el campo se le iba a poner demasiado chúcara decía don Nicolás, para llanto de la abuela, rabieta de la niña y pucheros de Bartolo. Finalmente Etelvina aceptó irse siempre y cuando con el abuelo viajara también Bartolo. Esto le dio alivio a doña Dolores, que no sabía cómo hacer para que el ya casi viejo Zarandarena no hiciera el viaje solo.
Así conoció Bartolo la capital, las avenidas, los tranvías, los grandes edificios de muchos pisos…una maravilla tras otra.
Al regresar al pueblo no podía parar de hablar de lo que había visto. Con cualquier excusa llamaba la atención de alguien y se ponía a contar gesticulando y haciendo muecas y ruidos.
Cada vez que iban a buscar a Etelvina o la llevaban de vuelta al internado, aquella dupla pintoresca hacía el viaje en camaradería. Hasta que entre doña Dolores, Etelvina y el médico no dejaron viajar más a don Nicolás. De todas maneras Etelvina ya tenía edad para viajar en tren, y el encargado de acompañarla fue Bartolo.
Una vez tuvieron aviso que la niña ya estaba con las monjas, pero Bartolo no aparecía por el pueblo. Esperaron un tren tras otro, mandaron telegramas, movieron a la policía y los contactos del almirante y nada.
Ya estaban todos muy preocupados y hasta Desiderio y Leocadia, los padres adoptivos de Bartolo, habían cruzado unas palabras con el perplejo don Nicolás, cuando hizo su entrada al pueblo, después de varios años, el circo de los italianos.
Y con el circo, muy orondo sobre el camello, apareció Bartolo…”El Hombre Más Fuerte del Mundo”. Matarlo era poco mire.

sábado, 16 de marzo de 2013

Guido de Schrijver



Desenterrar el pasado


El sargento Martínez estaba de guardia a la orilla del pozo, el fusil atravesando horizontalmente el vientre, los brazos apoyados en la culata y el cañón. Se escudó debajo de un árbol, pues el sol pegaba fuerte. Posaba su mirada en la espalda corvada de un joven agachado en el fondo. Alrededor del pozo estaban sentados y en cuclillas hombres mayores, mujeres y niños. Sombreros de mimbre, huipiles de algodón con figuras mayas multicolores apagadas de tanto lavar y restregar en el río. Las mujeres desenterraron lágrimas que habían comenzado a llorar veinte años hace. El sargento Martínez había recibido la orden de su jefe: «En San José Poaquil hay una exhumación, con la autorización del tribunal, debe haber vigilancia día y noche, no vaya a ser que algún pinche quisiera borrar huellas». ¿Se trataba de una mera coincidencia? Pues justamente en Poaquil un tío del sargento había sido secuestrado y posteriormente desaparecido. Al otro lado del pozo se encontraba la viuda, su tía. Ella dijo: «Deben haber al menos quince, entre ellos mi marido y mi vecina encinta».
Una noche de silencio absoluto los perros rompieron furiosamente en coro la paz que envolvía la aldeíta. Pocos minutos después las botas desquiciaron las puertas de las chozas y sacaron a los habitantes de sus camas, matando a los perros a tiros en el acto. Llevaron a culatazos fuera del caserío a la gente, los ojos desorbitados del terror, y en descampado los abatieron a balazos y machetazos, gritando: «¡Por comunistas, desgraciados!» Ahí mismo los enterraron en un pozo común al amparo de una luna débil y cómplice. Con el tiempo los bejucos cubrieron piadosamente la pesadilla, pero un chico, escondido bajo el camastro durante el desalojo de su familia, se empujó a fuera, mareado por el suceso insólito, para seguir a distancia, lo que le había parecido un cortejo fúnebre de cadáveres vivos. Empinado dentro de la maleza se dio cuenta del sitio de la masacre y avisó más tarde a la gente de la vecindad, que se guardaba el secreto como una llaga mortífera.
El día que Claudio se lanzó para sus estudios universitarios, su papá lo advirtió insistentemente.
«Hay que comer. Aquí en Guatemala no se puede poner manos a la obra como antropólogo».
«Dentro de pocos años no darán abasto los forenses para sacar a luz las osamentas de miles de víctimas de los militares», profetizó el hijo, no haciendo caso del consejo paterno.
«Qué linda perspectiva, mantenerse atascado en un pasado que ya no existe», ironizó el hombre amargado.
«Todo en el mundo pasa, sólo el pasado queda», peroró el hijo, dejando estupefacto a su progenitor.
Una vez finalizados los estudios en la universidad estatal esperaba dar pronto con un empleo interesante. Quiso llevar a la práctica en los sitios arqueológicos mayas tanta teoría rumiada en las aulas. Piedras había de sobra, los fondos faltaban.
Hubo un regocijo planetario a la hora que se firmó la paz poniendo fin a un conflicto armado interno de varias décadas. Se declaró el fin de las dictaduras en el país y en el continente entero soplaron vientos nuevos sobre las repúblicas. Se acabó el terror del estado. ¡La democracia al poder, los militares al cuartel!, gritaron las masas en las calles.
No tardó mucho el momento en que Claudio vio cumplirse las palabras con que apaciguó la preocupación de su padre por su futuro académico incierto. Los familiares de las víctimas del terror militar exigieron al gobierno democráticamente elegido el permiso para excavar los cementerios clandestinos.
«Son más de mil fosas, esparcidas sobre el territorio nacional, trabajo para años, pero no te hará rico, es un servicio a la población, ellos tienen que encontrar a los suyos, estar seguros que en realidad están muertos para darles sepultura digna», le invitó el encargado de la antropología forense.
El presidente del gobierno democrático trataba de empujar a los militares a los cuarteles sin airarlos. Temiendo la justicia, la condena y el castigo los oficiales querían de una vez por todas mantener bajo tierra junto a los cadáveres la pesadilla del genocidio. Pero la población salió a la calle. Los familiares exigían el regreso de los que habían desaparecido. Vivos o muertos. Todos estaban muertos.
Con el cuidado de una mujer que se arregla la piel de polvos y cremas delante del espejo de tocador Claudio cepillaba los huesos hasta hacerles surgir ante las miradas atentas y temerosas de los deudos. El sargento Martínez lo observaba fascinado. El joven académico destapó un cráneo, color café y rojo, color de la misma tierra. «¡Mirá, una calabaza!», señaló con el dedo un patojo, recriminado suavemente por la madre. En la medida que se liberaban los dientes el esqueleto comenzó a reírse socarronamente. Los vecinos se conmovieron en su apuro por reconocer al difunto al tiempo que guardaban un recogimiento respetuoso ante lo que les parecía un sacrilegio. Tiras podridas de camisas y pantalones habían suelto sus colores. Claudio hurgó en un embrollo de telas medio comidas sacando un objeto, que destelló un instante a la luz del sol. Lo limpió entre los dedos hasta que de repente un alarido desgarró el silencio sagrado, ahuyentando a los pájaros chirriando. El sargento Martínez miró aturdido, los ojos húmedos, a su tía, que desmayó en brazos de una vecina. La mujer había reconocido a su marido. Claudio dejó descansar la mano encima de lo que había sido la bolsa del pantalón, cargando una medallita metálica de San José. Ella misma la había cocido en el pantalón para que su hombre no la perdiese nunca. La exhumación duró varias semanas. Claudio procedió como un escultor delicado para poner al descubierto dos esqueletos entrelazados, él de la madre y envuelto por la caja torácica y los brazos como entre los barrotes de una jaula él del feto creciente. Algunas víctimas fueron tan descuartizadas por la furia de los soldados que no fue posible la reconstrucción de los esqueletos. Los campesinos mayas ayudaban a Claudio, izando paladas de tierra en cubos, echándola en un cedazo. Los niños tenían permiso para ayudar identificando pedacitos de huesos entre los terrones. Un mes más tarde Claudio terminó la faena y se despidió de los deudos y del sargento Martínez. El policía agradeció al profesional por su tarea y dedicación.
Con sus cuatro hijos le costaba al sargento Martínez sacar adelante el hogar con el salario que ganaba. Sin embargo no fue por el dinero extra que aceptó el encargo que le propuso un jefe mayor unas semanas después. Pues simplemente él no estaba hecho para aquella clase de operaciones que no aguantaban la luz del día. Tenía que hacerlo. Determinadas órdenes estaban fuera de discusión. Había que aceptarlas nomás. Sobre todo si venían de exgenerales, jubilados por servicios prestados. Servicios que por lo demás tampoco aguantaban la claridad, según le alcanzaban los rumores susurrantes de los colegas. Fue a las tres semanas después del entierro del tío con cantos litúrgicos, flores, incienso y llantos en San José Poaquil que recibió el encargo. Hacia el centro de la ciudad capital, a las tres de la mañana, cuatro hombres, gorras pasamontañas negras, uniformes negros, andar armados ostentosamente, furgoneta sin matrícula, irrumpir y revisar hasta el último rincón del local, sacar las computadoras, documentos y toda la papelería habida y por haber, hacer pedazos el resto sin dejar huellas de su identidad. Durante el trayecto hacia el lugar indicado el sargento Martínez expresó su preocupación a los colegas. Estos se burlaban de él. Al parecer ya manejaban cierta rutina en destruir locales de organizaciones de derechos humanos, pegándoles a los miembros presentes casualmente un susto mayúsculo y merecido, ya que se negaban a quitar sus patas insolentes del pasado enterrado. Sigilosamente bajaron de la furgoneta en la calle desértica frente al local. Al sargento Martínez le tocó destrozar a hachazo limpio la puerta de entrada, siendo el primero a atravesar el umbral y penetrar al inmueble. Los hombres enmascarados trabajaron veloz y minuciosamente. Mientras que ellos saquearon la planta baja, destruyendo lo que no les interesaba llevar, el sargento Martínez subió a trompicones en la oscuridad al primer piso. Abrió de golpe una puerta, asaltándole el olor a dormitorio. En el haz de luz de su linterna vio a un sujeto que se incorporó en la cama, aterrado. El sargento Martínez se asustó sin emitir sonido alguno, por poco dejando caer la linterna. Su mirada cayó en plena cara de Claudio. Sintiendo latir salvajemente el corazón cerró la puerta detrás de si como quien acababa de hacer un descubrimiento prohibido y peligroso. Mantuvo agarrado la puerta, evitando que saliese el joven, como para protegerlo contra los demás asaltantes. Pues en la confusión y el pánico fácilmente podría escaparse un balazo. Tan solo al cerciorarse que abajo habían terminado la faena, soltó la manija de la puerta y corrió escalera abajo. Al atravesar la calle, brincando a la furgoneta se sintió un ladrón de primera.
El sargento Martínez nunca se había excedido en dar crédito a supersticiones ni creencias de viejas. Sin embargo a la noche siguiente recibió la visita de su tío. Este se puso enfrente, abrió la boca de par en par llena de tierra, desnudando los dientes blancos de la quijada color café y rojo, aullando como un cerdo y respirando con estertor.

Guido De Schrijver  Bélgica


José Pablo Feinmann



La banda sonora

¿Qué músicas acompañaron sus vidas?
José Pablo Feinmann: Tengo un recuerdo imborrable y un agradecimiento enorme de y hacia mi viejo. Mi papá me tuvo a una edad (para esa época) avanzada: cincuenta años. Nos quisimos mucho. Cierta vez, yo estaría en primer año del secundario, me dijo que me iba a ir a buscar al colegio. Me llevó al Colón. Me dijo que él, desgraciadamente, nunca había podido disfrutar de la música. Que tenía un toscano en la oreja. Pero sabía que era importante escuchar buena música. Fuimos al Colón y escuchamos el Concierto en sol mayor de Ravel. Sólo recuerdo que me pareció muy lindo. Aunque no recuerdo mucho más. En casa había un piano August Forster. Mamá tocaba. Y tocaba bastante bien. Me puso –de más pibe– una profesora de piano. Pero yo me escapaba a jugar a la pelota. También mi hermano tocaba. Tenía unos dedos muy largos que siempre le envidié. Tocaba tangos y el Estudio “revolucionario” de Chopin con gran facilidad. Años después, a eso de los quince años, volvía de una clase de inglés. En el combinado sonaba una música extraña, atractiva. Me senté en el piso y pegué la oreja al parlante. Eran unas trompetas. Parecía música norteamericana. ¡De pronto apareció un piano! Hizo sonar tres veces una tecla e inició una desinhibida melodía de charleston que las trompetas, asordinadas y tristes, venían anunciando. Me volví loco. ¿Qué era eso? Al terminar, una locutora dijo: “Acaban de escuchar el Concierto en fa mayor para piano y orquesta de George Ger-shwin”. Nunca más me detuve. Compré toda la música de Gershwin. Y luego toda la música clásica que se me iba presentando o apareciendo en mis búsquedas. Hice mío al piano de casa. Compré las partituras de Gershwin en Ricordi. Estudié en el Conservatorio Williams. Y luego conocí en la Facultad a Roberto Brando, que era un gran maestro. Cuando lo conocí, ya tocaba la “Rhapsody in blue” (no completa: había pasajes imposibles para mí y, en verdad, para muchos), varios fragmentos del Concierto en fa y otras cosas. Brando me enseñó mucho, mucho y bien. Había sido discípulo de Vicente Scarumuzza, el durísimo maestro de Martha Argerich niña. Pero, al ver que mi pasión por la filosofía era mayor, me despidió muy amablemente. Como sea, la música de los grandes compositores enriqueció mi vida y sobre todo mi escritura. Ninguna prosa es perfecta hasta que no lo es musicalmente. Las partituras que marcaron mi vida fueron la Sonata en sí menor de Liszt, el “Gaspard de la nuit” de Ravel y Stravinsky, Prokofiev, Shostakovich, Britten y los románticos: Chopin, Brahms, Schumann. La otra música que acompañó mi vida fue el tango y los hoy llamados standards norteamericanos. “My funny Valentine”, por ejemplo. ¡Si eso es un Standard...! Schubert lo habría firmado.
Horacio González: No tuve educación musical, de ahí que ahora me parece inalcanzable, y trato de pensarme falsamente como un alumno de algún pueblo provinciano cuya familia le indica que tiene que saber piano y comienza a los seis años a darle a la cosa. ¿De allí se obtiene un glorioso desarrollo posterior, o lo que es más importante, saber que ese pasaje por un mundo adolescente musical, aunque luego abandonado, es un acorde que siempre suena en nuestras vidas? La música para mí llega tarde, y sospecho que si tuviera tiempo suplementario, desplazaría las obras completas del compañero Lukács por las de Béla Bartók o las poesías de Las flores del mal por Debussy, aunque de todas maneras estaríamos en el terreno de una traducción entre la música y la poesía o la filosofía. Baudelaire está en Debussy como una pizca de Lukács podría encontrarse en Bartók. Pero estas son ensoñaciones. Ninguna música acompañó mi vida, pero en la época que correspondía escuché a Almendra, aunque lo redescubro ahora. “Milonga triste” es mi canción argentina favorita, por el modo en que la compone Piana, y sobre todo por el dodecafonismo cubista al que Manzi somete la letra. El modo en que la canta Liliana Herrero, mi esposa, creo que recupera el increíble dramatismo existencial que hay en esa cumbre de la metafísica del gran Homero Manzione, donde narra en los bordes un asesinato ritual con el cese de un amor, y sobre todo el illus tempore, la especialidad de Manzi. “Ya nunca me verás en la vidriera...” Contar lo pasado con un crujido del alma, que está en los buenos poetas.
JPF: A veces digo en joda “este país hizo el tango. No jodamos más. Este país es grande, hizo el tango y chau, y las Madres de Plaza de Mayo”, así como queriendo resumir, en forma agresiva pero bueno, este país hizo el tango, viejo. “Somos la mueca de lo que quisimos ser, no hay moral que se resista frente a dos pesos moneda nacional”. ¿Te das cuenta de lo que es eso?
HG: Te cito uno que me impresiona mucho: “Barcos carboneros que jamás han de zarpar”, Cobián y Cadícamo.
JPF: ¿Y eso? ¿Quién tiene un cuerpo poético como el del tango? ¿Qué música popular tiene un cuerpo poético como el tango? Y a la vez una música tan sensual, tan valiosa... “Sur”...
HG: “Sur” es una creación excepcional, está en la línea de un refinamiento de civilización o barbarie, sin optar claramente por nada, está en la orilla, en el más allá de la inundación está la historia argentina.
JPF: Pero lo que tiene “Sur” es que puede emocionar a cualquier edad, porque aunque te habla de Pompeya y más allá la inundación, no está temporalmente fijado... no, está hablando de las cosas que se fueron y a todos se nos fueron las cosas, en ese sentido es eterno, como Shakespeare, por lo que dice. En “Nostalgia de los años que han pasado, arena que la vida se llevó [...] Ya nunca me verás como me vieras, recostado en la vidriera, esperándote”...