viernes, 1 de abril de 2011

ESTER MANN . NARRATIVA


 ESTER MANN 


Dos Cuentos Breves

La encrucijada                                        

Se dio cuenta que algo definitivo había ocurrido. Su vida cambiaría y
todo sería distinto. Por primera vez en sus treinta y cinco años de vida entendió que no solo la muerte era final e irreversible.
Esa sensación en la boca del estómago, esa especie de peso que se ubicaba allí y que hasta ahora solo había sentido antes de los exámenes, estaba y no quería irse.
¿Qué sucesión de acontecimientos lo había llevado a este punto? ¿En qué momento pudo haber dado un golpe de timón y dirigirse hacia otras tierras, hacia otro destino?
No tenía ánimos para detenerse en sus sentimientos, no tenía fuerzas para pensar en el futuro: lo impredecible había ocurrido.
Este era uno de los golpes del destino, una de las encrucijadas en que cualquier dirección que tome será equivocada, donde no hay atajos ni lugares de recreo. De aquí en más este camino gris será su vida.
Muchos años después recordará ese momento y se dirá que no pudo cambiar los hechos, que todo lo que ocurrió después ya estaba marcado y señalado a partir de ese instante.
Una y otra vez  se preguntará si podría haber actuado de otra manera, pero nunca encontrará la respuesta, o la solución a esa adivinanza que le planteó la vida y que tenía una sola contestación correcta. Una respuesta que no supo encontrar.

* * * * * 

La despedida                   

Ese día me levanté como siempre y salí al jardín. El invierno había dejado sus huellas: altos tréboles con sus flores amarillas cubrían de oro el césped. No los arranqué: me gustaba ese aspecto salvaje de mi pequeño jardincito.
 A pesar del frío me senté al sol para tomar el café de la mañana. La última...
 Luego me abrigué y salí a recorrer las calles de la pequeña ciudad. La gente era la misma, saludé a algunos vecinos. Los chicos jugaban en la plaza, sus abuelos los miraban sentados al sol.

De vuelta en casa, lavé los platos, quité el polvo a los muebles, hice la cama, barrí...Me había cansado, me costaba respirar. Me senté en el sillón y comencé a ordenar las fotos. Hacía años que dejaba de un día para otro esa tarea. Pero hoy, mientras las insertaba en las hojas de plástico, era como si las viera por primera vez.
Mis hijos: niños, adolescentes, adultos; los perros que tuvimos a lo largo de los años, las casas en las que vivimos. Y mis nietos; mis nietos cuando eran todavía niños y me decían “te quiero, abuela”.

Fue una buena vida. Hoy recordaba tan sólo el amor que me había rodeado, las alegrías de cada nacimiento, las charlas con mis hijos, el amor de mi compañero.
Si, llegó la hora: a las doce, cuando acostada en la camilla empiece a perder la conciencia sólo buenos recuerdos me acunarán y ya no tendrá importancia si no despierto.

Todo está en su lugar. Tambien yo lo estaré.

 Ester Mann

CARLOS ARTURO TRINELLI – narrativa



CARLOS ARTURO TRINELLI 


             vacaciones

     Carlos acepta la invitación de su padre para ir de campamento a Villa Gessel y propone invitar también a su amigo Alberto en un intento por evitar pasar las vacaciones a solas con el padre.. El padre de Carlos no se opone, festeja la idea y la amplia, invita a su hermano Horacio, el tío de Carlos.
     Alberto declina el convite. Horacio acepta con gusto y Carlos se encuentra ante la situación de ir con los dos hombres.
     Horacio es el hermano mayor de su padre. Le gusta beber de más y trabajar poco. No hay una tía esposa de Horacio, no hay un primo de Carlos.
     Lo pasan a buscar antes del amanecer de una mañana de febrero en el viejo Dodge 1500 de su padre. El tío Horacio viaja adelante y él sube atrás con el consuelo de un libro que es toda una metáfora de lo que le sucede La vida exagerada de Martín Romaña del peruano Bryce Echenique.
     Tardan en comenzar a hablar, tienen sueño, quizá mal humor. Cuando amanece con firmeza paran a desayunar en una estación de servicio. A partir de ese momento comienza la locuacidad tan temida por Carlos. Una conversación sobre fútbol devora kilómetros de alabanzas y diatribas a tal o cual jugador. El auto viaja lento en la ruta y un aire cálido se cuela por las ventanillas bajas razón ésta por la que, llamado a participar en la charla, Carlos debe ubicarse en el medio del asiento de atrás e inclinarse hacia delante solo para sostener que Gutiérrez le parece un goleador en decadencia. Lo dice sin estar convencido, por decir algo. A Carlos no le interesa el fútbol.
     Después de doce horas de traqueteo llegan a destino. Lo primero que deciden hacer es parar en un quiosco y comprar una cerveza que beben del pico de la botella. Carlos hace lo propio con una botella de agua. Ahora el tema se centra en el clima. El padre de Carlos sostiene su condición de poder elaborar pronósticos empíricos basado en la posición y forma de las nubes. Anticipa que al otro día puede llover por la formación de nubes como rulos de corderos. El tío Horacio piensa lo contrario y el diferendo es zanjado con una apuesta y Carlos puesto como testigo. Beben otra cerveza.
     Carlos les sugiere ir al camping para establecerse de una buena vez.. Horacio le comenta a su hermano, el padre de Carlos, que los jóvenes están siempre apurados y este le responde que es porque al estar en la fase ascendente de la vida nos ven desde arriba. Entonces se enzarzan en otra discusión; el tío Horacio dice que eso no es verdad ya que los que están arriba son ellos y que según la teoría de la ascensión ya ascendieron.
     Esto deriva en una tercer cerveza y el padre de Carlos se convence del error y aporta que, al ascender nos vamos acercando a Dios. A Dios y a la muerte reflexiona el tío Horacio. Enseguida comienza una charla sobre mujeres y los culos en trajes de baño. Con este tema suben al auto y se dirigen al camping.
     El camping está lleno de gente pero hay lugar para ellos. En un papel les indican la parcela que pueden ocupar. La búsqueda genera nuevas polémicas sobre la interpretación del plano. Carlos lauda a favor del padre y consiguen ubicar el sitio. Desatan el equipaje del techo y vacían el baúl del auto. Deciden que Carlos arme el campamento sin consultarlo, solo le indican el lugar preciso donde armar la carpa y el padre de Carlos agrega como un úkase, la puerta hacia el Este.
     Los hombres se van al pueblo a buscar una carnicería donde comprar para hacer un asado. Carlos siente alivio en quedarse solo y comienza la tarea. Cuando termina de armar la carpa intuye que le aguardan noches difíciles por ser el espacio demasiado estrecho para dormir tres personas. Después camina hasta el mar, sube unos médanos y lo ve de un azul intenso por la hora sin sol. Avanza hasta la orilla con una brisa que lo despeina de costado y que arrastra perlas imperceptibles de agua que se le depositan en la piel. Carlos recuerda la primera vez que vio el mar y la emoción se renueva en su ánimo. Pocas personas caminan por la playa, en su mayoría parejas. Carlos piensa en lo lindo que es andar por la playa aferrado de la mano de una mujer y recibir el contacto frío del agua que en algunos lugares alcanza los pies y lo lindo que es detenerse y besarse enamorado. Piensa todo esto sin haberlo realizado nunca. En sus veintiocho años Carlos se enamoró varias veces pero no en el mar. Decide volver al campamento que ya enciende las luces con la caída de la tarde. Observa filas para entrar en los baños y actividad gastronómica en todas las parcelas. Un murmullo sobrevuela las carpas y no es detenido en las ramas de los pinos, vaga a su antojo, incluso silencia el constante provocado por el mar que se hamaca ahora en la oscuridad. Cuando llega al lugar donde está la carpa los hombres no están, busca el libro, del que solo leyó una carilla, se sienta en un banco de madera y se acoda en la mesa que forman parte del mobiliario estable del camping, la luz da justo allí y comienza a leer. El farol se llena de mariposas de noche y algún cascarudo abombado cae en el libro, alguna polilla le golpea la cara. Otra vez no supera la carilla, cierra el libro, abre una silla y la coloca en la penumbra, de espalda a la carpa, ve en la parcela de enfrente dos mujeres que pernoctan en una casilla rodante. Son mujeres maduras, están sentadas como él de frente al sendero vehicular tachonado de conchillas, parlotean entre ellas, dentro de la casilla le parece ver la silueta de una tercer mujer. En un instante confirma la presunción pero ésta es joven, la hija de alguna de las otras piensa Carlos y reflexiona y se culpa por ser prejuicioso, por qué alguien joven no puede tener amigos grandes e ir de vacaciones con ellos, por qué no nutrirse de una madurez admirada y las maduras de una juventud floreciente. Sin embargo, confirma el prejuicio. La joven es retada por una de las mujeres y parece replicar con vehemencia antes de volver a entrar en la rodante. Si pudiera hacerse amigo el sino de los días por venir podría sufrir un vuelco llevadero. Sumido en sus cavilaciones no escucha llegar el auto con el padre y el tío.
     El padre de Carlos baja del auto y le grita, nene todavía no prendiste el fuego. Carlos contesta que no porque se hubiera consumido en la demora.
     Empiezan los preparativos. Buscan leña muerta en el piso, la apilan en el fogón, hacen mechas con papeles de diario. Carlos se da cuenta que los hombres están bebidos. El padre de Carlos cuando bebe de más se convierte en hiperactivo. El tío Horacio molesta con bromas de alumno secundario.
     El fuego tarda en prender y la maniobra de las mechas de papel se repite hasta que una tímida llama nace en el corazón de la geométrica pira. El padre de Carlos se arrodilla y coloca su cara a la par del tenue resplandor y sopla varias veces hasta que el fuego crece. Luego se incorpora con la cara sucia y el orgullo dibujado en el gesto. Sin demorarse limpia la parrilla con un trozo de grasa y pasa un papel hecho un bollo. El tío Horacio corta y sala la carne. El padre de Carlos lo reconviene y les explica que la tira de asado se pone entera. La explicación es ambigua y Carlos piensa en una manía.
     Una vez hechas las brasas el padre de Carlos las desparrama, amontona el fuego en un costado y coloca las carnes sobre la parrilla. Entonces sucede, los hombres descubren a las mujeres de enfrente. Se atropellan entre sí y se golpean para darse valor. Lo inevitable está en la naturaleza humana piensa Carlos.
     Los hombres cruzan el sendero, Carlos se queda pero relata para sí lo que sucede enfrente.
    
     El padre de Carlos lidera la diplomacia. Carlos intuye por los gestos que las invitan a cenar. Una de las mujeres se incorpora, abre la puerta de la rodante, se asoma y vuelve a cerrar. El padre de Carlos lo señala. La mujer repite la acción; esta vez la mujer joven sale, mira a los hombres, lo mira a él, dice algo y entra de nuevo.
     La misión regresa, el andar denota el éxito. Preparate nene que te conseguí una minita dice el padre de Carlos.
     Carlos ve como las mujeres entran en la casilla rodante. Los hombres deciden entre ellos cuál de las mujeres les toca. Por qué yo la más vieja y gorda protesta el tío Horacio, porque sos el hermano mayor y la más joven es viuda como yo, responde el padre de Carlos y Carlos se da cuenta que bien aprovecharon los escasos minutos de charla. Espero que alcance la carne desea el padre de Carlos en voz alta y el tío Horacio dice, si mi gorda no entra en confianza...Vos nene, por las dudas, come despacio le dice el padre de Carlos a Carlos.
     El aroma de la carne asada se traslada en el humo y la música del hambre crepita en la parrilla. De pronto Carlos observa que las mujeres salen de la rodante, cada una con una fuente como si fueran a entregar trofeos, se interpone un instante de indecisión alineadas de frente a ellos. La mujer gorda abre la marcha y las otras la siguen. El tío Horacio es nominado para acortar distancias y ayudar con las fuentes.
     El padre de Carlos presenta las damas a su hijo. Beatriz la hija de Ester resulta ser más joven de lo que Carlos suponía quizá tiene veinte años calcula Carlos en una medición que abarca una inocencia a punto de estallar en los ojos, un parpadeo inseguro que los hace enfocar en otro objeto, un beso con destino de pómulo que estalla en el aire, sí, veinte años, no más cierra Carlos el cálculo en su mente.
     Está vestida con una pollera corta y una camiseta sin mangas que no le cubre el estómago y donde los senos sueltos danzan libres con erotismo premeditado. El cabello negro grueso y lacio le roza los hombros y el flequillo cortado parejo se alza sobre la línea de las cejas. Una rollingareflexiona Carlos cuando completa la inspección ocular en los pies calzados con zapatillas de lona.
     Se sientan a la mesa, los adultos monopolizan la conversación, la comida y la bebida. El padre de Carlos las atiende con esmero, se repiten los vivas para el asador y Carlos observa que su padre es feliz y piensa en la suerte que tiene él de ser testigo de ése momento.
     Luego de las manzanas y naranjas de postre el tío Horacio comienza un cuchicheo con Alicia, la mujer gorda, que consigue atronar el campamento con carcajadas que le hacen subir y bajar las tetas. La conversación del padre de Carlos con Ester la madre de Beatriz es en un tono de confesionario y genera entre ellos miradas melifluas.
     Carlos y Beatriz quedan aislados, se miran sin mirar. Los ruidos del camping se apagan y el viento gana protagonismo. Vamos a caminar por la playa se oye decir Carlos dubitativo. Beatriz no responde pero se incorpora. Toman el sendero y sienten crujir las conchillas bajo sus pasos. Se toman de la mano para ascender el médano. Carlos siente en la suya el contacto cálido de la delicada mano de Beatriz y el roce de los anillos cuando la sostiene en la trepada. En la cima los abraza la oscuridad y el rugido del mar los conmueve. Quedan de la mano y así caminan hasta la orilla. Resplandores como ascuas denuncian los cigarrillos prendidos de otros paseantes invisibles en la negrura que lo cubre todo.
     Beatriz tiene frío y Carlos imagina los pezones sueltos erizados. Beatriz acorta la distancia y Carlos la abraza y los dos se internan en la profundidad de un beso.

     Che, que rápido van ustedes los sorprende una voz de mujer cuya dueña, alcanzan a divisar, es Ester, la madre de Beatriz con el padre de Carlos que la sujeta de la cintura y se alejan y Carlos escucha que su padre comienza con la teoría de la juventud que asciende y la madurez que observa más cerca de Dios y se convierten en dos bultos oscuros que desparecen y entonces ellos se vuelven a   besar, se retiran de la orilla y se tienden en la arena y Carlos le comenta a Beatriz que si lo desea puede tomar una estrella con solo extender el brazo. Desde el disimulo de su posición Beatriz y Carlos ven pasar, en dirección contraria al padre de Carlos y la madre de Beatriz, al tío Horacio con Alicia, la mujer gorda que deja una estela de risas a su paso.

      En la incomodidad de la carpa Carlos piensa en Beatriz, duerme en medio de los dos hombres que se turnan para roncar, no puede moverse, debe intentar dormir boca arriba, no le importa, disfruta del sabor de Beatriz en sus sentidos.
     No sabe si está dormido pero afuera llueve y el ruido del agua parece el que produce lanzarla con un balde, entonces razona que está despierto y no sabe si es de día o si sigue la noche. Los hombres duermen y se convence que es de noche y se vuelve a dormir. Cuando se despierta está solo en la carpa y escucha que afuera llueve. Se calza las ojotas y sale, lo primero que ve es a los hombres dentro del auto que toman mate, lo segundo es la parcela de enfrente vacía, recorre el camping con la mirada y no ve la rodante.
     El padre de Carlos grita, nene, vení que te vas a mojar todo. Carlos corre al auto y entra, qué había dicho yo ayer, quién ganó la apuesta, Carlos responde, vos viejo y toma el mate. Luego lo devuelve y dice, se fueron...No te dijo nada la minita era el último día para ellas, dijo el padre de Carlos.
     Carlos no responde y la conversación de los hombres le llega fragmentada, por eso aceptaron tirar la chancleta, el último día de alguno es el primero de otro, empezamos bien ¿no nene? Sí claro, lástima la lluvia dice Carlos y apoya la frente sobre el vidrio húmedo de la ventana del auto.


ERNESTO RAMÍREZ - NARRATIVA




ERNESTO RAMÍREZ
  
Narrador y poeta uruguayo, nació en Montevideo en el barrio de Maroñas. Ramírez es un veterano colaborador de la revista. Vive actualmente en Barcelona.


La ventana


En los recuerdos de mi infancia la ventana ocupa un lugar destacado. Básicamente por lo determinativo al desarrollo de mi personalidad y mis convicciones. Se lo debo a mis padres, más que nada a mamá. Aún siento el calor de su abrazo cuando por un delgado triángulo de la cortina entrecorrida observábamos el ingreso de algún auto al taller de la letra borrada. Para entonces mamá sabía que el propietario lo había alquilado y papá -que hacía trabajos de grafismo para la inmobiliaria que intervino en el negocio- intuyó del dueño de ésta–hombre de contactos según él- la sospecha de que los inquilinos, supuestamente en el ramo de importación y exportación, se dedicaran en realidad a algo turbio y pesado. Yo sólo tenía cinco años y estaba aprendiendo a leer. Había reparado, a través de la ventana, que en la fachada del taller faltaba, o mejor dicho apenas si aparecía, borrosa, la primera letra del nombre corto, el segundo. Y aún desconocía el uso de esa consonante doble que dificultaba mi lectura en silabeo. Estaba tratando de comprenderlo cuando las dos palabras fueron cubiertas por un gran cartel que rezaba otro nombre muy largo y demasiado complicado para mí. Mamá restó importancia a mí consulta sobre la omisión y duplicidad en la identidad oculta del lugar. Sin embargo y con buen criterio –ahora puedo valorarlo- me explicó al interrogarle qué mirábamos y por qué, lo conveniente de mirar ciertas cosas discretamente, desde lejos y sin comprometerse. Una vez, cursando primero del secundario y a causa de unos rumores, volví a inquirir el por qué de tanta discreción en aquella época. Me dijo: “al parecer hijo, esos señores importaban de los alrededores y ex-por-ta-ban para muy, muy lejos. Eran, pero no te fíes del pretérito, muy poderosos y no es aconsejable inmiscuirse en sus negocios”. 
Frente a la casa pasaba el Sarmiento. Mamá se impacientaba mucho cuando nuestro ejercicio de avistamiento era interrumpido por el paso del tren. Con el tiempo –y esto no se si sucedió o lo imaginé- toda vez que entraba un auto al taller, que siempre permanecía cerrado, se extendía por la calle y sobre las vías la sombra de un enorme pájaro sobrevolando el barrio. Ya adolescente indagué entre algunos vecinos de La Floresta amigos de mis padres la veracidad de estos vuelos, pero nadie me supo responder. Bien pudo ser producto de la imaginación propia de la edad.

Hoy, 24 de marzo del 2011, cumplo 40 años. Estoy felizmente casado y tengo dos hijos. Vivo en otro barrio en una casa acogedora con un gran ventanal. Generalmente las cortinas están corridas para que entre la luz ya que no hay qué espiar. Aunque a veces debo cerrarlas para evitar que mi hijo menor, de seis años, vea abiertamente a esos imberbes malandras de la villa siendo perseguidos por la policía. En su inocencia me pregunta por qué los persiguen. Le explico que como nuestros gobernantes se ocupan de verificar ex-por-ta-cio-nes pasadas en lugar de preocuparse del presente y de nuestra seguridad, la ciudad se ha llenado de incómodos y peligrosos marginales. Entonces lo abrazo y corriendo apenas la cortina observamos -seguros y discretos - al igual que solíamos hacerlo con mi madre cuando vivíamos en la esquina de Emilio Lamarca y Venancio Flores- cómo aporrean a esos que, obviamente, algo hicieron.  

FELISBERTO HERNÁNDEZ - NARRATIVA


 FELISBERTO HERNÁNDEZ


Felisberto nació a principios del siglo XX en la ciudad uruguaya de Montevideo. Era hijo de Prudencio Hernández, natural de Tenerife, en las Islas Canarias y de Juana Silva, de la ciudad de Rocha. Era el mayor de cuatro hermanos. A los 9 años comienza sus estudios de piano que profundizará más tarde con el profesor de piano Clemente Colling, que le enseña composición y armonía. A los 16 años, da clases particulares de piano, y comienza a dedicar horas a su práctica musical y a trabajar ilustrando musicalmente películas, pues sus dificultades económicas harán que acepte el empleo de pianista en varias salas de cine mudo. A los 20 años comienza a dar recitales e incluso interpreta algunas obras de su creación. Tres años más tarde, toma clases de piano con Guillermo Kolischer y consigue ser un buen instrumentista.Hasta 1942 será un pianista itinerante entre Uruguay y Argentina: la orquesta del café La Giralda, en Montevideo, pianista y director de una orquesta en el café-concierto de Mercedes, Teatro Albéniz de Montevideo, Teatro del Pueblo de Buenos Aires. En París, en su momento de mayor esplendor, conoció a Africa de las Heras, española, veterana de la Guerra Civil y agente de la KGB a quien se le encomendó seducirlo, por ser Felisberto individualista a ultranza. Tras casarse se instalaron en Montevideo donde ella trabajó como espía y finalmente se divorciaron sin que él supiera el papel que había desempeñado (véase A. Dujovne Ortiz, La muñeca Rusa, Alfaguara, 2009). Sobre las relaciones complicadas de Felisberto con las mujeres (se casó seis veces), existen dos testimonios de mayor interés. El de Paulina Medeiros (Tacuarembó, 1905- Montevideo, 1992) con la que tuvo relaciones entre 1943-47 (Felisberto Hernández y yo, 1974), y con la que tuvo además una notable correspondencia. Y el de Reina Reyes (Montevideo, 1904-1993), vinculada del 1954 a 1958, en su libro de cartas y notas, ¿Otro Felisberto? (Montevideo, Banda Oriental, 1994). 1

El corazón verde

Hoy he pasado, en esta pieza, horas felices. No importa que haya dejado la mesa llena de pinchazos. Lo único que siento es tener que cambiar el diario que la cubre; hace tiempo que está puesto y le he tomado simpatía; es de un color verdoso, las letras grandes de los títulos son de color naranja y tiene la fotografía de unos quintillizos. Cuando la tarde estaba terminando y se apagaba un poco el gran calor, yo venía hacia mi pieza cansado de caminar. Había ido a pagar una cuota de un sobretodo comprado en invierno. Estaba un poco decepcionado de la vida pero tenía cuidado de que no me pisaran los vehículos; pensaba en mi pieza y recordé las cabecitas peladas de los quintillizos como si fueran las yemas de cinco dedos. Cuando ya estaba en mi cuarto con los brazos desnudos sobre el diario verde y un pequeño círculo de luz daba sobre los libros de colores, abrí una caja de lápices y saqué mi alfiler de corbata. Lo di vuelta entre mis manos hasta que se me cansaron los dedos y distraídamente pinchaba el diario en los ojos de los quintillizos.
Primero ese alfiler había sido una pequeña piedra verde que el mar había desgastado dándole forma de corazón; después la habían puesto en un prendedor y el corazón había quedado emplomado entre el cuadrilátero del tamaño de un diente de caballo. Al principio, mientras yo le daba vuelta entre mis dedos, pensaba en cosas que no tenían que ver con él; pero de pronto él me empezó a traer a mi madre, después a un tranvía a caballos, una tapa de botellón, un tranvía eléctrico, mi abuela, una señora francesa que se ponía un gorro de papel y siempre estaba llena de plumitas sueltas; su hija, que se llamaba Ivonne y le daba un hipo tan fuerte como un grito, un muerto que había sido vendedor de gallinas, un barrio sospechoso de una ciudad de la Argentina y donde en un invierno yo dormía en el suelo y me tapaba con diarios, otro barrio aristocrático de otra ciudad donde yo dormía como un príncipe y me tapaba con muchas frazadas, y, por último, un ñandú1 y un mozo de café.
Todos estos recuerdos vivían en algún lugar de mi persona como en un pueblito perdido: él se bastaba a sí mismo y no tenía comunicación con el resto del mundo. Desde hacía muchos años allí no había nacido ninguno ni se había muerto nadie. Los fundadores habían sido recuerdos de la niñez. Después, a los muchos años, vinieron unos forasteros: eran recuerdos de la Argentina. Esta tarde tuve la sensación de haber ido a descansar a ese pueblito como si la miseria me hubiera dado unas vacaciones. En muchos años de mi niñez nosotros vivíamos en la falda del Cerro. La gente que subía la calle de mi casa llevaba el cuerpo echado hacia adelante y parecía que fuera buscando algo entre las piedras; y al bajar llevaban el cuerpo echado hacia atrás, parecían orgullosos y tropezaban con las piedras. De tarde mi tía me llevaba a unos morros que estaban cerca de la fortaleza. Desde allí se veían los barcos del dique, con muchos palos grandes y chicos con espinas de pescados. Cuando en la fortaleza tiraban el cañonazo de la entrada del sol, mi tía y yo empezábamos a bajar.
Una tarde mi madre me dijo que me llevaría a casa de una abuela que vivía en la dársena y que vería un tren eléctrico; sin embargo esa mañana yo me había portado mal; me habían mandado a buscar almidón en caja; pero yo lo traje suelto y me retaron; al ratito me mandaron a buscar yerba y como yo la quería en caja, los almaceneros, que eran amigos de casa, me la pusieron en una caja de botines; pero yo había cometido otra falta: me volví a casa con "la plata" y me retaron porque no había pagado; al rato me mandaron a buscar fideos con un peso; yo traje los fideos pero no quise traer el cambio porque eso era traer la plata y me retarían; en casa se alarmaron porque no había traído el cambio y me mandaron a buscarlo; entonces los almaceneros escribieron en un papelito algo que tranquilizó a mamá. Decía: "El cambio está entre los fideos."
Esa tarde todas las mujeres de casa quisieron ponerme un gran cuello almidonado que iba prendido a la camisa con botones de metal; la única que pudo fue otra abuela -ésta no vivía en la dársena ni llevaba en el pecho el corazón verde-; ésta tenía los dedos rechonchos y calientes y al metérmelos en el pescuezo para prenderme el cuello me había pellizcado la piel; yo me ahogué dos o tres veces y me habían venido arcadas.
Cuando salimos a la calle el sol hacía brillar mis zapatos de charol y a mí me daba pena tropezar con todas las piedras del camino; mi madre me llevaba de la mano y casi corriendo. Pero yo estaba contento y, cuando ella no contestaba a mis preguntas, me contestaba yo. De pronto ella me dijo: -Cállate la boca; pareces el loco de siete cuernos.
Y enseguida pasamos por lo del loco. Era una casa sin revocar y muy vieja. En la reja de una ventana había latas atadas con alambres y detrás gritaba continuamente el loco llamando a la gente que pasaba. Él era grande, gordo y tenía una camisa a cuadros. A veces venía la mujer, que era chiquita y flaca, para hacerlo callar; pero enseguida él seguía gritando y de pronto los gritos eran roncos.
Después cruzamos frente a la carnicería: yo pasaba allí mañanas enteras esperando que me despacharan; la gente estaba callada; pero un mirlo cantaba fuerte, siempre el mismo canto, y yo me aburría mucho.
Al pie del Cerro estaba la calle donde pasaba el tren de caballos; primero se oía la corneta y después el ruido de los caballos, las cadenas y el látigo largo para alcanzar al cadenero. Yo me hinchaba en uno de los dos asientos largos para estar frente a la ventanilla. Y mucho rato después me tenía que tapar las narices porque pasábamos por los frigoríficos que había cerca de un arroyo. A veces, cuando el tren y los caballos hacían ruido sobre el puente, yo me olvidaba de taparme la nariz y enseguida sentía el olor. Esa tarde nos bajamos en el Paso Molino y mi madre entró en una confitería a conversar con la dueña. Pasado un largo rato, la confitera dijo:
-Su niño mira los caramelos.
Y señalando los boyones me preguntaba:
-¿Quieres de éstos?... ¿De estos otros?
Yo le dije a mi madre que quería la tapa del boyón. Se rieron y la confitera me trajo la tapa de otro que se había roto hacía poco. Mi madre no quería que yo fuera con aquello por la calle; pero la confitera lo envolvió, lo ató y le puso un palito para agarrarlo.
Cuando salimos era de nochecita y yo vi en medio de la calle un zaguán iluminado; mientras mi madre me llevaba hacia él yo miraba los vidrios de colores. Ella me decía que era un tren eléctrico. Pero como yo lo veía de la parte de atrás seguía pensando que era un zaguán. En ese instante tocaron un timbre, el "zaguán" soltó un suspiro fuerte y empezó a resbalar despacio hacia adelante. Al principio apenas se movía y las personas que alcancé a ver dentro de él iban quietas como muñecos dentro de una vidriera. Nosotros no llegamos a tiempo y al ratito el zaguán iba lejos y dio vuelta por entre unos árboles.
La casa de mi abuela quedaba en una calle cerca del puerto. Se entraba por un patio largo y teníamos que subir escaleras. Después pasamos por un comedor donde había una mesa con una fuente de pasteles. Mi madre me había encargado que no pidiera; entonces yo le dije a mi abuela:
-Si me dan, pido; si no, no.
A mi abuela le hizo mucha gracia y en una de las veces que me fue a besar le vi el corazón verde, se lo pedí y ella no me lo dio. Antes de cenar me dejaron jugar con una chiquilina que se llamaba Ivonne. La madre tenía en la cabeza un gorro de papel de diario y toda la cara y la pañoleta llenas de plumitas blancas muy chiquitas.
Esa noche antes de dormir vi en la pared una escalerita de luces que eran reflejo de las persianas. Después no me desperté a pesar de que todos se levantaron por el ruido que hizo la tapa del boyón cuando se resbaló de abajo de la almohada y se cayó al suelo. Al otro día, cuando tomaba el café con leche, sentía a cada momento un grito raro y me dijeron que era el hipo de Ivonne; parecía que ella lo hiciera por gusto. Esa mañana ella me convidó para ir a ver un muerto en las piezas del fondo. La madre no quería dejarla ir porque tenía hipo. Yo miraba el gorro de papel de la madre y esa mañana el color de las plumitas era violeta. Enseguida pensé en el muerto. Ivonne le decía a la madre:
-Mamá, es un muerto de confianza; es aquel viejito que vendía gallinas.
Ivonne me dio la mano y me llevó; yo tenía miedo y no soltaba la mano. El viejito estaba solo y tapado con un tul. Ivonne no sólo soltaba los gritos del hipo sino que quería apagar todas las velas que había alrededor del cajón. De pronto entró la madre, la agarró de un brazo y la sacó corriendo; y como yo estaba fuertemente agarrado a la mano de Ivonne, a mí también me llevaron.
Aquella misma mañana mi abuela me regaló el corazón verde; y hace pocos años, nuevos hechos vinieron a juntarse a esos recuerdos.
Yo estaba en una ciudad de la Argentina donde el encargado de arreglar mis conciertos había cometido errores desde el principio y al final no se había podido hacer nada. Mientras tanto tuve tiempo de ir descendiendo por todas las categorías de los hoteles del centro y al fin había caído en un barrio sospechoso de los suburbios, donde un amigo alquiló una pieza. A él los padres le habían mandado una cama y él me cedió un colchón. Hacía mucho frío y yo había gastado la mayor parte de mi dinero en comprar diarios viejos: los ponía abiertos encima de una cobija fina y arriba de ellos un sobretodo que me había prestado el encargado de mis conciertos. Una noche desperté a mi amigo con un grito feroz; yo también me desperté y me encontré poniendo una almohada en la pared: estaba soñando que allí había un agujero donde aparecía sonriendo un loco que tenía en la cabeza un gorro de papel de diario. Y después de pensar mucho en eso -no quería volver a dormirme porque tenía miedo de repetir la pesadilla- recordé el gorro de la mamá de Ivonne.
A los pocos días paseaba con tristeza entre las luces del centro de la ciudad, y de pronto decidí empeñar el corazón verde para ir al cine. Esa noche, después de la función me animé a pedirle dinero a otro amigo que tenía en Buenos Aires; ya le debía mucho, pero ahora me arriesgaría porque tenía casi arreglado un concierto en una ciudad vecina. Esa misma noche volví a pensar en el gorro de la mamá de Ivonne y decidí mandarle preguntar a la mía qué hacía aquella señora con las plumitas y el gorro de papel de diario. Es posible que mi madre lo hubiera sabido. También le dije que yo recordaba haber visto que la señora tironeaba algo que tenía en las faldas y yo había pensado que desplumaba a un animalito.
Cuando vino el dinero, rescaté el corazón verde y me fui a la ciudad vecina. Allí todo fue bien desde el principio y pude hospedarme en un hotel cómodo. Me habían dado una pieza con tres camas, una de matrimonio y dos de una plaza. Yo quería una pieza para mí solo y yo podía elegir la cama que quisiera. A la noche, después de una cena más bien exagerada, elegí la cama de matrimonio y puse en ella las frazadas de todas las camas. Los muebles eran de una vejez muy oscura y los espejos eran borrosos y veían mal la luz.
La tarde que di el primer concierto, tuve tiempo -antes que se cerraran los negocios- de comprar libros, lápices de colores para subrayarlos y un índice muy lindo al que después le buscaría aplicación. Apenas cené y me metí con los libros en la cama de matrimonio, pensé en el cine y no pude resistir a la tentación: me vestí de nuevo y fui a ver una película vieja en que unos enamorados se daban besos largos. Era muy feliz y no quería acostarme; fui a un café donde había un ñandú muy manso que vagaba a pasos lentos entre las mesas. Yo estaba distraído mirándolo y dando vuelta entre los dedos al alfiler de corbata cuando el ñandú vino apresuradamente hacia mí, me sacó de un picotón el corazón verde y se lo tragó. Mis ojos miraban con desesperación el alfiler bajando, como un bulto dentro de una media, por el cuello del ñandú; hubiera querido hacerlo correr hacia arriba; pero llegó el mozo del café y me dijo:
-No se preocupe.
-¡Pero, señor! ¡Si es un viejo recuerdo de familia!
-Escuche, caballero -me decía el mozo levantando una mano como el vigilante que detiene un vehículo-: el ñandú se ha tragado muchas cosas y siempre las ha devuelto. Quédese tranquilo, que mañana o pasado yo le entregaré su alfiler como si nada hubiera ocurrido.
Al otro día vi en los diarios las crónicas de mis conciertos. Pero uno de ellos traía en primera plana un título que decía: "La estadía del pianista depende del ñandú." Y el artículo estaba lleno de bromas.
Ese mismo día recibí carta de mi madre en que me decía que la mamá de Ivonne hacía cisnes de polvera, que los hacía de todos los colores y que los tironeos serían para sacar las plumitas del paquete, porque a veces venían muy apretadas.
Al otro día el mozo del café me trajo el alfiler y me dijo:
-Ya le había dicho yo, señor; el ñandú es muy serio y devuelve todo.
Para otra vez que vaya a descansar a ese pueblito de recuerdos, tal vez me encuentre con que la población ha aumentado; casi seguro que allí estará aquel diario verde y los quintillizos a quienes les pinché los ojos con el alfiler. 

Rosario Barros Peña . NARRATIVA


Nació en Valencia, España, pero desde 1942 reside en A Coruña.
En 1964 publicó la novela corta Isabel. En 1967, El sol en el asfalto; en 1969, Rapsodias, colección de relatos. Los tres títulos fueron premiados en el Concurso Literario del Cluc CCC. Colaboró en La voz de Galicia y El ideal gallego, de A Coruña, y en revistas. 
En 1974, dejó la imprenta donde trabajaba y opositó a la Seguridad Social. Estudió la carrera de Psicología, que ejerce desde 1980, sin abandonar nunca la escritura. 
Es una de las autoras del libro Atocha 17:15, también publicado bajo nuestro sello editorial.


de madrugada
La sesión infantil de los domingos empezaba a las cuatro de la tarde, solían programar películas de romanos, siempre calificadas para todos los públicos aunque estuvieran llenas de orgías, batallas y bacanales inapropiadas para nosotros. Mi padre permitía que acudiera, el Cine Santa Margarita estaba cerca de casa. Mis padres, también los domingos, iban al mismo cine, a la función de las once, en la que ponían películas no autorizadas, altamente peligrosas según la calificación moral, como "Un tranvía llamado deseo", donde yo no solía ver nada de malo. Y cada domingo surgía el mismo problema. ¿Qué hacer conmigo? Mi padre quería dejarme en casa, porque decía que ver dos películas el mismo día podría dejarme ciega antes de la adolescencia.
Mi madre prefería tenerme a su lado, pues si quedaba sola en casa y me asesinaban, entonces también había asesinos, no llegaría a la adolescencia y no necesitaría la vista para nada. Mi madre ganaba y mi padre iba siempre enfadado. Mi amiga Lucía, que era dos años mayor que yo, decía que era porque así no podía hacer cosas con mi madre en el cine, pero nunca me explicó qué cosas. Cuando yo era niña, si me daba el sueño antes de cenar, mi padre me mandaba dar una vuelta por el pasillo. Eso me enfurecía, pero, me levantaba obediente y, alguna vez, seguía durmiendo mientras caminaba.
Ahora, cuando observo a mi padre frente al televisor, viendo tres y cuatro películas diarias, amén de programas informativos, cotilleos del corazón, telediarios y demás, me dan ganas de restringirle el espectáculo en defensa de su visión. Y cuando lo veo dormitar, antes de cenar y después de la cena, siento deseos de enviarlo a dar una vuelta por el pasillo. Pero, no lo hago. No podría decir en qué momento se hizo el cambio y pasé de protegida a protectora, pero sucedió, y nunca pensé pasar factura por las frustraciones acumuladas en mi niñez. Muchas veces me he preguntado por qué sigo en esta casa, pegada a los míos como si no fuese capaz de vivir mi propia vida. Pero no tengo una respuesta. Es demasiado complejo.
Mi padre había deseado un chico. Nunca he visto una persona tan machista como él. Sería feliz teniéndonos a mi madre y a mí encerradas en casa, a poder ser en la cocina, haciendo ·"nuestras labores", como entonces se decía, pero las circunstancias le obligaron a contar con nuestro esfuerzo para sacar la casa adelante. Y lo tuvo. Mi madre también era machista. Con una diferencia, quería que yo estudiase, para que no tuviese que ponerme colorada, como ella, cada vez que tenía que echar una firma en público. Yo no hice nunca la guerra de los sexos. Creo firmemente en el concepto de persona y me gustó asumir responsabilidades como tal, tanto en la familia, como en el trabajo. Quizás fue eso lo que me hizo quedarme con ellos, o quizás me ocurrió lo de aquel pez que, cuando nació, se vio demasiado pequeño para sobrellevar los riesgos de un entorno hostil y se refugió en una cueva, suficiente para vivir con holgura y apropiada para que los enemigos no pudiesen invadirla. Creció alegre y feliz y, cuando se sintió fuerte para salir a comerse el mundo, o sea, los peces más pequeños que él, vio que no cabía por el hueco por donde había entrado.
Es posible que yo también esperase demasiado, pero me llevó mucho tiempo tratar de ser el chico que mi padre deseaba, trabajando, en casa y fuera de ella, tomando decisiones, apoyando sus iniciativas y la niña que a mi madre le gustaba, siendo buena estudiante, bordando mantelerías, preparando bacalao al ajoarriero, empanadas de bonito y yemas de Santa Teresa. Cuando pensé que había cumplido sus expectativas, creí que era el momento de ser yo misma. Deseaba más que nada ser periodista. Sin comentarlo en casa, gestioné un trabajo en Madrid, estudié las posibilidades universitarias y la fusión de ambas ocupaciones. Y me salieron las cuentas. Lo dije en la mesa: "El próximo curso". Casi nunca me escuchaban, pero, de pronto tenía cuatro ojos fijos en mí. "Me voy a Madrid. Quiero estudiar Periodismo". Lo dije de carrerilla y creo que cerré los ojos para no ver sus miradas. He visto muchas veces el chantaje económico en las películas y resulta cruel que un criminal pueda condenarte al miedo para siempre por culpa de un error o un mal momento. Pero, creo que es mucho más cruel el chantaje emocional. El que llevan a cabo las buenas personas, los buenos padres, cuando te dicen: "Moriremos solos. No nos merecemos esto, después de lo que hicimos por ti". Eso hicieron ellos. Los llantos a escondidas. Los suspiros profundos. Los "déjalo como está, total para dos viejos solos". Y no eran viejos. Ni estaban solos, que la familia los rodeaba, y los vecinos, e infinidad de amigos.
Me equivoqué. No debí de haber cedido, pero lo hice y me quedé a su lado, encerrada en una jaula que aparentaba ser de oro. Tenía una puerta que podía abrir sigilosamente en ocasiones. Entonces viajaba. Mis amigos me desconocían, porque no sabían de mis ansias de libertad. Mi padre es fuerte físicamente, menos fuerte en lo emocional. Mi madre fue siempre todo lo contrario. Delicada, se apagó muy poco a poco, perdiendo facultades, dejando de caminar, de ver, de moverse. Entonces, la puerta de mi jaula se cerró. Ya no podía viajar, solo soñar y llorar de impotencia y de soledad. A ella la sostuvo muchos años la voluntad, el deseo de vivir y su veneración por mi padre. "No lo dejes nunca solo". Continuaba el chantaje, pero ya no era necesario. Había asumido el papel de hija protectora y lo representaba mecánicamente.
Cuando mi madre murió, temí por él. Lloramos juntos su ausencia y nos consoló saber que habíamos intentado hacerla feliz hasta el último momento. Nos dejó sin avisar, en un instante la poca luz que conservaban sus ojos se apagó estando los dos a su lado. Fue un consuelo. Ahora mi jaula ni siquiera tiene puerta. ¿Por cuánto tiempo? Me angustia pensar que el día en que él muera recobraré la libertad. Es un precio demasiado caro. Además, ¿seré capaz de usarla? Está el telediario. Desde Afganistán crónicas de guerra. Podía estar allí con un micrófono en la mano, o en una redacción investigando la noticia. Podría, pero ya no. "Papá, vámonos a dormir. Te va ha hacer daño a la vista ver tanta televisión". Él sonríe.
Alguna vez me dice: Estoy contento de haber llegado a viejo y haber tenido una buena vida. Pero nunca, nunca, me da las gracias.




PRÓSPERO MERIMÉE - NARRATIVA


PRÓSPERO MERIMÉE

novelista y ensayista francés (París, 1803 – Cannes, 1870). Realizó estudios de Derecho, y alternó sus funciones en el ministerio de Comercio con los salones literarios. Entre sus obras hay narraciones de ambiente español e históricas, pero lo más valioso de su producción lo constituye sin duda el conjunto de sus relatos, entre los que se destacan: Mateo Falcone (1833), El jarrón etrusco (1840) y, sobre todo, Carmen (1845), novela de la que saldría la conocida opera homónima de Bizet y que fuera llevada al cine con el mismo nombre.

La Perla de Toledo (Imitación de lo español)

¿Quién me dirá si el Sol es más bello en el amanecer que en el ocaso? ¿Quién me dirá del olivo y el almendro cuál es el más bello árbol? ¿Quién me dirá entre el valenciano y el andaluz cuál es el más bravo? ¿Quién me dirá cuál es la más bella de las mujeres? « Yo os diré cuál es la más bella de las mujeres: es Aurora de Vargas, la perla de Toledo ».
El Negro Tuzani ha pedido su lanza, ha pedido su escudo: su lanza, la coge con su mano derecha; su escudo pende de su codo. Desciende a su caballeriza y considera a sus cuarenta jumentos, uno detrás de otro. Dice: « Berja es la más vigorosa : sobre su larga grupa traeré a la perla de Toledo, o, por Alá, Córdoba no volverá a verme jamás. »

Parte, cabalga, llega a Toledo, y encuentra a un anciano cerca de Zacatín. « Anciano de la barba blanca, lleva esta carta a don Guttiere, a don Guttiere de Saldaña. Si es hombre vendrá a combatir contra mí cerca de la fuente de Almami. La perla de Toledo debe pertenecer a uno de nosotros. »
Y el anciano ha tomado la carta, la ha tomado y la ha llevado al conde de Saldaña, cuando jugaba al ajedrez con la perla de Toledo. El conde ha leído la carta, ha leído el desafío, y con su mano ha golpeado la mesa tan fuerte que todas las piezas se han tumbado. Y se levanta y pide su lanza y su buen caballo; y la perla también se ha levantado toda temblorosa, pues ha comprendido que él iba a un duelo.
« Señor Guttiere, don Guttiere Saldaña, quedáos, os lo ruego, y jugad otra vez conmigo.- No jugaré más al ajedrez; quiero jugar el juego de las lanzas en la fuente de Almami. » Y los lloros de Aurora no pudieron pararle, pues nada para a un caballero que acude a un duelo. Entonces, la perla de Toledo toma su manto, monta sobre su mula y se dirige la fuente de Almami.
Alrededor de la fuente la hierba está roja. Roja también está el agua de la fuente; pero no es ni una pizca de sangre de un cristiano la que enrojece la hierba, la que enrojece el agua de la fuente. El Negro Tuzani está acostado sobre su espalda: la lanza de don Guttiere se ha quebrado en su pecho : toda su sangre se pierde poco a poco. Su jumento Berja le mira llorando, pues ella no puede curar la herida de su amo.
La perla desciende de su mula : « Caballero, tened buen ánimo : viviréis todavía para casaros con una bella mora, mi mano sabe curar las heridas que hace mi caballero.- Oh perla tan blanca, oh perla tan bella, arranca de mi seno este trozo de lanza que lo desgarra ; el frío del acero me hiela y me atiere. » Ella se ha acercado sin desconfianza; pero él ha reanimado sus fuerzas, y con el filo de su cimitarra señala este rostro tan bello.
(Trad. Eduardo Gutiérrez López)

Maria Marta Guzzetti - NARRATIVA




Grabadora, pintora,ilustradora y escritora. Nació en Buenos Aires, Argentina. Ha vivido y trabajado en Perugia, Italia, en Dublín, Irlanda y en Madrid. Desde agosto del 2004 reside y tiene su taller en Barcelona. Poseen obras suyas colecciones privadas de Argentina,Bélgica,España,Francia,Italia,Irlanda, Noruega, Suecia y USA. Estudios y cursos . Escuela de Bellas Artes “Manuel Belgrano” ,Buenos Aires- Maestra de Artes Visuales . Escuela Superior de Bellas Artes, Prilidiano Pueyrredón, Buenos Aires- Especialización en Pintura . Cursos de: Cerámica y Esmaltes. . Cursos de Escenografía y Diseño de vestuario . Accademia di Belle Arti, “Pietro Vanucci”, Perugia, Italia. Corso libero del nudo y actualización en Técnicas modernas de Grabado con la artista holandesa Wilma Lock

Tres palabras 

“Sos un flan”. Esas tres palabras se repetían y resonaban en su cerebro mientras se afeitaba y luego en la espera del andén. Las recordaba mientras atendía los rostros de esos seres desconocidos o apenas conocidos que pasaban detrás de la ventanilla de la caja.
Al mediodía, se sentó a la mesa de siempre, comió mas o menos lo mismo de todos los días, pero al llegar el momento de elegir el postre, lo pidió : “un flan”. Y cuando el camarero lo puso frente a él, comenzó a deshacer con la cucharita esa masa blanda y porosa para saber si esas tres palabras eran un insulto o un reconocimiento.
“Parece sangre marrón”, pensó mientras apartaba el plato de vidrio que aún tenía restos de caramelo oscuro.
El lo había sabido desde un principio: cuando Nelly comenzó a hacerse la dormida por las noches, o cuando no se levantó más para prepararle el desayuno y charlar un rato con él antes de salir para el trabajo. Comprendió que había otro. Pero “el otro” dejó de serlo muy pronto, porque el nombre se repetía como por casualidad en las pocas conversaciones cotidianas.
La tarde anterior había llegado temprano a sabiendas y enfrentó la cara de Mario, Mario, el de toda la vida, el que lo defendía del gordo Díaz, el que le pedía los deberes cuando faltaba, el que le ganaba a las bolitas pero le perdonaba aquella, tan bonita, color verde tornasol.
Después se sentó en un banco de la cocina, esperando que se vistieran, mientras escuchaba las voces murmurando y los rumores apresurados de telas, cierres y tacos en el suelo. Y recordaba que Mario siempre le había presentado a sus amigas, y también a su primera novia. El siempre estaba allí para ayudarlo a vencer la timidez. “Pero no a Nelly”, hubiera querido poder decirle. “A ella no, Nelly era sólo mía”.
Luego Mario se fue y Nelly se sentó frente a él y le dijo: “¿qué pensás hacer ahora?”. La pregunta llegó desafiante y lo hizo sentir débil, pequeño.
“No lo sé. Dejáme pensar un poco.”
Entonces, esas tres palabras salieron de la boca de Nelly y se le incrustaron en la memoria.
No pudo desviar su mente de ese disco rayado durante el resto del día y sin saber que hacer decidió volver a casa como siempre.
Le pareció escucharlas nuevamente en su cabeza antes de cruzar la calle, justo en la esquina de su casa: “sos un flan”, “sos un flan”. Y el golpe lo sorprendió pensando que sus huesos parecían blandas masas porosas que se deshacían, mientras la sangre marrón salpicaba la vereda.