cosas que pasan
Que la cosa iba a venir fea ya me pareció
cuando íbamos a caballo por el Paso de las Yeguas y el Luícho me llevó hasta
una gran cruz de fierro. Por acá puede aparecer un camposanto en cualquier
lado, rodeado de alambre de cinco hilos y con sepulturas enrejadas, pero esta
cruz era muy grande y estaba sola. Ahí el Luícho me contó la historia de hace
muchos años, cuando casi nadie hablaba castellano y el que no entendía guaraní
que se joda. En ese lugar habían muerto dos. La madre que se metió al medio en
un duelo a cuchillo se llevó la primera puñalada, y como tenía agarrado al hijo
para sacarlo, el mencho también recibió el cuchillo entre las costillas. Dicen
que cuentan que el que los mató saltó a caballo y no paró de galopar hasta el
río. Por ahí cruzó a Brasil con los contrabandistas.
Así íbamos al paso a las casas mientras
bajaba el sol.
Después de comer, con un par de vasos de vino
apenas frío (las heladeras a kerosén enfriaban a medias) seguimos hablando de
cosas raras sentados en la cola’e pato, esa parte de la galería de techo de
paja que sobra unos metros después de las casas, para mantener el frescor.
Es tradición darle duro a los aparecidos y
cuentos por el estilo para meterle miedo a los de afuera, pero no me sentía tan
emocionado. En realidad trataba de explicarme cada sucedido y buscarle la
vuelta para no dejarme asustar. Pero cuando nos acordamos que había que ir a
echar la cadena y el candado a la tranquera grande, sorteamos y me tocó a mí,
mientras el Luícho se reía burlonamente.
“Ahora te quiero ver” decía esa risa.
En el piquete junto al galpón siempre se
guarda un caballo con la cabezada puesta, sin enfrenar pero atado con el
cabresto, que se usa a la mañana para buscar los montados de trabajo o por
cualquier urgencia durante la noche. Le puse el recado y enfilé por el camino
medio despacio, no pensara el Luícho que andaba con la cola entre las piernas.
Atrás iba achicándose poco a poco el “sol de
noche” y adelante cada vez más negro. Por suerte había algo de luna y el cielo
se recortaba con las ramas de ñandubay, de sarandí y otros árboles del monte,
si no me hubiera sacado un ojo. A los costados se veía el alambrado con algunas
varillas pintadas de blanco pero el camino parecía que a los veinte metros caía
en un agujero sin fondo. Mientras me alejaba de las casas iba acortando el paso
del Tostado, un caballazo grandote que usábamos para tirar la tumbera. Muy
seguro y de fiar el Tostado, una vez que tuve que tirarme para que una rama no
me arrancara la cabeza, se frenó en seco y me esperó hasta que pude montar de
nuevo. A las víboras las presentía, capaz de pegarse una vuelta casi encima,
sin tocarla y bufando como si avisara.
El primer sustazo me lo llevé cuando salió
delante nuestro un dormilón, de golpe como suelen hacerlo, por algo les decimos
“dormilones”. Pero no era nada, uno los conoce y está acostumbrado. Era justo
la hora que estalla en todo el estero el coro de ranas y sapos. Miles o cientos
de miles, qué se yo. Ranas, ranitas de los árboles, sapo toro, cururuses, sapo fraile,
de todo. Igual pude escuchar unos aplausos entre las ramas del monte y un
reflejo que aparecía y desaparecía me puso un poco nervioso.
Uno va a cazar de noche, o a pescar, pero
siempre con alguien, entonces comenta qué puede ser eso que anda entre los
árboles, o qué es esotro que se escucha medio lejos. Algunos zorros, pájaros
asustados, bichos que se comen a otros bichos. Pero solo la cosa es distinta,
es más bravo. Así que empecé a conversar con el Tostado. Ésos son ñacurutuses,
le decía por lo gris de las apariciones. Esos otros son murciélagos, por las
manchas negras que rayaban el poco relumbrar de la luna.
Hasta que de reojo la vi. Juro que la vi.
Justo en el momento que la vi, un yacïyateré se me rió con todo el pico y batir de alas
desde una isleta que creo que eran guayabos.
Faltaban como mil metros para la tranquera, y
encima después volver. Me agaché a galopar, ya quería cerrar el candado y
volver volando, pero eran mil metros eternos. Y ella me seguía. Blanca y
erguida siempre un poco más adelante, casi a la altura de mi cabeza.
Confieso que no quería mirarla. Digo, quería
y no quería, o no me atrevía.
Allá atrás otra carcajada del yacïyateré me
dio más rabia que susto.
Como será que nunca lo había contado.
Llegamos a la tranquera, casi me tiré del
caballo que apenas até al alambre y cuando corría empujando para cerrar el
pesado marco de troncos me la encontré de frente. Justo del otro lado del
alambre, donde estaban la cadena y el candado.
La cosa blanca, grande y difusa frente a mí
se agitó y me dijo: “Muuu”.
Una vergüenza. Nunca lo había contado antes,
de pura vergüenza. El fantasma que me seguía era la carota de una vaca pampa.
Cualquiera sabe que el ganado pampa es colorado o negro con la carota blanca,
pero… ¿Quién iba a ver el resto de la vaca en lo oscuro? Dígame, ahora que
somos hombres grandes. ¿Quién iba a ver que era una vaca?
Eso sí, otra noche vimos que el ombú
gigantesco donde había restos de una tapera se iluminaba hasta la punta de la
copa, pero fuimos a ver de día y con perros, porque allí habían matado al
mercachifle. Y algunas cosas son raras. ■
Magnífico relato. El narrador acrecienta el suspenso con los seres de la naturaleza guaranítica que acompañan al personaje y lo sostienen. En la noche del campo, el hombre mismo es un aparecido para esos seres.
ResponderEliminarAplausos, Gerardo Pennini.
Celia.
Gracias Clara!
EliminarMuy bueno tu relato Gerardo. Pareces un conocedor de la vida rural.
ResponderEliminarTres reflexiones : Por un lado el pensamiento mágico que ha acompañado al hombre desde el principio de la humanidad,y que es patrimonio de todas las clases sociales , aunque algunas , por cierto lo9 nieguen : yo ne creo en las brujas , pero que las hay , las hay.
Por otro lado el poco interés que provocan estos relatos ambientados en esta zona. Parecería que Dios , aun atiende en Buenos Aires.
Ademas entre los escritores es muy común que se apueste a la Revolución agraria ¿con quienes la harán ? me pregunto ¿con el hombre urbano?
Finalmente se lo critica a Borges porque tiene un pensamiento europeizante - dicen - yo me pregunto , no es una característica del argentino mirar " hacía afuera" ?
Gracias Gerardo , yo he conocido de cerca la gente del campo y he observado que son más corazón que cerebro.
Mis afectuosos saludos.
amelia
Lograda ambientación y creación de clima alrededor de las tradiciones e historias de miedo, populares en nuestro campo argentino.
ResponderEliminarUna maravilla su lectura.
Felicitaciones al autor.
MARITA RAGOZZA
Suspenso resuelto de manera magnífica, un auténtico paseo al misterio, muy bueno, como siempre. Carlos Arturo Trinelli
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