Vera Giaconi *
Aparecida
Le hicieron uno
de esos test imposibles, de esos en los que no se puede adivinar la relación
entre lo que están preguntando y lo que intentan saber. Ana respondió, una nena
con una pulsera de plástico robada, a mi madre, nafta, un bosque visto desde
abajo, todos los días, tres veces al día, palomas, la mayor, padre y un
hermano, jazmines, como una esponja, coágulos, trece veces siete, perlas,
amarillo, dolor, ninguna, perros blancos, el estómago, a los treinta, mis
orejas, los hombres lampiños, el papel celofán, verano. Y así dos horas. No
recordaba cada una de las preguntas, pero sí todas sus respuestas.
Una semana antes
ya había elegido la ropa que iba a usar para la consulta. Nada era nuevo, pero
todo estaba recién lavado y planchado. La remera violeta con vivos verdes, la
pollera blanca de lino, las sandalias de cuero crudo, el pañuelo verde. Había
pensado usar el collar de cuentas de vidrio, pero a último momento eligió el de
perlas blancas. A veces pensaba que ese collar le traía suerte, aunque no
insistía mucho con esta idea para no echarla a perder o para no desengañarse.
Cuando repartieron las cosas de su madre fue lo único que agarró sin pedir
permiso, y sin culpa, como si estuviera recuperando algo que siempre había sido
suyo.
Salió de la casa
un par de horas más temprano. Había decidido desayunar afuera, en algún café
cerca de la clínica. Pasaba tanto tiempo encerrada que al salir se convertía en
esponja y lo que absorbía le resultaba imposible de clasificar, como si todo
fuera nuevo y demasiado intenso. Le llevaba un buen rato aclimatarse y regular
el pulso y la respiración como le habían enseñado. Esa mañana tenía que entrar
a la clínica sintiéndose tranquila y confiada. Esa mañana en especial tenía que
controlarse.
Hacía mucho
calor y el cielo parecía una gran sábana limpia extendida sobre la ciudad. Ana
eligió un café enfrente de la plaza, una mesa en la vereda, a pleno sol, y un jugo
de naranjas.
Apoyó la cartera
en su falda, se ató el pelo castaño en un rodete que incluso recién hecho
parecía a punto de desmoronarse y alzó la cabeza para mirar al mozo a los ojos
mientras le servía el pedido.
–¿No quiere una
mesa a la sombra? –preguntó él.
–Ana.
–¿Perdón?
–Mi nombre: Ana.
–Ana.
–¿Perdón?
–Mi nombre: Ana.
El hombre sonrió
y bajó la vista.
–¿No prefiere
esa mesa, Ana?
–¿Cuál?
–¿Cuál?
El mozo señalaba
una mesa apartada, protegida del sol por una gran sombrilla de madera y lona
blanca.
–Es una linda
mesa, pero acá estoy bien. Gracias.
El hombre se
retiró con una media reverencia y Ana se felicitó. Había conversado con un
extraño, había estado atenta y educada, y no tenía ganas de llorar. Era un buen
comienzo. Se llevó una mano al collar de perlas y deslizó la mirada por las otras
mesas.
Había una
pareja, un hombre y una mujer más o menos de su edad. Ella hablaba sin hacer
una pausa. Transpiraba mucho. Tenía un vestido azul de mangas cortas y cuando
se inclinaba hacia adelante se le veía una mancha de sudor en la espalda. Él
permanecía en silencio y sin mirarla, se rascaba una oreja de forma compulsiva,
como si fuera un tic nervioso. Ana no alcanzaba a oír pero hubiera podido
apostar que no estaban discutiendo, sino hablando de algo que los ponía muy
incómodos. Tenían que tomar una decisión o acababan de enterarse de algo y
estaban tratando de asimilarlo. Cada uno a su manera. Ana pensó que la
estrategia de él era la mejor: silencio y reflexión. Ella, en cambio, cuando
terminara de hablar iba a seguir igual de confundida.
Sentada frente a
ella había una mujer de unos setenta años que ocupaba con dignidad el pequeño
círculo de sombra bajo la sombrilla. El pelo blanco iluminaba un rostro de
facciones dulces: la nariz pequeña, los ojos sin maquillar y de largas
pestañas, los pómulos firmes a pesar de la edad. Parecía acostumbrada a estar
sola. Era una mujer elegante. Ana admiraba la elegancia porque la consideraba
un don, una forma visible de la sabiduría.
Un caniche
blanco dormía bajo la silla de la mujer, que tomaba el té de a pequeños sorbos
y no levantaba la vista de un libro de tapas azules que sostenía a cierta
distancia. No pudo ver qué leía, pero le hubiera gustado que fuera una novela
romántica, de esas que tienen largas escenas eróticas en las que nunca se
mencionan más que cuellos, muslos y labios palpitantes. El sexo húmedo de una
mujer de setenta años, en eso estaba pensando Ana al verla. La mujer tenía una
blusa de seda blanca y una pollera larga también blanca estampada con florones
púrpuras. El ruedo se agitaba por la brisa, rozando la cabeza del caniche, pero
nunca tocaba el piso. Era como si los dos flotaran.
Por un momento
se imaginó que ella era la mujer, que se excitaba en público leyendo ese libro
de tapas azules y que en algún momento se pondría de pie, indiferente a todos,
para volver a su coqueto departamento de cuatro ambientes, plagado de libros y
plantas y vajilla importada y muebles de estilo, seguida por el caniche.
Imaginó que tocaba bien el piano, y que tenía el hábito de escribir cartas a
los diarios, y que los fines de semana paseaba con sus amigas, y que una
empleada tan fiel como el caniche la mantenía a salvo de preocupaciones menores
como el polvo, la comida o el teléfono.
Le hubiera
gustado que fuera una vieja tía de la familia, alguien a quien visitar y de
quien recibir consejos. Con verla, podía estar segura de que era la clase de
persona que considera que todos se hacen demasiado problema por nada. Que se
reiría de sus miedos pero sin humillarla, sino ayudándola a ponerlos en
perspectiva, que era lo que se suponía que debía aprender a hacer sola. Que
sería alguien con quien podría hablar de su madre y recordar los momentos
buenos, porque una mujer así no querría saber nada del accidente, no mostraría
ningún interés por las armas y no le dejaría ni un resquicio para pensar en la
culpa. Sintió el impulso de conversar con ella. Lo pensó bien, y estuvo casi
segura de que esa no era la clase de impulso que le aconsejaban evitar. Ana
levantó una mano. Esperaba llamar la atención de la mujer y, si tenía suerte,
invitarla a compartir su mesa.
–¿La cuenta?
–preguntó el mozo, que se había quedado cerca sin que ella lo advirtiera.
Ana miró la hora
y aceptó la sugerencia.
Hasta entonces
no había sentido el calor, pero el camino hasta la clínica se le hizo largo y agobiante.
Con cada paso que la alejaba de la mujer del caniche perdía un poco de la
serenidad que había conquistado. Sin embargo, justo antes de entregarse a la
puerta giratoria de la clínica respiró hondo y pudo sentir algo de confianza y
cierto sentido del autocontrol.
En la recepción,
como siempre, anotaron sus datos en una planilla que tuvo que firmar y le
pidieron que tomara asiento unos minutos, que enseguida alguien la iba a
acompañar hasta el salón de la entrevista. Hacía tres años que había empezado
todo, y desde hacía tres años
Ana había pasado
por diferentes salas y consultorios donde le habían hecho tantos estudios como
interrogatorios, consultas, pruebas, sesiones, tests, cuestionarios, exámenes,
análisis. Ana tenía un nombre para cada una de esas visitas, pero los de la
clínica les decían a todas de la misma forma: entrevista.
Unos minutos
después, un hombre mayor al que alguna vez había visto acomodando sillas en
alguna sala de terapia grupal o cerrando las cortinas de un cuarto vacío, la
condujo en silencio hasta la puerta de un salón. El lugar era amplio y
luminoso, en el centro había una mesa larga y tres sillas. Una silla era para
ella, la otra para quien la entrevistara. Se preguntó quién ocuparía la
tercera.
–Enseguida la
atienden –dijo el hombre, que dio media vuelta y cerró la puerta con un golpe
seco.
Nunca había
estado en ese salón de la clínica, ni siquiera sabía que tenían salas tan
grandes, y era la primera vez que había más de dos sillas. En la mesa vio las
carpetas rotuladas con su nombre y apellido y el número de su historial: Ana
Suárez, 2787. Escrito así, con esa letra brusca y cuadrada, en marcador negro
indeleble, su nombre, que siempre le había resultado soso, le pareció menos un
nombre que una clasificación tan impersonal como un diagnóstico. De los números
nunca había pensado nada hasta que su hermano, que durante el primer año la
acompañaba a todas las entrevistas, le había dicho que en la lotería y los
sueños el 27 era el peine y el 87 los piojos. Dijo: “¿Ves? Uno saca al otro, se
complementan y se anulan. Números interesantes”. También le dijo que tenía que
agradecer que hubiera tantos sietes, porque el siete era un buen número. Ana
comentó esto al pasar durante alguna entrevista, ya no recordaba cuándo ni cómo
era la persona que la estaba interrogando, pero esa persona, casi estaba segura
de que era un hombre, le había preguntado si ella sabía el significado del
siete. Por supuesto que Ana sabía que el siete era el revólver y sabía también
que era un número mágico con demasiados significados como para responder a esa
pregunta sin equivocarse. Por eso solo dijo “no, no sé”, y el hombre le
preguntó si creía que el siete era un buen número. Ella solo podía pensar en el
revólver. Una tía de Ana había perdido una pierna cuando se le disparó el arma
que estaba limpiando. A un viejo primo de su padre le habían cobrado una deuda
de juego con dos tiros, uno en cada mano. Su mejor amiga de la infancia murió
por una bala perdida durante una fiesta de fin de año en el campo de sus abuelos.
Además estaba su madre. Adentro de esa clínica, Ana nunca volvió a decir nada
para cubrir algún bache en la conversación o para parecer agradable.
La puerta se
abrió de un golpe y entró una mujer gruesa, cargada con más carpetas, una
botella de agua mineral y un gran portafolio negro. El pelo teñido de rojo
intenso le daba aspecto de muñeca vieja. Rengueaba. Ana se preguntó si caminaba
así por algún defecto de nacimiento, porque se había lastimado o por las
sandalias, que le quedaban demasiado justas. Tenía los pies hinchados y bajo
las tiras de cuero la carne estaba poniéndose morada.
–¿Estás cómoda?
–preguntó la mujer mientras se sentaba. Tenía una voz como ronroneo de gato y
los dientes amarillos.
–Estoy bien, sí, gracias.
–Estoy bien, sí, gracias.
La mujer dejó
sobre la mesa la botella de agua, dos vasitos de plástico, las carpetas, un
abanico, una lapicera, una hebilla para el pelo, los anteojos de sol y el
portafolio. Dos veces había tenido el impulso de apoyar en la tercera silla el
portafolio y dos veces había reprimido ese reflejo. Incluso antes de sentarse
había acercado la tercera silla unos pocos centímetros. Aunque Ana estuvo
tentada de preguntar si esperaban a alguien más, se esforzó no solo por no
hacer la pregunta sino por actuar con indiferencia. No estaba dispuesta a caer
en la trampa de la tercera silla. No, la silla no era su problema, es más, si
se sumaba alguien a la entrevista, bienvenido, así Ana tendría dos rostros y
unas cuantas expresiones más para interrogar cada vez que diera una respuesta o
cuando se quedara pensando.
La mujer sirvió
agua en los vasitos y le acercó uno.
–Hace calor,
¿no?
¿Habían empezado? ¿Esa pregunta era parte del test?
–Hace, sí. Pero estoy bien.
–Odio esta ciudad en enero. No hay dónde meterse. ¿Viste que el calor es como pegajoso acá? Un asco.
–Sí, el calor es bravo –dijo Ana, sin demasiada convicción.
¿Habían empezado? ¿Esa pregunta era parte del test?
–Hace, sí. Pero estoy bien.
–Odio esta ciudad en enero. No hay dónde meterse. ¿Viste que el calor es como pegajoso acá? Un asco.
–Sí, el calor es bravo –dijo Ana, sin demasiada convicción.
La mujer abrió
el abanico. El aire revolvió el pelo rojo que le enmarcó la cara como un aura
de luz. Miró un instante por encima de los hombros de Ana, que le daba la
espalda a la puerta, y abrió la primera de las carpetas, la rosada, mientras
balbuceaba el nombre de la paciente y el número de historial.
–¿Con la
medicación vas bien?
No sabía que
hablarían de eso. No había traído las fichas, ni su agenda, ni siquiera tenía
el blíster. Justo antes de salir había sacado el blíster de pastillas de su
bolso y lo había dejado sobre la mesada del baño. Le había parecido un mal
augurio ir a la entrevista con las pildoritas rojas encima. La mujer esperaba
una respuesta mirándola fijamente. ¿Tenía los ojos verdes, grises?
–La medicación
bien, sí.
–Acá dice que fuiste al control hace dos semanas.
–Acá dice que fuiste al control hace dos semanas.
Ana asintió.
–Te cambiaron la
dosis.
–Sí.
–La subieron.
–Ajá.
–¿Y todo bien?
–Bien, sí.
–¿Y las salidas?
–Tranquila.
–¿Domís bien?
–Sí, muy bien, gracias.
–No hay que ajustar nada, entonces.
–No.
–Sí.
–La subieron.
–Ajá.
–¿Y todo bien?
–Bien, sí.
–¿Y las salidas?
–Tranquila.
–¿Domís bien?
–Sí, muy bien, gracias.
–No hay que ajustar nada, entonces.
–No.
La mujer
extendió un brazo para apoyarlo sobre el respaldo de la silla vacía y quedó a
la vista un lamparón de sudor en su blusa azul.
–Es de locos el
calor acá adentro. Voy a ver si nos consiguen un ventilador, algo.
La mujer salió
del salón en tres zancadas. Era robusta; alta y fuerte. Fuerte como una burra,
pensó Ana y no se rio por miedo a las cámaras. Estaba convencida de que en un
lugar así tendrían cámaras de vigilancia por todas partes, aunque nunca había
podido descubrirlas, por eso reprimió el impulso de girar la carpeta rosada y
leer algo de todo lo que habían escrito sobre ella tantos médicos distintos,
todos tan distintos entre sí. En cambio, se detuvo en el portafolio de la
mujer, que había quedado abierto, tumbado sobre la mesa, y vio un atado de
cigarrillos, cinco o seis cajas de remedios (uno era el que ella tomaba a la
mañana), un cuaderno de tapa azul con lunares blancos, un llavero en forma de
corazón que decía Jorge en letras doradas (¿un hijo, el
marido?). También vio un paquete de pañuelos descartables y un estuchecito de
esos en los que se guarda el maquillaje.
–Acá si no lo
hace uno, no lo hace nadie –dijo la mujer al regresar, mientras arrastraba un
gran ventilador amarillo hasta el centro del salón para enchufarlo usando un
alargue que traía enroscado en el brazo derecho.
El ventilador
hacía un ruido imposible. Ana sintió que las aspas se saldrían de la carcasa y
se convertirían en manos de uñas afiladas que agarrarían el pelo rojo de la
mujer y lo extenderían como si fuera una larga, larguísima alfombra sobre la
que tendría que caminar quien llegara a ocupar la tercera silla.
La mujer
entrecerró los ojos.
–Ahora está
mejor –dijo–. ¿No te parece?
Ana respiró
hondo, como practicaba cada mañana, y trató de reemplazar en su cabeza el ruido
del turbo por la imagen de la anciana del caniche. La imaginó sentada en el
balcón de su departamento, con un espejito de mano y una pinza, depilándose las
cejas bajo la luz del mediodía. Con gusto la habría ayudado, habría hecho eso y
después le habría peinado el pelo blanco con un cepillo de cerdas blandas, y le
habría preparado algo liviano para almorzar y después, a la hora de la siesta,
se habría ocupado de atender los llamados y anotar todos los mensajes con su
letra pulcra y pareja, una letra que habría aprendido a hacer imitando la de la
mujer, como alguna vez había aprendido a imitar la firma de su madre. Ana era
buena para esas cosas.
–¿Más agua? –Con
la botella medio inclinada sobre el vaso de Ana, la mujer la miraba como si
necesitara verla más de una vez para realmente dar con su cara, con su
verdadera cara.
–No, gracias.
–No, gracias.
La mujer llenó
su vaso y lo vació de un solo trago mientras se secaba el sudor de la frente
con un pañuelito descartable.
Ana escuchó el
ruido de la puerta al abrirse y buscó la reacción de la mujer, pero actuaba
como si la estuvieran manejando con algún comando a distancia y acatara solo
una orden a la vez. Primero había sido combatir el calor. Al parecer, su única
preocupación ahora era el agua. Podía llegar la tercera persona, ocupar la
tercera silla y la mujer quizá ni siquiera giraría para verla. Ana le sostuvo
la mirada y sonrió como se le sonríe a una cuna vacía.
–¿Su nombre?
–preguntó Ana.
En ese momento
Ana tenía dos objetivos: el primero era tomar desprevenida a la mujer para ver
si a pesar del comando aún era capaz de responder a estímulos normales y el
segundo era advertir al que acababa de llegar que tendría que presentarse.
La mujer hojeó
la carpeta rosada antes de responder:
–Lucía Carrasco.
–¿Doctora Lucía Carrasco?
–Licenciada.
–Licenciada Carrasco –repitió Ana, paladeando ese nombre que no tenía gusto a nada.
–¿Doctora Lucía Carrasco?
–Licenciada.
–Licenciada Carrasco –repitió Ana, paladeando ese nombre que no tenía gusto a nada.
La mujer
responde bien, pensó Ana, no va a ser muy difícil. Entonces escuchó pasos.
Parecían la clase de sonido que siempre le decían que debía ignorar: un eco
tenue les daba más cuerpo que a los demás sonidos y los colocaba en primer
plano. Pero mientras la mujer escribía algo en la última hoja de la carpeta,
una hoja hasta ese momento en blanco, Ana se dio vuelta para mirar hacia la
puerta, que descubrió entreabierta. La mujer no lo había notado, porque en ese
momento, y sin levantar la vista de sus anotaciones, dijo:
–¿Te parece que
arranquemos?
Sí, a Ana le
parecía bien, pero no lo dijo, porque era su madre quien estaba de pie junto a
la puerta preguntándole si se sentía mal y Ana quería decirle que no, que no se
sentía mal, y no supo elegir una frase con la que contestarles a las dos al
mismo tiempo.
–¿Ana?
–preguntaron a coro.
La voz de la
mujer era un poco más ronca que la de su madre, que era grave pero limpia.
Su madre estaba
hermosa. Era un placer verla, siempre era un placer verla caminar, verla
reírse. Era como una campanada sonando en un gran vacío. Se le ocurrió que
quizá la tercera silla fuera para ella, que en la clínica sabían que su madre
aparecería, o que lo habían preparado así como parte del estudio. ¿Eso era
parte del estudio? Ana suspiró y giró en su lugar para encarar a la mujer del
pelo rojo.
–Estoy lista.
–¿Cuál es la primera imagen de vos que se te viene a la mente?
–¿Cuál es la primera imagen de vos que se te viene a la mente?
Su madre, que
ahora estaba de pie detrás de la mujer, asintió moviendo la cabeza y con una
sonrisa le dio el visto bueno para que lo dijera. Ana y su madre conocían la
respuesta a esa pregunta:
–Una nena con
una pulsera de plástico robada. ■
La tensión crece a medida que el relato avanza y se cierra con alivio en la última respuesta de Ana, excelente manejo de la trama, Carlos Arturo Trinelli
ResponderEliminarextraordinario! estaba en la radio donde trabajo cada mañana y Victor Hugo me alcanza Carne Viva para que lo disfrute ya que a èl le habìa gustado y querìa un comentario al aire por Continental . Me quedè impactada con este cuento : Aparecida y tambièn con el que sigue en el libro Agua Helada. Vera es una escritora exquisita en su sensibildad. No se si ella es conciente pero tiene una belleza en sus observaciones,en las luces,los olores que parecen salir del libro ..los personajes,esas mujeres ,me traen partes de mi misma..o de mi madre o de historias de mujeres que conozco,cuando estàna punto de estallar desde un silencioso dolor..es maravilloso. Felicidades! florencia Ibàñez
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