Nació en Córdoba, Argentina, en 1978. Ha publicado tres libros, titulados 2011 (poemas y cuentos, publicado en el
año 2009), Presagio de luz (poemas,
en 2010) y Ataraxia (poemas y
cuentos, en 2011). Obtuvo distinciones en certámenes literarios de España,
México, Venezuela, Estados Unidos y Argentina..
MEMORIA
En el año número
tres de la era robótica, uno más uno siempre es igual a dos. Nada falla. Nada
hace recordar el fracaso y la extinción de los antiguos habitantes de la Tierra. Salvo el desierto que
avanza, implacable, contra las pocas ciudades que quedan en pie.
En la rígidoteca,
cada mañana a las siete y quince, el modelo LGT-32 se enciende a sí mismo.
Tarda cincuenta segundos en activar todos sus circuitos y retomar su actividad.
Siempre comienza a partir de la tarea del androide que lo precede en el turno
de la noche, LGT-33. Los dos robots se dedican a analizar, byte por byte, la
historia de los seres humanos, almacenada en los discos rígidos de cada
computadora personal o dispositivo móvil del planeta.
Hace meses que los
dos buscan la Causa. Para
ello revisan, de principio a fin, cada archivo de texto generado por los
hombres en sus últimos cincuenta años de existencia. Desde los más antiguos
TXT, RTF, DOC, XLS, MDB, hasta los últimos archivos monocordes de extensión
MCD.
Tarde o temprano,
uno de los dos descubrirá alguna pista, algún indicio sobre lo que precipitó la
gran catástrofe del año humano 2018, el año cero de la nueva era.
El día treinta y
seis del mes ocho, LGT-32 trabaja más rápido que de costumbre. Gira su cabeza
hacia la ventana. Un gran desierto se extiende a tres millas-móviles de allí.
Las autoridades han decidido ganar terreno al gigante de arena, pero por ahora
no lo logran.
Frente a esa imagen,
comienza a preguntarse cuál es la siguiente tarea para llevar a cabo. Sabe que
debe haber algo más allá, además de lo asignado. Procesa nuevas ideas. Observa.
No... No se trata de
un plan respecto al futuro. Tampoco es algo referido al pasado. Es... es... no
sabe cómo nombrarlo. No es una orden impuesta por El Programador. Ni proviene
del ambiente.
Hay algo dentro de
él, en algún circuito oculto, que lo está impulsando a saber un poco más. A
mejorar en su comprensión del entorno.
Busca en los
archivos DOC revisados esa mañana-tarde para encontrar alguna situación
similar, experimentada por otra entidad distinta a él.
P – A – R – A – Q – U – É - ¿ - ?- P – A – R – A – Q – U
– É - ¿ - ?
¿Para qué continuar este trabajo?
¿Qué objeto tiene? ¿Qué fin? ¿Qué meta?
Eso quiere entender.
Eso quiere saber. Aún no tiene respuesta.
¿Para qué seguir buscando la Causa ?
En la siguiente
tarde-noche lunar, cuando LGT-33 entra a reemplazarlo, LGT-32 decide seguir con
su tarea. Continúa preguntándose por qué, para qué, y sin encontrar nada
todavía, analiza por un par de horas más los archivos de la rígidoteca.
Por primera vez, ha
percibido en él lo que los humanos solían llamar necesidad.
Yo necesito, tú necesitas, él necesita.
Yo necesito.
LGT-32 necesita. Ésa
es la palabra. Él necesita saber un
poco más. No entiende por qué. No entiende para qué. Pero espera que pronto se
revele lo que tiene que descubrir y averiguar por sí mismo.
Su compañero de
trabajo no entiende. No necesita. Tampoco sabe qué fuente de energía interna o
externa mueve a LGT-32 a
seguir conectado a la interfaz de datos durante más tiempo del estipulado por
El Programador.
LGT-33 sigue haciendo
su trabajo, avanza a paso lento, revisa dos veces cada una de sus tareas. Está
preparado para no fallar. Por eso nunca falla y al terminar su horario, ha
cumplido con los objetivos fijados.
Al día siguiente,
vuelve a trabajar a la misma velocidad, como lo ha hecho en los últimos
tiempos. Y advierte que LGT-32 sólo se ha detenido dos horas en lugar de las
doce preestablecidas. Sus módulos de batería están a la vista y aún así,
continúa en su frenético accionar, como en la jornada anterior.
Sin sospechar nada,
sin notar que hay algo fuera de lo común, LGT-33 vuelve a su celda de descanso,
terminado su turno, y desconecta su equipamiento eléctrico.
LGT-32 puede
trabajar simultáneamente con diez mil discos, en cada hora de funcionamiento.
Por día llega a examinar ciento veinte mil.
Sin embargo, ahora
está introduciendo en sus paneles más datos de los que puede retener. Mucho más
de lo que puede manejar. Necesita, lo necesita. Es algo más fuerte que él. ¿Qué
lo está impulsando?
Existe una
palabra... ¿deseo?
Yo deseo, tú deseas, él desea...Yo deseo.
Él desea acaparar, acumular datos, bytes,
archivos. Quiere, necesita. Desea.
Por un momento se
detiene. A ese ritmo, entiende que su memoria se llenará antes de lo pautado.
Calcula cuánto tiempo falta para eso. Treinta y cuatro días solares más y su
procesador no tendrá la capacidad de trabajar con tanta información.
Entonces piensa,
entonces intuye... debe encontrar otra manera.
Tendrá que
actualizarse. Tendrá que contar con más módulos de memoria inteligente. Para
encontrar el cómo y el por qué.
En las horas
siguientes se encargará de eso. Está seguro.
A la madrugada,
LGT-33 vuelve a su celda después de otra infructuosa jornada de búsqueda, con
la parsimonia habitual. Apenas ingresa a su lugar de descanso, percibe que en
el extremo superior de su cabeza el modelo LGT-32 está conectando su interfaz
motora. No entiende lo que sucede. El contacto entre los dos robots dura sólo
unos segundos y luego, LGT-32 se retira.
Inserto en él, un
nuevo módulo de memoria inteligente en sus paneles. Un módulo que hasta hace
minutos pertenecía a LGT-33.
LGT-32 teclea.
Necesita teclear. Muchas palabras de la especie extinta que retumban en sus
circuitos y se repiten aleatoriamente. Palabras que no entiende. Que nunca ha
usado y quizá jamás va a usar. Pero necesita teclear, escribir. Necesita
verlas, todas juntas, volando en su pantalla transparente.
Quiere encadenarlas,
jugar con ellas, mezclarlas hasta encontrar algún significado oculto, probar
sus sonidos. Las vocaliza, las observa. Las deletrea. Sabe que ésa era la
manera humana de aprender.
Trata de separarlas
de su contexto original. De agruparlas según su sonido. Ensaya, intuye…
escribe. Luego borra. Vuelve a escribirlas. Se siente ansioso al ver los
resultados y las millones de combinaciones que puede formar, que puede teclear,
que puede crear.
Yo creo, tú creas, él crea…
Yo creo.
LGT-32 sabe. Ahora
sabe. Necesita. Sabe lo que necesita. Se lo ha quitado a LGT-33. Por eso cuenta
con más memoria en sus circuitos. Eso es lo que requiere para su tarea.
Hoy pudo extraer
sólo un pequeño módulo. Si cada día quita uno de ellos LGT-33 no lo notará.
Pero aún así... él necesita ahora.
Esperará hasta el turno siguiente de descanso para continuar. También deberá
conseguir más fuentes de energía. Lo hará mañana.
Mañana. Mañana...
Mientras tanto, el
trabajo en la rígidoteca sigue avanzando. El Androide-Programador retira cada
día las unidades de almacenamiento que han sido analizadas, para su posterior
destrucción.
Él no sabe. No
sospecha nada. No se da cuenta de lo que LGT-32 está planeando.
Ocho minutos humanos
antes de comenzar su turno, LGT-32 se acerca a la lámina metálica de diez
metros cuadrados que está en la sala principal del edificio. Se transmite a sí
mismo la imagen que perciben sus sensores. Se ve reflejado allí. Se descubre.
Se pregunta para qué
los humanos construían semejante cantidad de... ¿qué nombre tienen?
E – S – P – E – J – O – S. Espejos.
Ellos los usaban.
Ellos se percibían allí.
Un archivo revisado
unos seis meses atrás volvió en ese instante a sus circuitos principales. En él
se explicaba el procedimiento de fabricación de un espejo.
¿Para qué hacían tantos espejos?
¿Qué objeto tienen? ¿Qué fin? ¿Qué meta?
Cada día, LGT-33
disminuye su ritmo de trabajo. En las estadísticas nota que su producción ha
bajado. Decide chequear su reserva de energía pero no es capaz de hacerlo. Algo
le pasa. No puede movilizarse normalmente. Por la noche, su batería no logra
recargarse el tiempo que él requiere.
Algo sucede. No sabe
qué. No lo entiende. Comienza a buscar en su diccionario humano alguna palabra
que describa mejor su situación. Debería comunicar esta falla. Seguramente
podrán ayudarlo. Antes de que sea tarde para una reparación. Antes de que lo
apaguen. Antes de que la luna salga y...
N – E – C – E – S – I – T – A - R.
Yo necesito, tú necesitas, él necesita.
Yo necesito.
Necesita algo.
Necesita recuperar energía. Volver a su nivel de memoria. Pero no puede.
Algo pasa. Algo malo
sucede.
Algo. Algo...
En cambio, LGT-32
casi duplica sus horas de trabajo. El Programador es incapaz de advertirlo, ya
que LGT-32 también está quitándole, uno a uno, todos sus paneles de memoria.
LGT-32 necesita más.
Mucho más. Tanta inteligencia, tanta capacidad de almacenamiento y procesamiento...
ahora sabe, ahora puede. Ahora sabe que puede, ahora es capaz de descubrirlo.
Entiende que no sólo
debe analizar letras y números. Hay algo más que eso entre Todo Lo Humano. ¿En
qué otros archivos podrá encontrar algo distinto?
Finalmente, en un disco
duro de 0,16 x 104 PB lo
hace. Allí descubre, por primera vez, otro reflejo de la antigua civilización.
¿Cómo había pasado
tanto tiempo y no se había dado cuenta de eso?
Existe una palabra
para aquello. Una palabra humana. Bela,
bele, beli...
Busca. Nombra. La
encuentra.
B – E – L – L – E – Z – A. Belleza.
¿Sería eso lo que
pasaba por el centro de almacenamiento de los hombres cuando percibían los
archivos JPG?
Por un instante dejó
de procesar formatos DOC, XLS, MDB, PDF, EXE...
Sí, JPG. Eso es. JPG condensa todo. Lo muestra tal como había
sido. Tal como fue antes de la catástrofe, antes de la extinción.
Miles y miles de
JPG, una por una... Ésa será su tarea. Ahora lo sabe. Podrá conocer cómo era la Tierra , cómo se veía antes
de los desiertos. Quizá alguna vez lo había leído, pero hoy… hoy se siente
capaz de entender, capaz de comprender, capaz de incorporarlo a sus circuitos
de manera permanente.
Un JPG vale más... vale más que...
Nada lo distrae
ahora. Ni siquiera el viento y la arena que siguen avanzando contra el edificio
de la rígidoteca. LGT-32 cambia su patrón de búsqueda y comienza a observar en
cada pantalla solamente archivos JPG.
Seis, siete, ocho
millones de imágenes pasan cada hora frente a él. Con ellos, el espejo de los
recuerdos y sentimientos de la raza extinta. Su historia, paso a paso. Los
rincones más lejanos del globo. Los paisajes, plantas y animales desaparecidos.
La sonrisa de hombres, mujeres y niños. Sus sueños y sus miedos. Sus fracasos…
LGT-32 sabe que
ahora necesita más espacio. Quiere almacenar, quiere guardar todo. Lo necesita.
Desea ver JPG las veinticuatro horas de cada día solar, aunque no pueda estar
conectado a las pantallas retráctiles. Para ello, busca en las bases de datos
cómo hacían los humanos para extraerlas de allí.
Busca. Busca.
Necesita encontrar alguna forma.
Aparentemente, en la
década actual no quedan máquinas que permitan reproducir o copiar JPG en
planchas de color blanco...
¿Qué nombre tenían? ¿Celulosa?
Hay una antigua
palabra que designaba eso. P – A – P – E
– L. Papel, eso es.
¿Cómo podrá sacarlas
de la pantalla y enviarlas al papel?
No hay nada. Aún no hay nada.
Por ahora. Sólo por ahora.
El día cuarenta del
mes ocho, LGT-32 quita el último módulo de memoria inteligente del Programador
y lo inserta en una de sus pocas ranuras disponibles. Está llegando a su
límite. Tiene que encontrar la manera de sacar fuera de las pantallas tanto...
tantas... tanta belleza. Con los
refuerzos que obtuvo de los otros dos androides, sabe que ahora es capaz de
fabricar algún dispositivo.
De a ratos se siente
en un laberinto sin salida.
Mas ya pensaría en algo.
Memoria integra la Antología
“Cuentos por correo”(Ediciones Osiris, España).
Imaginación no falta en este cuento de robots que bien puede ser una metáfora sobre la mente humana. Tienes razón, Gonzalo, el mundo es tan bello que hasta un robot lo nota.
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