jueves, 21 de febrero de 2013

Yair Magrino,




Bajo la autopista

El negro Malfatti tenía el moco del bigote completamente congelado. Se frotaba las manos y se las ponía bajo los sobacos buscando conservar un poco el calor. Tenía toda su provisión de porquerías en un carrito de supermercado, que supervisaba con nervioso temple. En el carrito tenía algunas bolsas con ropa, unas escobas totalmente gastadas, pedazos de metal incomprensibles y dos ollas negras y abolladas. Sería imposible intentar adivinar qué es lo que esos latones formaron alguna vez. Había un sin fin de bolsas de residuo negras que abultaban la panza del carrito. El negro Malfatti vestía un saco negro, raído por las veredas y por el tiempo; y un pantalón a cuadros, arremangado a la altura de las pantorrillas. Tenía los tobillos cubiertos por unas medias de algodón comidas por las polillas y en los pies calzaba unos mocasines de cuero negro.
Sobre el carrito, la autopista y, sobre el negro Malfatti, un perrito con unas manchas enfermas cerca de su cola, que temblaba como las hojas amarillentas de los árboles. Aguante un poco más Chatito, aguante que prendo un fuego y no se caga más de frío.
En una pequeña latita, el negro tiró unos pedacitos de tela que saco de una de las bolsas de residuo, volcó un chorrito de alcohol y tiró la colilla del cigarro que estaba fumando. La lata brilló. Tomó un trago de alcohol puro y sus entrañas se calentaron en un instante. Fuego. El perrito se acurrucó cerca de la llamita y dejó de temblar.
En ese fueguito casi inexistente, Malfatti calentaba una ración de lentejas en conserva que devoraba con ciego apetito, y de tanto en tanto, convidaba al perrito que lamía la cucharita con avidez.
Acercó sus manos heladas a las últimas brasas que titilaban en un naranja que se moría y fue en ese instante en que oyó, sobre la autopista, el chillido de las gomas de un automóvil. Desde siempre, desde que vivía en la calle, había analizado con frecuencia estos sonidos y supo que, después de esas violentas frenadas, se encadenarían sonidos aun más oscuros.
Supo, desde antes que ocurriese, que un auto beige intentaría evitar el choque y que no lo lograría, que pegaría con su trompa sobre las luces traseras de un Ford recién sacado de la concesionaria. Y supo que el conductor de un tercer auto, un sedan familiar blanco, buscando evitar la colisión, daría un volantazo. Lo que Malfatti nunca supo fue que ese tercer auto atravesaría el guardaraíl de la autopista, que sobrevolaría su cabeza de nube y que caería a unos quince metros de donde engullía esas pocas legumbres completamente muerto de frío.
El golpe de aquel bólido sobre los adoquines de la calle Veinticuatro de Noviembre fue estridente y latoso. Las piezas metálicas del auto se doblaron como los cacharros que juntaba Malfatti en su carrito de supermercado. El auto rebotó en varias oportunidades contra la dureza del piso y fue a terminar su aérea carrera contra el paredón de un colegio de enseñanzas religiosas, quedando con sus ruedas aún girando y apuntando hacia el cielo. Un par de tuercas y unas chapitas volaron cerca de él y las guardó en uno de sus bolsillos. El Chatito ladraba sin parar, seguía temblando y corría nervioso entre los mocasines de cuero agujereados. El viento terminó por apagar las brasas de su latita.
En pocos segundos, se formó una mancha enorme y negra de aceite caliente en el piso. Malfatti se agachó e intentó mirar por la ventanilla pero dentro había una nube de humo blanco y espeso que lo nublaba todo. Solo alcanzó a verificar que había sangre, no tanta, pensó, como creía que habría en este tipo de accidentes. Y un enjambre de cuerpos y articulaciones que serpenteaban lentamente entre el techo y el apoya-cabezas. El negro Malfatti hizo el cálculo matemático y estimó la fuerza del golpe: la velocidad del bólido, el ángulo de caída, las consecuencias del golpe contra el paredón. La consecuencia de aquella caída no podía ser otra que la muerte de los pasajeros del vehículo. Hubo un chispazo. Y después otro. Y la mancha de aceite se encendió. Enzo Malfatti estaba ahí parado, a escasos metros de la chatarra incandescente, observando el fuego, contemplando las lenguas del color del sol, a unos metros nada más. De alguna forma, Malfatti se sentía protegido. Se sentía paralizado e incapaz de acercarse a ayudar a esa pobre gente que estaba incinerándose. Se preguntaba una y otra vez quiénes serían esas personas que se retorcían entre el hierro caliente, el humo y el olor a aceite. Y la respuesta lo sorprendía todas las veces: eran ellos, los mismos que pasaban cada mañana delante de él, que lo relojeaban con ese superficial respeto cuando les pedía esa moneda que necesitaba para comer. Cómo podía ser, se preguntaba, que no lo vieran morirse de hambre, que no notarán sus costillas ni su piel pegada al hueso. Ellos estaban en el fuego y Enzo simulaba el mismo respeto ciego que le regalaban todos los días en el cordón de la vereda. Mientras contemplaba la aleatoria inestabilidad de lo naranja, calentando sus mejillas en una noche tan fría de invierno, le susurró al Chatito que el infierno no estaba tan lejos. Los veía sufrir y sin embargo no era capaz de ir en su socorro. Aguzó su vista, entrecerrando las pestañas, intentando hacer foco en la ventana y los veía luchar, golpear el vidrio y patear las puertas. Nada cedía. Mucho menos el fuego que a cada gota de aceite se hacía más incandescente.
Se acercó unos pasos hacia aquella bola informe de llamas y el calor lo sorprendió sobre el pecho. El chatito se alejó unos pasos de sus mocasines, mordió unos pedacitos de metal y se los dejó a los pies llenos de baba. El negro Malfatti los tomó y estimó su peso, para luego morderlos y comprobar, si es que acaso sus dientes pudiesen hacerlo, la composición química de los mismos. Eran buenos, pensó y se los llevó al bolsillo. Por primera vez, observó que sobre los adoquines de la calle Veinticuatro de Noviembre se encontraban desparramados miles de pedacitos de chapa. Mientras el fuego ardía, el Negro Malfatti rellenaba sus bolsillos de lata y de plomo y, cuando ya no cupieron más en aquellos compartimentos, fue a buscar una de sus tantas bolsas de residuo negra de su carrito de porquerías. Y allí, comenzó a volcar todas las piezas de su bolsillo y todas las que su perro depositaba, húmedas, a sus pies. Siete pesos sacaría con esos kilos de chapa, e imaginó el vinito que se tomaría, uno blanco, dulce y en envase de cartón. Y un par de sándwiches de fiambrín.
Sacó del bolsillo pectoral izquierdo de su saco sucio, una colilla que conservaba la marca de la suela de la zapatilla que la había pisado. Se acercó con pasos lentos y la encendió con las brasas del vehículo estrellado y exhalando el humo cantó con su voz ronca, fijate de que lado de la mecha te encontrás, con tanto humo, el bello fiero fuego no se ve… Y mientras se alejaba, empujando su carrito de supermercado con una bolsa más de metal para cambiar, con el chatito corriendo entre sus pies, oía la sirena de los bomberos aproximarse a toda velocidad. O quizás de la policía, pensó. O quizás de la morgue.

Yair Magrino,

Gerardo Pennini



Cosa De Hombres

Desiderio y Leocadia levantaron la casa con sus propias manos en un terreno que les regaló el padre de ella. Gracias a eso pudieron ahorrar para los materiales y todos los días francos y feriados trabajaban hombro a hombro, hasta terminar una habitación, la cocina grande como se estilaba, el alero infaltable y reservado al fondo, con pozo ciego. Los compañeros de Desiderio colaboraron para hacer la perforación e instalar la bomba.
La pareja tuvo un solo hijo, un varón que se fue a probar suerte a la capital tan pronto pudo.
Al quedar solos, se les allegó Bartolo, un mozo que les había ayudado durante la construcción de la casa y luego se convirtió en el chico de los mandados. Bartolo era un poco faltito, criado por su abuela, y por eso Leocadia le tenía un cariño muy especial. Aunque no hiciera falta, la señora le encargaba algunas tareas que el muchacho se cobraba comiendo a su mesa aquellos guisos memorables.
-Prefiero comprarle un caballo de carrera – decía bromeando Desiderio.
Así fue creciendo Bartolo más a lo ancho que a lo alto. Cualquier gringo de boina le sacaba una cabeza, pero era macizo como la caja fuerte de la estación. Las manos eran cortas y cuadradas, como una pala de fierro, pero la cara seguía siendo de niño. Al morir su abuela, Desiderio le ofreció hacerle una piecita en el fondo, y aunque no reemplazó al hijo que los visitaba de tarde en tarde, se convirtió en un integrante más de la familia.
Para todos los trabajos pesados estaba Bartolo, y Desiderio tenía grandes rabietas para convencerlo que debía cobrar bien por ellos. Se iba haciendo fama de forzudo, y contaban que por una apuesta entre Alvarez y Stroderer, aflojó una tuerca con los dedos.
Fue un domingo de aburridos, después de cruzar las apuestas se lo propusieron a ver qué decía. Bartolo se rió un poco, se alzó de hombros y aceptó.
Cuentan que trajeron la chata del corralón de Stroderer. El mozo encerró una tuerca de la rueda delantera entre el índice y el mayor de la mano izquierda, afirmó el puño como una morsa, y cuando se estaba poniendo colorado tirando a violeta, la tuerca pegó un chirrido y giró unos centímetros. Entre gritos, aplausos y mucho escándalo alzaron a Bartolo y lo convidaron con unas naranjadas en lo de Simón. El gringo que ganó la apuesta le regaló un sombrero y una camisa.
De repente alguien se dio cuenta de un detalle y le preguntó
- ¿Sos zurdo Bartolo?
El muchacho alzó las dos manos, miró unos instantes y contestó
- No, claro que no.
- Entonces ¿Por qué usaste la zurda para aflojar la tuerca?
Cara de sorpresa de Bartolo
- Y…para no lastimarme la derecha, la uso para trabajar.
En el pueblo no había grandes problemas. Todos se conocían, todos iban envejeciendo juntos, sus hijos crecían juntos o se iban, como el hijo de Leocadia.
Algún fin de semana de fútbol o en carnavales, los muchachos alborotaban un poco, había sangre caliente y se repartían unas trompadas, pero un par de milicos se bastaban para poner las cosas en orden, y los más viejos respetaban y eran respetados.
Pero nada dura para siempre.
Un peón de la estancia “La Pichana”, un tal Flores, venía haciéndose fama de guapo y fanfarrón. Era inofensivo, pero le gustaba hacer alharaca, bromas pesadas y atropellar a otros de su edad más apocados.
Llegaba al pueblo bien montado, con apero chapeado y un facón de chafalonía relumbrando en el tirador.
Bartolo era uno de los blancos de las malas jugadas de ese tal Flores. Una noche, con copas de más, se pasó de la raya. En la vereda del boliche encontró a Bartolo, que como de costumbre miraba con curiosidad cómo jugaban a la taba o al sapo, y le pegó el grito:
- Che, opa, andá a cuidarme el tordillo. No te muevas de allí hasta que yo vaya.
Dicho esto y enterarse Desiderio fue la misma cosa. El hombre se llegó hasta el palenque donde estaba el caballo y allí lo vio a Bartolo, sentado con mala cara pero obediente.
- Venga m`hijo, vamos pa las casas – le dijo - Leocadia ya preparó la comida.
Y diciendo esto desató el tordillo y lo espantó hasta la plaza, cosa que lo vieran todos.
Lo que mas enfureció a Flores fue que medio pueblo se le riera en la cara, y que nadie le ayudara a agarrar al caballo. Como a la noche recién pudo volver montado al pueblo, y pasó derecho hasta la casa de Desiderio.
Cuando el viejo salió, sin mediar palabras, el tal Flores sacó el cuchillo y lo hizo brillar a centímetros de la cara de Desiderio. Dicen que sólo se escuchó un mujido como de toro, Bartolo saltó de la sombra y Flores salió dando vueltas hasta caer desarticulado sobre la tierra de la calle.
Cuando se levantó, rojo de furia, Flores se asomó sobre el alambre y gritó:
- ¡Cuidate opa de mierda! ¡Ya te voy a agarrar!
Pero tuvo mala suerte, justo justo lo escucharon los dos milicos. Lo hicieron subir al caballo, lo acompañaron hasta “La Pichana” y no se lo volvió a ver por el pueblo.




Carlos Arturo Trinelli



               La extraña historia del señor simón lemon

     Entré en el bar con la sandía bajo el brazo. Ovalada, veteada de un verde intenso y de un tamaño considerable parecía la abuela de una pelota de rugby. Un compañero de trabajo me había insistido para que la comprara. Las sandías siempre me habían producido desconfianza. Mala prensa Enrique eso es lo que tienen, yo viví en Brasil y la gente chupa igual, antes y después de comerlas.
     La cuestión es que la compré y ahora debía portarla. La apoyé sobre el mostrador.
     El olor del sitio era áspero como el de las aceitunas en salmuera. Me hallaba parado sobre unas baldosas en declive que enmarcaban un enrejado que protegía las penumbras del sótano. De atrás de la máquina de café un hombre con chaqueta beige y botones plateados me miró y alzó y bajó la cabeza en un gesto inquisitivo.
-Un tinto, pedí.
     El techo del bar parecía inalcanzable con su geografía de nubes de humedad y ventiladores que pendían inactivos y albergaban planetas de arañas en sus telas grises.
     El hombre trabajó un instante de espaldas a mí y se dio vuelta con el vaso colmado de vino. Lo depositó sobre el mostrador y miró de reojo a la sandía.
-Por favor, puede poner la sandía en el piso que esto no es una verdulería.
     Sentí que las orejas se me ruborizaban pero no dije nada, solo palmeé a la sandía para darle ánimos. Escancié el vino a grandes tragos y apoyé el vaso con fuerza como para clavarlo en el mostrador y ordené:-¡Otro!
-Hasta que la sandía no esté en el suelo, no hay vino.
     Era demasiada provocación sin embargo, hice méritos para el Nobel de la paz, me di vuelta y dije en voz alta para el auditorio, el lustrabotas sin pierna, un viejo con facha de quinielero y un ciruja sentado en un rincón:-Todos nacemos igual pero morimos distinto, ella, y señalé a la sandía, nació en el piso, giré y apunté con mi dedo índice al provocador,-y si usted nos sigue jodiendo ella va a morir en su cabeza.
     Al fin la paz también es confrontación. El hombre amagó salir de atrás del mostrador y yo adopté posición de diestro.
     El ciruja del fondo dijo en voz alta:-Pedro quédese en su sitio, el hombre tiene razón, una sandía no jode a nadie, culminó convencido como un garante de la paz y agregó hacia el defectuoso y el quinielero,-¿no les parece? Las siluetas asintieron. El cirujón pacifista siguió:-Venga a mi mesa y traiga a su amiga. Le hice caso.
     Dispuse de una tercera silla para la sandía y estreché la mano del pacificador:-Enrique Lotriski.
-Simón Lemon
-Qué desea tomar.
-Un anís, respondió Lemon
-Un anís y el vino pendiente, grité animado
     Cuando el uniformado trajo las bebidas con un gesto despojado de rencor dije:-Gracias Pedro, cuánto le debo.
     Pagué y no acepté el vuelto, el hombre regresó a su puesto.
-Usted sabe, comenzó a decir Lemon,-que este sitio puede contener tantas historias como personas estamos aquí y más historias que empalmen con otras y deriven así hasta el infinito que puede contener hechos verídicos que jamás ocurrieron, hizo una pausa y dijo,-si quiere le cuento una historia mía.
     Encogí mis hombros antes de decir:-Como guste.
-Quiere que comamos algo, la historia es larga y…
     Adiviné enseguida por dónde venía la cuestión pero no me importó, yo también tenía hambre y el señor Lemon se había portado bien con la sandía que era la más débil del bar.
-Déle, pida nomás.
-Pedro, dos especiales de cocido y queso en pan francés. Miró mi vaso y agregó:-Otro vino, un anís y un vaso de agua.
-Esperemos las vituallas y le cuento, dijo e introdujo su mano en el bolsillo que reapareció con una moneda que puso en la mesa delante de mi.
     Era una moneda dorada de unos cinco centímetros de diámetro y de un espesor considerable. Me invitó a que la sopesara y entonces observé que en una de sus caras un libro abierto abarcaba un sol en relieve y en el anverso tres goletas navegaban sobre unos pliegues. Acompañaban la circunferencia unas inscripciones en latín.
-Como se dará cuenta soy millonario, no solo la moneda es de oro sino que tiene un valor numismático con no menos de seis ceros a la derecha.
     La aparición de los sanguches y las bebidas produjo una pausa que se prolongó para hacerlos desaparecer. El hombre comió rápido, vació su vaso de agua y después puso sobre la mesa un sobre marrón del que asomaban marchitos unos recortes de diario.
-Aquí están las pruebas de lo que le voy a contar, no me gusta hablar al pedo.
     Asentí atragantado con el pan. Lemon mudó de semblante y comenzó a narrar:-Heredé de mi padre una casa en San Telmo. Esta casa había pertenecido por varias generaciones a mi familia, creo que cuando comenzó mi infortunio la casa tenía ya más de 120 años. Vivía allí con mi esposa y mis dos hijos, un varón de diez años y una niña de siete. Había decidido limpiar el sótano y aprovechar el sitio para montar un pequeño taller con el fin último de tener un lugar propio para descansar, despejarme y efectuar las manualidades que tanto me gustaban.
     En la evocación Lemon entrecerraba los ojos como si apreciara una película a la distancia o leyera un parlamento que no pasaba por su estilo.
-Hacer la limpieza, prosiguió,- no era sencillo, primero encendí unas cápsulas de veneno y sellé todo durante dos días. Después comencé a separar las cosas que consideré inútiles acumuladas allí por años. En un antiguo reloj de sonería, al desarmarlo, hallé este papel. Buscó dentro del sobre y me lo dio, con un gesto me instó a que lo abra. Los pliegues estaban gastados y temí que se me deshiciera entre las manos. En el borde superior izquierdo un sello rojizo había grabado vivas a la federación y deseado con fatal indignación la muerte a los salvajes unitarios. La tinta y la caligrafía hacían al escrito ilegible, lo puse al trasluz y Lemon dijo:-No me fue fácil descifrarlo pero menos fácil fue hallar el sitio exacto que describe el escrito fue depositado el tesoro.
-Pareciera que falta una segunda hoja, apunté.
-Exacto, de haberla hallado, tal vez, no estaría yo aquí en este estado de abandono. Digo tal vez porque también es probable que hubiera descreído de las advertencias. Prosigo, el lugar indicado en el escrito era una estancia loteada desde hacia años en el partido de Pilar. Revisé el catastro municipal y con ayuda de un agrimensor determiné el sitio aproximado donde se hallaba enterrado el tesoro. La fracción de tierra abarcaba cuatro lotes que se hallaban desocupados. Localicé al dueño y lo persuadí de que me los venda por supuesto a un precio superior al del mercado. No me importó invertir todos mis ahorros, me hallaba preso de una honda angustia que excitaba mis sentidos y alentaba una de las partes más negras de la condición humana, la codicia. En esos meses febriles abandoné el trabajo y mantuve engañada a mi familia. Construí una vivienda modesta y me mudé allí de lunes a sábado. Inútil considero referirle el esfuerzo en esos meses, cada pozo excavado, cada metro de tierra removido sin éxito minaban mi ánimo a la vez que, algo dentro de mi, me empujaba a continuar al borde mis fuerzas. Después comprobé que no era la voluntad sino un designio que tensaba, en la contradicción, a mi espíritu. Por fin, una noche, sí, la oscuridad no me detenía, hallé el cofre. En la desesperación no podía abrirlo y destrocé con un hacha la tapa. Un olor húmedo, agrio, me embotó, era el olor de lo corrompido pero las monedas brillaban con magnificencia y caí de rodillas, postrado como ante Dios absorto por la inminencia de mi fortuna. Cuando reaccioné el alba se mezclaba con el resplandor de mi oro, envolví el cofre con bolsas y lo cargué en el auto.
-Quiere otro anís, pregunté a modo de flexibilizar la tensión del relato.
     Pareció no gustarle la interrupción y con voz desganada llamó al mozo.
-En mi casa lo escondí en el sótano, tomé una moneda y me fui a ver a un conocido que tenía un negocio de compra venta de oro. La tasación por su peso en oro era por demás generosa pero mi cabeza la multiplicaba por la cantidad que estimaba en el cofre y entonces mi fortuna parecía no tener límites.
     Llegaron las bebidas, Pedro nos miró de soslayo y mordió, en un gesto imperceptible, su labio inferior, no sé si molesto por nuestra estancia o por la sandía sentada allí entre nosotros o quizá porque sabía la historia que ya le habría reparado otras consumiciones.
     Lemon bebió un sorbo de su anís y siguió:-Faltaba discernir el valor numismático, nos fuimos juntos a ver a un especialista que intermediaba entre coleccionistas de todo el mundo. La estudió, consultó manuales, hizo llamados telefónicos y finalmente dio una cifra que multiplicada por la cantidad de ellas que poseía era astronómica. Me mantuve circunspecto y acepté venderla para no malograr el trabajo de mi conocido ya vería cómo hacer valer el resto del tesoro, así pensaba luego de este primer éxito. Regresé a mi sótano con la idea de contar las monedas. Ensimismado en la tarea comencé a percibir un olor de cloaca abierta que me hizo tomar conciencia de que no estaba solo.
     Hizo una pausa para beber y me pareció notar cierta malicia en el manejo del suspenso sin embargo, dijo:-No sé como encarar lo que sigue.
     La moneda brillaba impávida ante nuestros ojos y la sandía parecía ajena a todo. Lemon apoyó los codos sobre la mesa, acortó distancia y dijo con su aliento anisado:-De entre las sombras de un rincón, un hombre vestido de negro se acercó hasta el límite del haz de luz. No podía verle la cara, solo las manos, largas, finas, blancas en extremo gesticulaban ante mí. Su voz estremecía como si la impostara pero sin intención de impresionar sus modos eran humildes. Palabras más o menos me dijo que él era el custodio del tesoro como lo indicaba el mensaje. Me sorprendí pero no le resultaría fácil convencerme con ramplonerías después de haber luchado día y noche más de un año para hallar mi tesoro. Me animé a decirle que yo no había leído nada semejante en el manuscrito. Entonces rió con tal fuerza que los pilones de monedas contadas se desmoronaron y debí taparme los oídos a riesgo de que me estallaran los tímpanos y cuando paró dijo que esas eran las trampas que le enseñaba el maestro. Dicho esto se asomó a la luz y pude verle la cara tan blanca como las manos. Los ojos eran vivaces con un brillo nebuloso y del  mentón prominente apuntaba una barba afilada, tuve miedo cuando me enseñó la segunda hoja del escrito y me advirtió que a cada reducción del tesoro le correspondería una pérdida que no podría medirse en dinero. En ese momento golpearon la puerta del sótano y el hombre, o lo que fuera desapareció y con él el olor fétido. Junté las monedas caídas en el piso y guardé el cofre. Subí las escaleras y abrí la puerta, mi esposa hipaba un llanto y me reprochó que me habían estado buscando, con más temor que al homúnculo, pregunté qué había sucedido, mi hijo Tomás había sido atropellado por un auto mientras andaba en bicicleta y estaba grave en el hospital. Fuimos para el hospital y el médico nos alertó que debíamos prepararnos para lo peor. Así fue.
     Ahora sí necesitó hacer una pausa y nos quedamos callados como la sandía.
-En el cementerio en la ceremonia del entierro de Tomasito volví a percibir aquél olor nauseabundo, busqué y el hombre me saludó con descaro desde la calle de enfrente. A esa distancia moduló unas palabras que sonaron en mis oídos, debes reponer el tesoro completo a su sitio o las desgracias seguirán…
Esa noche mi esposa se acostó temprano y me quedé solo con mi hija y sus preguntas de inocente crueldad sobre el destino de su hermano. Cuando después de acostarla entré en mi cuarto, mi esposa yacía en el piso, había ingerido un frasco de píldoras para dormir. Otra vez el hospital, la espera, el desenlace, el ritual, el dolor ¿por qué? Y otra vez el hombre ¿el demonio? Para responder. Obnubilado lo desafié a que se llevara su tesoro al infierno y él me contestó que debía hacerlo yo como portador del pecado Simonónico. Cuando me dispuse a llevarlo de nuevo al terreno de Pilar, él me recordó que faltaba una moneda. Llevé a mi hija a la casa de unos amigos y fui al domicilio del reducidor con el dinero de la transacción. El hombre me explicó que sería difícil deshacer la operación y no por lo que él hubiera ganado sino porque la moneda había sido vendida a un coleccionista extranjero. Como mi estado no era explicable, como tampoco poseía argumentos y los que tenía no eran entendibles, supongo que la consideración por haber sufrido en tres días las pérdidas de mi hijo y de mi esposa o no sé cuál mágica circunstancia fui llevado en presencia del comprador, un español de gira por Sudamérica a la compra de reliquias. El comprador no pudo evitar un gesto de repulsa al ver mi aspecto, pasado de sueño, sucio, desaliñado y con una carga de tétricos acontecimientos sobre mis espaldas. Expliqué lo que me sucedía, le hablé con la verdad. El español me escuchó, como lo hace usted ahora y hombre práctico al fin, concluyó como si todo lo narrado fuera un episodio más de los que se leen en los diarios, que él, esa moneda podría venderla en un remate en más de ochenta veces lo pagado pero que, dadas las circunstancias atendibles de estar el diablo de por medio, si yo le daba esa cifra me restituiría la moneda. Claro que yo no la poseía. El intermediario propuso una solución que en nada me favorecía pero que no me importó, ceder, mediante un poder, mi propiedad en San Telmo. Un escribano despertado de apuro se avino a realizar el trámite y rescaté la moneda. Esa misma madrugada, con el cofre completo, viajé a Pilar y lo enterré en su sitio de donde nunca debió haber salido. Esa es la historia.
     Permanecimos un rato callados. Las luces mortecinas del bar se habían encendido y la sandía brillaba verde de silencio. Entonces me percaté que también brillaba la moneda sobre la mesa y mis ojos se abrieron por demás repartidos entre Lemon y la moneda quien agregó:-Así es estimado contertulio, como le dije, las historias generan más historias que se enhebran sin fin por el ojo del destino. Me mudé a Pilar. Le expliqué a mi hija que comenzaríamos una nueva vida. Hicimos planes. Comprar un caballo, hacer una granja y mi hija sonrió varias veces y yo sentí que me redimía. Esa noche, mientras ella dormía, se repitió lo del olor putrefacto y el personaje reapareció para señalarme en buenos términos que la pesadilla había concluido con la diferencia que en ésta las consecuencias eran reales y las pagaba el soñador. Estaba tan cansado de todo que los argumentos me parecieron razonables y más procediendo de quien los elaboraba. Además, aún tenía una hija, donde vivir y un proyecto. El diablo se despidió con la ambigüedad que lo caracteriza con un hasta pronto. Pasaron los días, desmantelamos la casa, hicimos varios viajes de San Telmo a Pilar y una tarde en la que estábamos en el sótano, yo guardaba unas herramientas y la pequeña se me acerca encandilada por el hallazgo de una moneda, esa que está frente a usted. Pensé que se trataba de alguna extraviada en el día que se desmoronaron las pilas y recordé el hasta pronto. Entré en pánico y pensé que no se detendría hasta quitarme lo único que me quedaba, mi hija. Abandoné todo y con mi hija y la moneda subimos al auto en un intento por llegar lo antes posible a Pilar y poner la moneda con el resto del tesoro. Lo que sucedió está descrito aquí, concluyó y con sus manos tiznadas de mugre abrió el sobre marrón y sacó de su interior los recortes amarillentos de diario.
     Los leí. Él espero con la gimnasia del que ya lo ha hecho otras veces, después retomó:-Estuve dos días en el hospital, tengo prisión en suspenso por homicidio culposo por habérseme hallado culpable del accidente que ocasionó la muerte de la persona que viajaba en el otro auto, enterré a mi hija, me remataron la casa de Pilar y me convertí en lo que usted ve.
-Pero no enterró a esta moneda, dije con duda.
-No, cuando iba a hacerlo, él apareció de nuevo y me aclaró que no pertenecía al tesoro ¡vaya uno a creerle! Fue la última vez que lo vi., lo último que me dijo fue que esta jugada no la había preparado el maestro, solo él había torcido un poco el destino para ayudarme y que a veces, las fuerzas del mal entran en pugna y, o bien se neutralizan, o triunfa la más fuerte.
     Guardó la moneda, el sobre marrón y se quedó dispuesto a seguir allí. Le aferré el antebrazo en un intento de consuelo que devolvió con una mueca que quiso ser risa. Me incorporé, puse a la sandía bajo mi brazo y le dije adiós. De pasada por delante del mostrador le dejé paga otra copa de anís.

    

Miguel Ábalos



Siempre se puede

Corrían bajo una lluvia persistente que no daba tregua, chapoteando en el agua que se escurría calle abajo. Ester vestía un impermeable un poco gastado, su pelo largo mojado caía verticalmente sobre sus hombros empapados. Fabio la sujetaba de la mano para evitar que resbalara, se había hecho de noche y la calle estaba oscura.
Al llegar a la casita tan bonita que habían alquilado en Malvín, a dos cuadras de la playa, comenzaría para los dos una nueva vida. Ya no eran jóvenes, él tenía cuarenta y dos y ella cuarenta. Habían acordado vivir juntos, una de las más antiguas aventuras del hombre en busca de la felicidad.
A partir de esa noche se amaron sin egoísmo, como si el mundo estuviera cerca del final.  Cuando se vive así, con la alegría que da el único sentimiento que es capaz de sostener este mundo tan duro, inexorablemente el tiempo va pasando más rápido.
Pero el hombre es depredador por naturaleza, y poco a poco, con el correr del tiempo, de aquellos sueños y esperanzas fueron quedando jirones. Y la responsable no fue la convivencia... cuando el amor es auténtico, el paso de los años no puede matarlo.
Disfrutar de lo que hay en común, ser complaciente en lo antagónico, y por sobre todas las cosas mantener el equilibrio, todo debe darse de ambos lados. No es bueno esperar mucho del otro dándole menos de lo que se es capaz.
Ester lo amaba mucho, pero no de la forma más sana sino con celos enfermizos, producto de su inseguridad,  y buena dosis de egoísmo. Fabio se sentía ahogado. Ella estaba convencida que Fabio era parte de su patrimonio, lo quería como al auto, a la ropa u otro objeto propio. Como lo sabía muy enamorado, daba por descontado que jamás la abandonaría.
Él, al pretender evitar discusiones, a veces daba muestras de sumisión y estaba creando en Ester el convencimiento de su dominio absoluto, de su control total.
A esa altura, Fabio había perdido la autonomía de sus actos y hasta el más importante de los valores que tiene el hombre: la libertad mental. Se sentía preso, y sin duda, los grilletes que sujetaban su cuerpo y su mente, no eran más que el amor que sentía por ella. Sólo él podía romper sus cadenas, pero empujaba los días con la esperanza de que las cosas cambiaran y volvieran a ser como al comienzo... mutilados sueños de enamorado. Cuando el amor se equivoca y toma rumbos inadecuados para un sentimiento tan puro, ya está a punto de morir. Y el momento de su muerte depende únicamente de cuánto el otro se aprecie para lograr su salvación.
A Fabio le quedaba algo de resto, y de ahí se aferró para salir a la superficie. Lentamente se fue autoconvenciendo de que estaba en el camino equivocado, que el destino le jugaba una mala pasada y lo estaba poniendo a prueba. Su instinto de conservación le decía que debía escapar de esa trampa y salvar el poco vestigio de dignidad que aún le quedaba.
―Qué temprano te levantaste  ―dijo Ester―  y ya estás pronto para salir.
―No tenía sueño  ―contestó Fabio―.
―Sí, noté que dormiste poco, ¿se puede saber en qué andás?
―Está todo bien.
―¿Eso es todo?... algo te está pasando, contame, soy tu mujer y tengo que saber... ayer te llamé por teléfono al trabajo y no estabas, ¿dónde te habías metido?
―Habría ido al baño, no sé... estaría en otra oficina...
―Siempre el mismo pretexto, ¿vos pensás que soy idiota?, vos tenés otra mujer, pero cuando lo descubra... lo vas a pasar muy mal, vos no sabés con quién te metés.
―¿Qué pasó con la mujer que conocí hace diez años?, la que lloraba de amor en mis brazos, ¿era todo una farsa?
―¿A qué viene eso?
―Viene a que en estos últimos años ¡te has convertido en un ser insoportable...!
―Si vos creés que te vas a separar de mí estás muy equivocado.
―Qué, ¿me compraste?, ¿soy de tu propiedad?
―No te compré, pero me pertenecés.
―¿Estás segura?    
―Por supuesto, te conozco muy bien, me querés mucho y jamás te irías de mi lado.
―Lo que yo creo es que me subestimaste porque sabés que te quiero. 

Fabio la miró muy fijo a los ojos con una mirada que Ester no reconoció.
―Pero te equivocaste, esto se termina hoy  ―prosiguió―  no es posible que me sigas acechando, vigilando, controlando. Tampoco que me reproches lo que hago y lo que no hago. O me acuses injustamente de cosas que soy incapaz de hacer. Estoy cansado de tu desconfianza enfermiza. Andá a tratarte si querés, o quedate con tu locura... pero no quiero enloquecer contigo, ya esperé más que suficiente para que te dieras cuenta que así no quiero vivir. Quedate con tu obsesión, es toda tuya, no voy a participar más de ella.
Ester no podía creer lo que escuchaba, sintió que Fabio se había transformado en un hombre totalmente desconocido para ella.  Pero él continuaba.
―Renuncio a vos porque ya no es posible vivir a tu lado. Me estoy desprendiendo de sueños y fantasías que jamás se harán realidad. Renuncio a vos como un niño pobre a un juguete. Renuncio a vos porque en algún momento de la vida renunciamos a lo que queremos. Estoy en paz conmigo, he ganado mi autoestima y he recobrado mi libertad total. Viví más preso que los condenados a cadena perpetua, porque ellos están presos sólo físicamente y yo lo estuve mentalmente también. Ahora, cuando me vaya, ya no tendrás paz. Vas a llorar el juguete perdido, aquél que sentías más tuyo que vos misma. Me vas a ver revoloteando a tu alrededor sin tenerme. Posiblemente llorarás sin saber por qué. Te sentirás vacía, impotente ante tanta soledad. Buscarás mi silueta en la ciudad. Me verás en cualquier hombre y sólo al acercarte te convencerás que no soy yo  ―se levantó y abrió la puerta―.  ¡Hasta nunca!
―Y... tus… cosas  ―preguntó Ester desconcertada―,  ¿no te las llevás?
―Me llevo lo más maravilloso que tiene el hombre en este mundo y que nadie le puede quitar sin matarlo: la libertad mental.

Miguel Ábalos

Hebe Uhart





 Florinda



Nació en Buenos Aires en 1936 y es profesora de Filosofía en las universidades de Buenos Aires y Lomas de Zamora. Su obra ocupa un lugar solitario en la narrativa argentina por su poco frecuente capacidad de registro de voces coloquiales de la lengua y de personajes humildes y, a veces, marginales. Sus cuentos, novelas cortas y novelas, sin renunciar al humor, pero eludiendo también todo efectismo, logran capturar el absurdo y la belleza de la vida cotidiana, la grandeza o la sabiduría muchas veces implícita en situaciones y personajes modestos, generalmente anónimos.Ha publicado, entre otros libros, los volúmenes de relatos La gente de la casa rosa (1972), El budín esponjoso (1977), La luz de un nuevo día (1983) y Guiando la hiedra (1997); las novelas Memorias de un pigmeo (1985) y Mudanzas (1995, reeditada en 1999).-


¿Que cuánto hace que estoy en Buenos Aires? Seis, un suponer siete años. No llevo la cuenta, si todo lo de allá lo dejo por perimido. Y lo de acá, cada año una novedá, compramos la heladera, oso de peluche, puse el piso de cemento, ando pagando la televisión, si allá no había televisión. Él tenía la conexión, pero decía que era mucho gasto. Todo era mucho gasto para él y eso que tenía vehículo. Cuando yo me compraba un vestido -que le sacaba a él del bolsillo- él me miraba como si me fuera a ojear y me decía:
-Te compraste un vestido nuevo.
Y yo le inventaba, que me lo dio la Dora, que mi hermana, que tal y cual. Y había sido que se quedaba conforme con eso, nomás. Que cuando me casé yo llevaba taco alto y me dijo:
-Sáquese esos zapatos de compadrear que acá no valen.
Y me dio unos botines patrios para andar en el campo, y yo hacía también el pan de los peones y así me quedaron las manos como dos milanesas. Aunque en la ciudad se fueron achicando y volvieron bastante a su tamaño justo; ahora les meto crema, me parece que no hace nada pero tiene tan lindo olor. Los pies también se me fueron componiendo, que cuando llegué tenía que usar zapatillas cortadas por adelante. Él se quiso separar, y lo que es el destino, salió para bien porque a mí no se me habría ocurrido. ¡Quién me decía que yo iba a estar en Buenos Aires y que la hija menor me iba a salir tan porteña que es un gusto! Eso sí, él me dio un dinero y yo le dije:
-Como padre de tus hijos siempre te espera un lugar en la casa que yo compre.
Y compré raspando, raspando esta casita chota que era de un viejo así nomás. Pero con el mayor la pintamos y le pusimos muchos adelantos, camitas marineras, cada oveja en su cama, cocina de gas que enciende el fuego en un suspiro, que allá me venía negra del humo porque dale apantallar el fuego, cuantimás en verano, que me venían los mareos. Cuando él vino a la casa la primera vez, entró a gritar: vio a Palomo comer de la taza que yo había traído del campo, porque Elisa me dijo:
-Mamá, esas tazas son de mierda.
Y ahora se las dejamos al perro, que ahora come de la macrobiótica, porque Elisa hace la dieta y también karate. Cuando vio al perro, dijo gritando:
-¡Perro cagonero, perro garronero que ataca al amo y no defiende! ¡Come y caga, nomás!
Y Elisa le dijo:
-Papá, por favor, no vengas acá a gritar.
Y yo volví al Chaco porque vendía un montón de frazadas a los colonos, yo compraba acá en el Once. Los colonos me decían:
-¡Doña Florinda, se sacó diez años de encima!
Y está visto, con la minifalda y el pelo con los canutos, era otra. Qué me van a comparar con esa pollera larga que usaba allá, qué me habría dejado usar minifalda, si él mezquinaba todo.
Y los abogados para hacer las partes me sacaron mucho, pero todo fue para el bien: era el destino. Yo entré a trabajar a tres casas, una de más enseñanza que la otra. Me daban ropa nueva y vieja, la vieja se la vendía a los colonos. También la señora Mirta me dio una alfombrita color canela y las cortinas porque decía que ella quería simplificar la vida, que vendría a ser digamos echar lastre y yo ligué por demás de esa casa. Ella miraba para afuera por el vidrio pelado y me decía:
-Ahora veo con toda claridá.
Y yo le decía:
-La verdá. ¡Qué bien se ve!
Y a embolsar.
La segunda vez que vino él -como padre de los hijos- empezó a gritar porque Jorge tomaba el colectivo por quince cuadras; él se viene caminando desde la estación, ahí se pone zapatillas hasta la casa, así no gasta zapatos, Elisita le dijo:
-Papá, si vas a gritar así mejor que no vengas.
Y yo no sé de dónde saca ella las palabras justas que siempre tiene para todo. Ella en unos años quiere ser empleada, llevar papeles de un lado para otro, que los papeles son cosas limpias, que yo allá no me podía sacar el olor al horno de pan, que es olor a leña, olor a rancho. Ella a mí me dice “Flor” porque Florinda es muy largo y el loro también me dice “Flor”. El loro también suele decir “Me duele la cabeza”, y es de ver, todo lo que dice, pega con la oportunidá. Y él fue espaciando de venir, a veces avisa que viene y después quién sabe, pero da igual que venga o se quede, ya está perimido. Y Elisita se está preparando para ser empleada, que hace el curso en la propia gobernación. Los otros días vino un auto de la gobernación con chofer a buscarla, de tanto que le quieren. Y a mí la última vez que fui a vender frazadas, me dijeron en una casa:
-Doña Florinda, ¿no vuelve por acá?
Y les dije:
-Ni lejos, ni nunca.

Berly A. Marelo



 (15 de mayo de 1990). Estudió en la Universidad Nacional de San Agustín de Arequipa (UNSA). Participó de dos talleres de escritura creativa de Orlando Mazeyra Guillén en el Centro Cultural Peruano Norteamericano de Arequipa (CCPNA) en el 2012 y en el 2013.
LA PÍLDORA

—La píldora —dijo Julissa sin mayores preámbulos. Me tomó por sorpresa como nunca lo había hecho.
Sus ojos huidizos, contemplando temerosos las baldosas blancas del suelo. Su cuerpo bañado por un leve rayo de luz que se filtraba por una de las ventanas. Era un haz intenso que dejaba percibir las partículas de polvo flotando por sobre ella; la luz cálida resaltando la blancura de su piel y el detalle de sus rasgos. ¿Cuándo había dejado de ser una niña? Una pregunta, a todas luces, boba y extemporánea.
—La píldora —volvió a repetir, casi murmurando, Julissa.
—Qué píldora —dije—. ¿Qué píldora quiere, señorita?
—Esa píldora —elevó un poco la voz para luego volver a murmurar, siempre mirando al suelo—: la del día siguiente.
Sentí un intenso frío que lamía mis espaldas (¿para quién quería ese medicamento? ¿La había mandado alguien? ¿Acaso su madre?). Después, fue casi como un soplido del viento que ingresaba con fuerza inesperada e intentaba incomodarme; la seriedad de mi rostro, impávido, en contraste con la expresión de vergüenza de Julissa. Esas píldoras estaban al fondo, en el segundo escaparate a mano derecha del mostrador, detrás de las cajas de remedios recién llegados; lo sé, porque yo las coloqué estratégicamente en dicho lugar, a una prudente distancia del público. Decidí ponerlas allí para que, al momento de ir por ellas, demorara más de lo justo y necesario y, así, hacer más largo el suplicio de la vergüenza, aunque nunca, ni en mis peores pesadillas, pensé dársela a alguien como Julissa.
—La píldora del día siguiente —insistió otra vez ella y quise mandarla a callar, pero me contuve. ¿Acaso tenía ese derecho? Sus dedos pálidos y sus cabellos negros, algo revueltos; sus ojos, pequeños y tristes, hundidos dentro de su rostro, todo su ser impregnado con una extraña mezcla de miedo,  culpa y  tristeza. Todo ornado con la cereza de la vergüenza que decoraba sus mejillas.
No dejé de mirarla.
—Son treinta soles con cincuenta, también hay otra de veinticinco con treinta —dije de pronto, con ensayada frialdad, como si no la conociera—. ¿Cuál quiere que le dé? 
—La primera —respondió con una inseguridad que delataba su inexperiencia—. No sé… déme cualquiera.
No pregunté más e ingresé al almacén,  caminé despacio, como siempre lo hacía, una manía que no pude superar después de vivir cinco años arrastrando los pies; lentamente giré a la derecha, estiré los dedos y busqué entre las cajas una que dijera “Postinor”; al encontrarla di un giro robotizado. A la distancia, aun podía distinguir toda la frágil humanidad de Julissa, su precisa hermosura rondando los dieciséis años —sí, dieciséis años, no podía olvidarlo—, la pequeña virgen superpuesta sobre las calles manchadas de esta ciudad percudida (¿alguna vez Blanca? No lo creo): Julissa, la niña de los valores morales inculcados desde la cuna (alumna de un prestigioso colegio de monjas, por decisión de su madre a quien no veía hacía muchísimo tiempo). Ella quería desaparecer del planeta: la maldita combinación de culpa, miedo y de tristeza que me hizo pensar en cuántos hombres serían capaces de soportar tal infamia. ¿Acaso ella no era consciente de  lo que estaba haciendo? “Qué descarada”, pensé y me empecé a tragar mis propias palabras.
—Tenga —le dije y quise que mi voz la acariciara—, ésta es la mejor.
—Gracias. ¡Muchas gracias!
Ella introdujo la píldora dentro de su bolso pintado de mundo, buscó entre sus cosas y sacó un billete para pagar. Estiró sus manitas sobre el escaparate y colocó el dinero sobre éste. Siempre con los ojos fijos en las baldosas blancas de la farmacia “Mundo”. Dejó el dinero.
—Son treinta con cincuenta —dije y acudí a la caja—. No se le ocurra irse sin su vuelto.
—Gracias —dijo ella con un tono cordial y, por suerte, con algo más de serenidad, aunque podía tratarse de una actitud impostada. Quién sabe. ¡Qué poco conocía a esa niña!
—Para servirle, que tenga usted un buen día —dije maquinalmente, como siempre lo hago con los clientes, una  formalidad que muchos me conminan a dejar de lado en estos nuevos tiempos—. Hasta luego, Julissa.
Ella levantó el rostro y pude contemplar al detalle el inocultable parecido a su madre. Intuí cómo sus sentimientos se desvanecían, uno después del otro, sin saber cuál se extinguía primero. ¿Dónde demonios estaría su mamá?
—Hasta luego, Julissa —reiteré cerrando los ojos para ya no ver más (para no imaginarme a su mamá hace dieciséis años): ella estaba renunciando a ser madre y yo no tenía cara para decirle que no hiciera lo que yo también hice alguna vez: huir como un cobarde de la paternidad—. Mucha suerte.
—Adiós, señor —se despidió mirándome con ternura y yo hubiera dado mi vida porque, de una vez por todas, me llamara papá.